Argentinos en España… Gracias por tanto

España tiene un vínculo inestimable con el viejo y querido fútbol argentino. Jugadores, entrenadores y también periodistas han construido nuestro fútbol de manera radical desde los inicios. 

Luis Miguel Hinojal.- Cuando Messi levantaba la Copa al cielo catarí tras la final del mundial 2022  diez de los 26 convocados por Lionel Scaloni militaban en equipos de la Liga española. Otros cinco lo habían hecho ya en el pasado y otros dos lo harían en el futuro. Una evidencia matemática que también encierra una línea del tiempo. La que ha nutrido de manera notoria al fútbol español desde hace décadas con cientos de jugadores y técnicos argentinos de toda dimensión. Del blanco y negro al color en una saludable simbiosis que ha enriquecido la pasión por la pelota en los dos países. Gracias, Argentina. Gracias por tanto.

SAN LORENZO CONTRA LA FURIA
Hubo pioneros argentinos desde casi los albores de la liga, pero lo que dio a conocer en España la particularidad del fútbol criollo fue un equipo que mostró cómo se jugaba al fútbol al otro lado del Atlántico. A finales de 1946 España sufría una cruel dictadura que ya amenazaba con perpetuarse, el aislamiento internacional y un régimen autárquico que había llevado a la inmensa mayoría de la población al retroceso más grave en siglos de su nivel de vida. Demasiada miseria, demasiada oscuridad y el fútbol como una de las pocas válvulas de escape populares a una realidad lacerante.

SAN LORENZO» La gira de los bonaerenses en los años 40.

En la Liga de fútbol, se seguía con interés la eclosión de jóvenes promesas como Luis Molowny en el Real Madrid, Estanislao Basora en el Barça de Samitier, Adrian Escudero en el Atleti, o Antonio Puchades, que comenzaba su carrera en un Valencia que saldría campeón, en dura pugna con el legendario Athletic de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza.  Y también se celebraba el regreso de antiguos ídolos exiliados tras la guerra civil, como Isidro Lángara o José Iraragorri que habían coincidido en el Club Atlético San Lorenzo de Almagro. El guipuzcoano Lángara había debutado en el club bonaerense en 1939 anotando 4 goles ante River Plate.

El grito de “¡Vasco, vasco, vasco¡” retumbaba entre los tablones de madera de las tribunas del viejo estadio Gasómetro. De la mano de su padre, un niño llamado Alfredo Di Stéfano asistía por primera vez en su vida a un partido y juraría desde entonces que se reconoce con gesto estupefacto en las fotografías de la época en las que el delantero español celebraba sus goles. 

En diciembre de 1946 el régimen de Perón ya había potenciado su proceso de ayuda al régimen franquista exportando miles de toneladas de cereales y otros alimentos. Y también con gestos diplomáticos como la organización de una gira del campeón argentino por España y Portugal. San Lorenzo acababa de celebrar el título liguero en Argentina. El fútbol de la península ibérica sufrió durante casi un mes una invasión inesperada, incruenta y llena de belleza eficaz. El conocido como “Ciclón” hizo honor a su apodo con victorias ante la selección portuguesa, el Oporto y el Atlético Aviación, empatando con SevillaValenciaDeportivo y Athletic. Pero sobre todo con dos rotundos triunfos ante la selección española: 5-7 en el campo de Les Corts en Barcelona el día de año nuevo de 1947 y 1-6 en Chamartín 15 días después.


DI STÉFANO» Un gol de la Saeta en el Bernabéu.

Muchas pequeñas historias ilustran aquella gira. Por las gradas de San Mamés se había extendido una expresión de sorpresa ilustrada con una frase que quedó para la historia: “Estos argentinos juegan todos como Panizo”. Los adalides del fútbol norteño de balón largo, vigor guerrero y pierna fuerte miraban con recelo en el gran Athletic de esa época al fino cerebro que hilaba el fútbol con paciencia de artesano, amagos indescifrables y técnica refinada. 

