Javi Roldán.- Hablar de Aimar es hacerlo de un origen. En Río Cuarto nació una diestra inmortal. La providencia quiso que Aimar fuera alumbrado el año que Maradona ganó su campeonato juvenil para que el mundo recuperara viejas certezas: existe la Verdad de cada asunto. En Japón ‘79, la sustancia del fútbol se manifestó con un 10 sobre fondo albiceleste y mucho pelo.
Aimar o nacer en un país donde los pibes usan como almohada una pelota, clase de cultura que promete a cada nuevo talento desarrollarse en las canchas. Pasar del potrero de la esquina a las páginas de Fontanarrosa fue algo natural, ¿acaso no hablamos de creación? Aimar crecería admirando la narrativa del Negro, probablemente sin saber que en ‘El Monito’, un humilde tratado sobre el ser que se publicó en 1971, hay un pasaje que habla de él: “De la misma forma en que el amor, el puro amor, se presenta, florece y crece como una flor nocturna, como un clavel del aire brotado en la luminosidad escasa de un pasillo, así creció en usted el sortilegio.
RIVER» En su etapa preeuropea en Argentina.
Nadie le enseñó, como no se enseña el dolor ni la paciencia ni se sabe de dónde surge el gusto por silbar o el de hablar bajo. Usted ya lo traía impreso, se lo digo, quizá desde el fondo de la historia de ese barrio que ha visto nacer a tantos ídolos y guarda en el aire la vibración, el eco, el reverbero de mil goles gritados en la tarde, atronando el cemento, quebrando la quieta y asombrada calma de su río”.
UNA CAMISETA 10 A LA MODERNA
Cuenta Pekerman que, cuando descubrió a Aimar para las inferiores de Argentina, tenía dos piernas como dos palillos. “Es una gacelita”, le dije a Hugo Tocalli. “Parece que flota”. Aun con ello, el formador no vaciló en concederle el enganche de la sub-20 siendo un pichón en aquel grupo. Aimar se lo recompensó reeditando, en 1997, el Mundial para su país. “Esta va por vos, Diego”, parecía decirle a un Maradona a las puertas del retiro.
A diferencia de sus compañeros de selección, Aimar contaba con la ventaja de llevar en sí el compromiso del esfuerzo. En cierto momento encabezaba las recuperaciones del Valencia y todos aplaudían, entonces tuvo que explicar que siempre jugó de ese modo, pero que «a veces te esfuerzas y dejas de pensar, que es lo más difícil en el fútbol: pensar».
Por entonces, Aimar crecía en el semillero del que tiempo atrás germinaron ídolos como el Beto Alonso y Ermindo Onega. Conocedor profundo del fútbol tradicional, el ex entrenador de River Ángel Cappa me explica que ambos son enganches a la antigua, “tiempo en que había funciones muy determinadas en los equipos y la del número diez era ser el creativo, el que metía el último pase”. *
*Lee el reportaje en la edición 55 de Líbero. Pídela aquí