Mi rodilla Kilimanjaro

La poeta Elena Medel recuerda sus años de lateral derecho (así en masculino) cuando se convirtió en el terror de las niñas del barrio. El padre de su amiga Irene insistía: al fútbol se juega con la cabeza.

Elena Medel.- Primero, le cuento, nos observaban. Nos movíamos por los pasillos igual que animales en una feria de ganadería: clases igual que pabellones de techos altos, y a regañadientes nuestras madres seleccionaban pantalones cortos y feas sudaderas de algodón. Nos exhibíamos sobre la plataforma que ocupaba la maestra, temprano, sabiéndonos de letras y de números; mirábamos al frente, de espaldas a la pizarra, en silencio a los enganches para los abrigos, donde los murales en cartulina por el Día de Andalucía o las fiestas navideñas.

Primero tres hombres y una mujer reparaban en la anchura de nuestra espalda, garrapateaban en una libreta las dolencias que el tiempo nos impondría. Después bajaban hasta los muslos, por comprobar su flacidez o su dureza, y nuestra disposición —con ello— a alimentarnos de manera sana y suplir las carencias con ejercicio diario, y más tarde descendían hasta nuestros gemelos de niñas de ocho o nueve años, inexistentes en unas, asomándose en otras, apenas en nadie ya formados. El maestro de gimnasia, el responsable de actividades extraescolares, el director del colegio y la madre de la asociación ignoraban cualquier suceso de cintura para arriba, los pechos, salvo si necesitabas gafas: las dioptrías y sus cristales rotos te invalidaban para el fútbol femenino.

Entonces, en el momento en el que Kilimanjaro vence a la tramoya, el hombre pregunta qué ocurrió.

Mi rodilla izquierda se llama Kilimanjaro. La derecha no reclama la atención del hombre que la observe, anónima, bisagra siempre entre la pierna y el muslo; pero la izquierda zarandea con su forma de huevo, invita a hurgar con la punta de los dedos en los golpes y las quebraduras que los años han soldado en titubeo, y a tocar el cuerpo por dentro, y a reírse con nervios cuando finjo dolor. No siento nada, y ya me acostumbré a que se descoloque cuando corro para no perder el autobús, o a que una caminata de minutos la retuerza manierista, y por eso —por su forma de huevo, de piedra de río, de rodilla lesionada a los ocho años, truncando mi carrera deportiva— al desnudarme me esfuerzo por ocultarla bajo la sábana, por distraer al hombre que la observe pese a la conciencia de que se fija ahí, en la rodilla izquierda. Entonces, en el momento en el que Kilimanjaro vence a la tramoya, el hombre pregunta qué ocurrió.

—Esto es igual que el ajedrez —nos advertiría el padre de Irene tras la primera derrota—. No sirve de nada mover sin pensar. Al fútbol se juega con la cabeza.

—Esto es igual que el ajedrez —nos advertiría el padre de Irene tras la primera derrota—. No sirve de nada mover sin pensar. Al fútbol se juega con la cabeza. El padre de Irene, sin embargo, no había reparado en que la experiencia de la plantilla se limitaba al intercambio de cartitas perfumadas en el patio del colegio —las que combinaban olores dulces y personajes de series de televisión valían más que una goleada—, al salto de la comba mientras se entonaban canciones de rima fácil o, en algún caso extremo, la práctica de bailes regionales para la feria y la exhibición de final de curso.

Al fútbol se jugaba de esa forma, y nos adoctrinaba mientras su hija y varias amigas más —todavía gotas de sudor bajo el flequillo, una línea de sangre diagonal en el codo— recreábamos los goles de cabeza que no habíamos marcado aquella tarde. Habíamos fallado en los pases, que terminaban a los pies de las otras niñas más rápidas; también en los nervios, que desembocaron en empujones, faltas, alguna expulsión. Todavía, recordaba el padre de Irene, nos quedaba rodaje; a nosotras, consolándonos en la pastelería de la avenida, esa otra máxima nos sonaba a los focos que jamás nos apuntarían.

Todos celebran los goles en los grandes estadios, pero nadie desciende a los infiernos del centro de enseñanza pública. 

Todos celebran los goles en los grandes estadios, pero nadie desciende a los infiernos del centro de enseñanza pública. Lo pensaríamos con los años, claro, una con la rodilla machacada, otra reciclada en maestra de primaria, dos con amplia experiencia cobrando o reponiendo en un supermercado; en aquel tiempo nos limitábamos a sumergir un bollo de crema en el colacao de la merienda, y celebrar la victoria, y asumir el empate, y endulzar la derrota, repitiendo el menú y la compañía partido tras partido.

De las niñas delgadas presuponían agilidad: con su mero físico ganaban un puesto en la delantera. A quienes fallasen en los entrenamientos de los primeros días, a quienes en los partidillos iniciales demostrasen que una pierna flaca no garantizaba un remate efectivo, las condenaban al centro del campo: tocaba ahora fomentar su inteligencia para robar balones y distribuirlos más tarde entre las suyas, mostrarse capaces de enlazar entre la defensa y la primera línea de fuego.

