Dos leyendas, once metros

Iribar y Esnaola rememoran la apasionante final de Copa de 1977, cuando el Betis ganó el título tras una infinita tanda de penaltis al Athletic con los dos porteros vascos como grandes protagonistas.

Texto Lusi Miguel Hinojal | Fotografía Manuel Ruesga.- Dos tipos de carácter firme, gesto severo y rigurosamente vestidos de negro, como mandan los códigos de etiqueta para las ocasiones solemnes, se batieron en un duelo legendario. No es un western. Tampoco una novela de Joseph Conrad. La escena, capítulo épico de la historia del fútbol español, se produjo sobre el césped del Vicente Calderón, la noche del sábado 25 de junio de 1977 en la final de la Copa del rey que disputaron el Betis y el Athletic. Jose Ramón Esnaola (Andoain, 1946) era la cerradura de un equipo de mucha jerarquía. La génesis del Eurobetis: “Teníamos a jugadores de un altísimo nivel técnico y con mucho oficio, López, Alabanda, Cardeñosa, Biosca, Benitez… algunos ya habían jugado con la selección española. También estaba en la plantilla un monstruo como Rogelio. Ya tenía 33 años y jugó muy poco esa temporada. Pero era un maestro distribuyendo juego, un gran golpeo a balón parado y una calidad enorme.

Una pena que no pudiera jugar la final porque se merecía levantar la Copa. Y también estaba en la plantilla un jovencísimo Gordillo, con 19 añitos. Ya había jugado alguna eliminatoria copera con el filial”, recuerda el cancerbero verdiblanco. “El entrenador, Rafael Iriondo era una persona sensacional. Como jugador había sido un fenómeno. Siempre le recuerdo en el vestuario, ante la pizarra, con una tiza en una mano y un purito en la otra”. El equipo andaluz no podía alinear en la final a sus jugadores foráneos, el holandés Mühren y el húngaro Ladinski. Así lo determinaba el reglamento. Tampoco al lesionado oriundo Eduardo Anzarda, argentino y nieto de vizcaínos. Aquel equipo había quedado quinto en una liga que ganó el Atlético de Madrid. Y al Betis le hacía especial ilusión jugar una final copera.

Era la segunda de su historia: la primera la había perdido, precisamente ante el Athletic en los albores de la II República en 1931, cuatro años antes de conquistar su único título liguero en 1935. La del 77 era la primera edición del torneo que se disputaba bajo la denominación de Copa del Rey tras la muerte de Franco. Jose Angel Iribar (Zarautz, 1973) capitaneaba a un Athletic que terminó la liga tercero y que llegaba golpeado tras perder la final de la Copa de la UEFA ante la Juventus. Un mazazo para el cuadro rojiblanco, que había jugado mucho mejor que los italianos. Por entonces los leones eran “los reyes de Copas”, ya que exponían 22 trofeos en las vitrinas de San Mamés. La mayoría de los jugadores de aquel fornido Athletic estaban en el mejor momento de sus carreras: Dani tenía 25 años, Irureta 28, Txetxu Rojo 29…

Por entonces los leones eran “los reyes de Copas”, ya que exponían 22 trofeos en las vitrinas de San Mamés

Iribar era el más veterano con 33 y ya estaba acumulando partidos un veinteañero emergente como Alexanco, de la mano del técnico Koldo Aguirre. Eran tiempos en los que la metodología del entrenamiento para un puesto tan específico como es el de portero estaba en pañales. Los guardametas de los años 70 nunca se ejercitaron con vallas flexibles, ni con obstáculos laterales acolchados, bandas elásticas de resistencia o balones dinámicos. Y, por supuesto, ni hablar de la tecnología aplicada. Nada de complejos estudios antropométricos. Nada de vídeos para registrar ejercicios y corregir gestos técnicos. La informática aplicada y la biomecánica deportiva eran todavía ciencia ficción. “Ni teníamos entrenador de porteros”, recuerda Esnaola. “Habitualmente los dos o tres que había en la plantilla nos íbamos a una esquina a calentar mientras el entrenador trabajaba con los 20 jugadores de campo. Golpeábamos el balón en sesiones larguísimas, y así fui depurando mi técnica de saque.