El llamado “Terceto de Oro” era la delantera musical de San Lorenzo: Armando FarroRené Pontoni y Rinaldo Fioramonte Martino. Y en la zaga argentina mandaba Ángel Zubieta, de Galdácano (Vizcaya). Un exiliado que hizo historia en “El Ciclón”. En esa gira se escuchó por primera vez en España que “el gol es un pase a la red”. Los finos estilistas argentinos sorprendían por su técnica, su capacidad para desmarcarse y combinar con criterio y precisión además de un afilado componente imaginativo nunca visto hasta entonces en la península. Llamaban la atención hasta por las botas que usaban: eran de caña y taco corto, y muy flexibles, para aumentar la sensibilidad del pie. La única derrota que cosechó San Lorenzo en la gira fue ante el Real Madrid por 4-1 en el estadio de Chamartín bajo una imponente nevada el día de navidad de 1946. Cuentan que en los días previos los argentinos habían hecho turismo por Madrid, El Escorial y Toledo. No faltaron agasajos en forma de fiesta flamenca y degustación de la gastronomía local en la cena de Nochebuena. La crónica de la edición 1440 de la revista ‘El Gráfico' afirmaba tras esa gira que San Lorenzo “cumple la misión de demostrar la modalidad, la ciencia y la gracia del fútbol argentino con una táctica defensiva de marcación y ciencia ofensiva del pase corto y la posibilidad de que cualquiera de los delanteros haga el gol”.

En 1947 Eva Perón visitó España, y en lo que al fútbol respecta donaría un trofeo que sería el precedente de la Supercopa de España, en un torneo que enfrentaba al campeón de Liga con el de Copa y del que se disputaron cinco ediciones hasta 1951. Pero ni la diplomacia de la primera dama argentina ni aquellas portentosas exhibiciones de San Lorenzo sirvieron para que el fútbol español evolucionara. Todavía tardaría décadas en descartar el nocivo mito de la furia como modo de vida. En sintonía con la política autárquica del franquismo y la suspicaz mirada del régimen a toda influencia foránea, desde esa época hasta 1973 la contratación de futbolistas extranjeros en la liga española sufriría restricciones, cuando no directamente prohibiciones. Hecha la ley, hecha la trampa. Hubo episodios como el de los oriundos que invadieron la liga española bajo el paraguas de antecedentes familiares españoles a principios de los 70 (con muchos casos sospechosos de fraude que causaron polémicas ingentes). Pero mucho antes, en 1953 una sacudida sísmica con epicentro en Buenos Aires había estremecido los cimientos del fútbol español.

DI STÉFANO: EL IMPACTO DE UN TRUENO
La convulsión que supuso la llegada al Real Madrid de Alfredo Di Stéfano cambió por igual la mirada de los aficionados y la propia historia del fútbol europeo. Tras el farragoso litigio con el Barcelona por su contratación con un intento salomónico de la FIFA por zanjar la disputa, Di Stéfano aterrizó en Chamartín con su personalidad arrolladora, el liderazgo que imponía tanto en el campo como en el vestuario y un fútbol tan grandioso e influyente en todo el campo que la historia le reservó a perpetuidad un pedestal al lado de Pelé, Cruyff, Maradona y Messi. El club madrileño empezó a levantar la nueva Copa de Europa de manera compulsiva y Di Stéfano no fue el único argentino que participó en aquellos años de gloria en blanco y negro. Héctor Rial, hijo de gallegos nacido en Pergaminos, al norte de Buenos Aires, llegó por recomendación del propio Di Stéfano, con el que había coincidido en su etapa colombiana: “Necesito en el medio campo un compañero que, cuando yo le dé la pelota, me la devuelva”, exigió Don Alfredo. Además la conexión telepática que Rial construyó con Paco Gento elevó el nivel ofensivo del equipo a términos deliciosos. También Luis “Yiyo” Carniglia, convertido en 1957 en el primer entrenador argentino del Real Madrid, ganó dos de aquellas Copas de Europa, muchos años antes de convertirse en Boca Juniors en uno de los mejores consejeros de un jovencísimo Diego Armando Maradona.

 
Si en el césped los argentinos dictaban cátedra, también en los banquillos españoles dejarían huellas imborrables. Cuando Carniglia fue elegido por Bernabéu, Helenio Herrera ya llevaba casi una década dirigiendo en España. Desde el Valladolid al Barcelona, pasando por At.Madrid, Málaga, Deportivo o Sevilla, el “Mago” innovó en la metodología de entrenamiento, la táctica y la preparación física. “El fútbol moderno es velocidad. Juega rápido, corre rápido, piensa rápido, marca y desmárcate con rapidez”, era su filosofía. El propio Di Stéfano ganaría una Liga y una Recopa dirigiendo al Valencia, y ya en los años 80 impulsó con mucho coraje la eclosión de la Quinta del Buitre. “¡Che! ¿Viste? ¡A este pibe lo sacudes y cae un gol. Lo volvés a sacudir y cae otro gol!”, le dijo Di Stéfano en llamada telefónica al insistente y avezado periodista Julio César Iglesias tras el debut de Butragueño en 1984 firmando un doblete en Cádiz. Esos cachorros de la vieja Ciudad Deportiva de la Castellana abanderarían junto al Dream Team de Cruyff la revolución del trabajo en las categorías de base y el desarrollo paralelo de la formación de los entrenadores el definitivo cambio de paradigma en el fútbol español. 