Regresábamos en coche o en autobús o de paseo, y la niña gorda, portera de pantalón largo y sudadera los inviernos, nos abrazaba en los buenos partidos y en los malos también.

El mismo criterio, volteado igual que un calcetín, decidía la función de las niñas gordas: un rollo de grasa alrededor de la cadera, incipiente la forma, presente la carne, suponía de ti que jamás saltarías para resolver un córner o alcanzarías un pase que se colara entre dos rivales. La más gorda, la niña altísima cuya vocación frenaba la anchura de su cuerpo, se relegaba a la portería: allí contemplaba el partido molestada, tan solo, por algún balón rezagado y el gol de turno. Participaba sin sudar ella ni entorpecer a los demás; ocupaba sus tardes, se relacionaba con las demás, su padre acompañaba a otra —con un padre no tan entusiasta— de nuestro barrio al barrio en el que compitiésemos, y regresábamos en coche o en autobús o de paseo, y la niña gorda, portera de pantalón largo y sudadera los inviernos, nos abrazaba en los buenos partidos y en los malos también.

A mí, ancha y bajita, me seleccionaron para jugar como defensa.

—Al fútbol se juega con la cabeza —insistía el padre de Irene, una palmera de chocolate y otra de yema—. No fijándose en quién está libre ahora, sino en quién lo estará cuando tiremos.

El padre de Irene, entre la risa y el escándalo, anotaba a mis víctimas durante la merienda: una niña que ruega que la cambien porque la paraliza el miedo cada vez que la persigo.

Culpé a la genealogía de ocupar el puesto —nada vistoso, muy sacrificado— de lateral derecho. ¿En masculino, refiriéndome al propio campo? ¿En femenino, contándome a mí, que lo ocupaba? Pronto me lucí, mañosa, en el arte de robar la pelota con el máximo daño posible: gozaba si mi enemiga tropezaba con el pie y gozaba cuando la voz de la otra se elevaba hasta la lesión. El padre de Irene, entre la risa y el escándalo, anotaba a mis víctimas durante la merienda: una niña que ruega que la cambien porque la paraliza el miedo cada vez que la persigo para quitarle el balón, otra que vuela con el choque. Ícara, la bautiza, y nos explica el motivo, pero no lo entendemos.

A los partidos de fútbol femenino infantil, no sé si trocar el orden de los adjetivos, asiste alguna madre y asiste algún padre y no asiste nadie que carezca de vínculo sanguíneo con las jugadoras. El entrenador suele trabajar como profesor del colegio al que el equipo pertenezca —en la jerga de las deportistas melladas, maestro de gimnasia—, o en su defecto se trata de un padre muy implicado, o muy aburrido, o con demasiados problemas en casa. El padre de Irene nos invitaba a merendar y nos hablaba sobre la mitología y nunca la prisa por volver, nunca: en sus tardes tantos espacios como en este relato como en los partidos del equipo femenino del colegio, todas tan fuera de lugar.

No he hablado sobre mi rodilla.

No he hablado sobre la tarde en la que mi pierna izquierda se clavó en el cemento del patio del colegio de otro barrio con los edificios de ladrillo rojísimo y permaneció inmóvil, mientras la rodilla giraba y el cuerpo giraba y la rodilla —la rodilla, otra vez— se desgajaba de las dos partes de niña ancha y bajita que unía. No he hablado del dolor y el padre de Irene buscando un taxi hasta el ambulatorio.

Tampoco de la escayola, las muletas y la negativa a operarme pese a los consejos de los médicos, ni del miedo a los quirófanos, ni del aburrimiento. No he hablado del aburrimiento. Es lo que cuento cuando un hombre señala la rodilla desnuda de mi cuerpo desnudo y me pregunta qué ocurrió y respondo: acércate igual que mirarías un mapa. Tómate esto igual que un continente, o que un océano, y ahí, aquí donde tú miras, aquí el Kilimanjaro, aquí la historia de mi rodilla.

*Elena Medel nació en Córdoba en 1985, aunque reside en Madrid. Es autora de tres libros de poesía, reunidos en Un día negro en una casa de mentira (Visor, 2015), y de los ensayos El mundo mago. Cómo vivir con Antonio Machado (Ariel, 2015) y Todo lo que hay que saber sobre poesía (Ariel, 2018). Su debut se ha editado en inglés (My First Bikini, con traducción de Lizzie Davis; Jai Alai Books, 2015), destacando entre las versiones de sus poemas a una docena de idiomas. Dirige la editorial de poesía La Bella Varsovia y coordina el proyecto Cien de cien para visibilizar la obra de las poetas españolas del siglo XX. Entre otros galardones, ha obtenido el XXVI Premio Loewe a la Creación Joven y el Premio Fundación Princesa de Girona 2016 en la categoría de Artes y Letras.