Cuando llegué a la Real Sociedad en 1965 yo tenía 19 años. Recuerdo que mi tío me veía sacar y decía: “Chaval… ese balón baja con nieve”. A raíz de eso comencé a sacar más bajo, hasta que conseguí la precisión buscada”. Fichó por el Betis en 1973 por 12 millones de pesetas. Un portero ágil, intuitivo, con un potentísimo tren inferior que paliaba su déficit de centímetros. En Sevilla se recuerda con reverencia la estampa de Esnaola descolgando un balón con sus manos desnudas (no utilizaba guantes), para a continuación generar un automatismo físico inmutable: primero oteaba el horizonte. El segundo paso consistía en ladear el cuerpo hacia el costado izquierdo, el mismo con el que su brazo estirado sostiene la pelota. Y el tercer capítulo delataba muchas horas de entrenamiento depurando una singular técnica de golpeo. Esnaola elevaba la pierna derecha casi por encima del eje natural de la cadera para después extenderla de arriba hacia abajo efectuando un golpeo plano con el empeine de su pie casi en horizontal.

El resultado solía ser invariablemente el mismo: un balón que salía del área bética sin llegar a tomar más de cuatro o cinco metros de altura, que recorría más de 40 metros casi sin girar y que terminaba con una precisión de francotirador acomodado a los pies de una camiseta verdiblanca. Muy a menudo en la sacrosanta bota izquierda de Rafael Gordillo, que solía agradecer la ventaja de recibir el elegante y preciso envío del guardameta vasco desmontado su esqueleto en una carrera por la banda izquierda antes de doblar su tobillo de extraterrestre para servir un pase de gol. Heliópolis levitaba. Y Esnaola se acuerda de sus referencias: “Me gustaba mucho Carnevali, el argentino de la UD Las Palmas, que al igual que yo no era muy alto. Blocaba y sacaba de maravilla. Pero nadie como Iribar, claro. Fue el pionero de nuestra época y el mejor portero de España de todos los tiempos. Abría los brazos y parecía ocupar toda la portería. Más completo imposible: su técnica de blocaje era inigualable, era impresionante saliendo por arriba, despejando con un puño, muy bueno en el uno contra uno… y nadie sacaba como él, sobre todo con la mano”. La víspera de atender a Líbero, Jose Angel Iribar acaba de recibir por parte del diario AS un premio para homenajearle como una de las mayores leyendas del fútbol en el último medio siglo. En la España de la transición su metro ochenta y cinco y sus larguísimos brazos conformaban una figura gigantesca para los cánones de la época. Pero no tan grande como el mito que fue forjando durante las 18 temporadas en las que defendió la portería del Athletic. Una postal de fútbol.

La perenne indumentaria negra que vestía era la herencia de su ídolo Lev Yashin, al que batió con la selección española en la final de la Eurocopa de 1964. Iribar conserva la camiseta del ruso como el más preciado de los tesoros. Tras la inmensa silueta del meta vasco no habitaba sólo un extraordinario portero. Era además un gran jugador de fútbol que leía y comprendía de manera integral el juego y actuaba con una descomunal sobriedad. No se concedía ni una postura ornamental ni un gesto de cara a la galería. Su gesto adusto saltando sobre la punta de sus botas mientras seguía el juego con mirada de ave rapaz es un icono de su dominante estilo en el área: un portero capaz de hacer milagros entre los palos pero que prefería anticiparse al peligro e interceptar el balón para después convertir sus brazos y sus enormes manos forjadas en los frontones de Zarautz en catapultas potentes y precisas para montar un contragolpe. Dicen los clásicos que un equipo de fútbol lo deben formar once jugadores. Que si se habla de diez jugadores y un portero, entonces algo falla. Iribar distingue siempre entre “los porteros que blocan y los que no”, porque la técnica de blocaje, dominar esa acción, “te permite ralentizar o dinamizar el ritmo de tu equipo. Es decir, te permite marcar el ritmo de juego. Saber cuándo sacar, dónde y a quién”.

Pero Iribar reivindica además la figura de los guardametas “que sienten el juego, que se sienten parte de él, porque al fin y al cabo son los que más piensan sobre un terreno de juego, permanentemente concentrados en cada detalle”. Y por lo que respecta a la reposición del balón, al saque, considera que todo es una cuestión de “distancia y ajuste para mejorar la técnica”. Mantiene Iribar que no todos los porteros vascos de su época eran iguales, pero la característica común era que estaban “acostumbrados a entrenar cada día en terrenos con barro, agua… eso te obligaba a generar un estilo sobrio, a tener más seguridad en la colocación, las salidas o los blocajes. También ha influido que hemos hecho deportes variados, jugábamos en la playa, y eso ayuda a tener buenas piernas y coordinación. A mí me ayudó también el frontón porque acabé siendo ambidiestro. Esnaola era un portero listísimo, frío, eficaz, se movía muy bien, sabía hacer pensar al contrario para ganar tiempo de reacción y su saque con el pie era envidiable, con muy buena técnica”.

Los dos porteros se enfrentaron en muchas ocasiones en sus dilatadas carreras. Pero ninguna como aquella noche veraniega del 77 en Madrid. Aquella final de Copa. La memoria de ambos guarda a buen recaudo los recuerdos de aquella final, el carrusel de sentimientos antagónicos, y la admiración mutua entre dos jugadores que siempre dignificaron como nadie las victorias y las derrotas. El partido terminó con empate a uno tras los noventa minutos reglamentarios en un duelo muy igualado. Los vascos se adelantaron en la primera parte con un tanto de su nueve, Carlos, y los andaluces empataron antes del descanso con gol de López. En la prórroga, la ventaja que le dio al Athletic un gol de Dani fue neutralizada de nuevo por otra diana de López, un versátil centrocampista, tras una falta impecablemente botada por Cardeñosa. Para Iribar, su equipo “entró muy bien en el partido pero nos confiamos después y el Betis nos tomó la medida”. La serie de penaltis, que terminó pasada la medianoche, deparó un cuarto de hora largo de emociones fuertes, taquicardias agudas y rasgos de grandeza.

En la prórroga, la ventaja que le dio al Athletic un gol de Dani fue neutralizada de nuevo por otra diana de López, un versátil centrocampista, tras una falta impecablemente botada por Cardeñosa. 

En la tanda inicial, cuando el marcador reflejaba ya un tremendo empate a cuatro, no consiguieron marcar Dani y Cardeñosa, dos magníficos futbolistas que eran los especialistas de ambos equipos desde los once metros. El bético engañó a Iribar, pero el toque de su sedosa zurda se marchó fuera mientras el meta rival levantaba los brazos. Cuando llegó el turno de marcar el penalti decisivo al pequeño gran extremo vizcaino, Esnaola lo tenía claro: “A lo largo de la semana pensé que Dani cambiaría su forma de rematar, porque nos conocíamos bien. Él solía hacer la paradinha y después lanzaba a la izquierda. Yo le aguanté al máximo, y él, efectivamente, cambió el tiro: lanzó a la derecha, y lo paré”. Sábaté y Amorrortu no fallaron. Justo después Iribar detuvo el penalti de Alabanda y Esnaola hizo lo propio con el de Angel María Villar.

A esas alturas de la película casi 60.000 aficionados sudaban tensionados a orillas del Manzanares y muchos millones más se levantaban del sofá en sus casas y de las sillas en los bares abarrotados con sobredosis de emoción ante las viejas televisiones que retransmitían el maravilloso reto en un palpitante blanco y negro. Y llegó la sorpresa: el siguiente lanzador bético era su guardameta: a Esnaola nunca le gustó tirar penaltis ni en los torneos veraniegos, pero entre los jugadores que quedaban sin tirar había gente muy tocada en lo físico o sin confianza. Los dos guipuzcoanos frente a frente. Iribar era el ídolo de Esnaola. Le tenía un respeto reverencial. El bético había sido suplente del mito del Athletic seis años antes en la que fue su única convocatoria con la selección nacional, en Cagliari ante Italia. Al seleccionador Kubala le gustaban los porteros altos y Esnaola tan sólo medía 1,74.

El bético había sido suplente del mito del Athletic seis años antes en la que fue su única convocatoria con la selección nacional, en Cagliari ante Italia. Al seleccionador Kubala le gustaban los porteros altos y Esnaola tan sólo medía 1,74.

Aquella noche en el Calderón, Esnaola tiró de concentración y de una naturalidad más propia de un avezado experto en penaltis: un golpeo con el interior de su pié derecho al palo izquierdo de Iribar que se venció hacia el otro costado. Gol del Betis. Las imágenes recuerdan a los dos porteros cruzando un apretón de manos tras el disparo. “Lo siento”, dijo en ese momento Esnaola mirando a los ojos del Chopo. Una señal de respeto eterno. Un minuto después Alexanco ponía el empate a seis en la serie. El meta del Betis, que hoy sigue viviendo en Sevilla, se acuerda de que Iribar “no paraba de hablar con sus compañeros tras cada penalti. Siempre me olvido de preguntarle qué les decía”. Iribar contesta desde Bilbao: “Posiblemente trataba de animarles y de darles confianza. Y también advertirles de que tras tantos lanzamientos el punto de penalti estaba en mal estado, se levantaba, tenía pequeños baches. Quería que aseguraran la colocación del balón sobre el césped”. Por si fuera poco, no faltó ni la polémica: Eulate pone toda la presión sobre el Athletic transformando la decimoséptima pena máxima. Fue entonces cuando Esnaola creyó tocar el cielo al estirarse y desviar hacia su izquierda el zurdazo de Txetxu Rojo. El delirio invade a los jugadores béticos celebrando el título… pero el árbitro García Carrión ha anulado el penalti porque aprecia que el portero se ha movido justo antes del disparo.

Un fotógrafo advierte a la piña de jugadores bética que hay que repetir el lanzamiento. El césped es un hormiguero en el que se mezclan las protestas y discusiones de los jugadores con el árbitro, varias docenas de reporteros a la carrera, empleados del campo y un pelotón de gente revoloteando junto al área. En la zona de banquillos hay jugadores rotos por el esfuerzo y la tensión. Sólo los dos técnicos, Rafa Iriondo y Koldo Aguirre, aparentan mantener un mínimo de calma. La nueva descarga de adrenalina finaliza con gol de Rojo en la repetición de la pena máxima. Con los nervios desbocados ya casi nadie se atreve a tirar. Se ofrece Bizcocho, un fogoso lateral de Coria del Río que nunca había ejecutado un penalti. Batió a Iribar, que roza la pelota con sus guantes. Al capitán y leyenda del Athletic tampoco le gustaba tirar penaltis. En esa época era una suerte incómoda para cualquier cancerbero. “Creo que había tirado uno en mi vida. El que me paró Esnaola fue mérito suyo”, dice Iribar. Pero asumió la responsabilidad. Con paradinha, a la izquierda de Esnaola, que no cae en el engaño y desvía la pelota para ganar el título y ser de inmediato engullido por una marea verdiblanca que invade la portería.

Cuarenta años después su orgullo de futbolista y su humildad siguen viviendo entre esas redes llenas de gloria: “Prácticamente me perdí la celebración. Me abordó una televisión argentina que casi ni me soltó. Lo más bonito fue el regreso a Sevilla, con miles de béticos invadiendo la pista del aeropuerto, hasta el punto que cuando logré bajar del avión, el autobús que nos llevaría a la terminal ya se había marchado. Tuve que ir entre los aficionados, que me subieron a hombros. Ese fue mi baño de masas”. Y jura que ni siquiera en ese momento de inmensa alegría dejó de sentir pena por su ídolo derrotado. Una complicidad que con el tiempo derivó en sincera confraternidad. “Siempre me ha caído muy bien “, dice Iribar de su rival. “He admirado su juego, le he respetado muchísimo y pese a aquellos penaltis… sigo siendo un gran amigo de él”. Lo dice el hombre que cuarenta años después mantiene que tras 21 penaltis aquel 25 de junio fue “un día muy duro. Uno de los mas difíciles que he vivido en mi carrera".