UNA CONEXIÓN CADA VEZ MÁS PROFUNDA
El “Toto” Lorenzo, en su efímero paso por el Atlético de Madrid en la temporada 73-74 desafiaría al poderoso Bayern de Munich en la final de la Copa de Europa con una legendaria plantilla en la que ya estaban los argentinos Ovejero y Ramón Cabrero, y a la que se incorporaron “Cacho” Heredia,  “Ratón” Ayala, y “Panadero” Díaz. En el club rojiblanco ya había marcado diferencias un defensa de postín como Jorge Griffa en los años 60, que luego se convertiría en su país en una referencia en la formación de jóvenes futbolistas. Mientras, el Atlético mantiene hasta hoy la tendencia a fichar argentinos capaces de otorgarle por igual calidad y carácter “canchero”.


ATLETI» Argentinos del Atlético de los 70.

Y es que siempre hubo clubes cuyo vínculo con Argentina fue muy profundo, porque incorporaron “cracks” que marcaron época, porque disfrutaron de generaciones magníficas o porque ficharon a futbolistas carismáticos que evocan épocas de gloria y fútbol de alto nivel. Un ejemplo es el Valencia, cuya afición idolatró al Matador Kempes, aplaudió la habilidad de Felman, se sorprendió con los muelles que tenía por piernas Roberto Ayala y el turbo que impulsaba las del Piojo López, se sintió más segura con la fiabilidad de Pellegrino o el criterio de Ever Banega mientras añora la fantástica creatividad de Pablo Aimar.

El turbo que impulsaba las del Piojo López, se sintió más segura con la fiabilidad de Pellegrino o el criterio de Ever Banega mientras añora la fantástica creatividad de Pablo Aimar.

La historia del Zaragoza nos habla de los “Zaraguayos”, pero también sigue muy viva la llama de argentinos como Esnaider, Diego Milito, Barbas, Valdano, “Kily” Gonzalez, Ponzio, Cáceres o Gustavo López. Estos dos últimos también serían emblemas en el Celta donde brillaron los Berizzo, Augusto Fernandez o Cavallero.

Imposible no sonreír al recordar aquel Mallorca en el que el Caño Ibagaza ponía la fantasía y Leo Franco cerraba con llave la portería del sólido equipo de Héctor Cúper. Imposible no evocar a futbolistas como Pochettino, Mauro Navas, Maxi Rodriguez, Zabaleta o Raúl Longhi que supieron comprender de inmediato y defender con orgullo en diferentes épocas la idiosincrasia del Espanyol. ¿Y cómo no rememorar la enorme categoría que Brindisi llevó de Huracán a la U.D.Las Palmas, donde también en los años 70 destacaron Carnevali, Quique Wolff o Carlos Morete. La isla y su permanente reivindicación del primoroso producto local siempre mezcló bien con los argentinos. También hubo una fuerte conexión emocional en el Sporting con la figura de Enzo Ferrero.


RIQUELME» Junto a Ibagaza en España.

Algo parecido ocurrió en el Sevilla, con Bertoni y Scotta triunfando mucho antes de que llegara Bilardo con un Maradona que eligió la capital andaluza como último destino europeo, escoltado por un joven Simeone. Años después Banega y otros compatriotas descubrirían el espíritu de Nervión y lo pasearían por Europa levantando trofeos. Y en Heliópolis se cantaban de una manera especial los goles de Anzarda o los quiebros y tiros libres de la mágica zurda de Gabriel Humberto Calderón. Dicen que los argentinos del Betis siempre apreciaron los “olés” con los que el público verdiblanco celebraban una sutileza técnica o un caño, tal y como todavía pasa en los estadios argentinos.


Tuvo el Getafe un cacique de rompe y rasga como el Cata Díaz y un portero con notable técnica en manos y pies como Abbondanzieri. Los arqueros argentinos son tema aparte. Algunos llegaban cargando apelativos que escondían una personalidad desbordante que también mostraban en la cancha: El Loco Fenoy, el Mono Burgos, el Pato Fillol, el Pibe D’Alessandro… En el Elche siempre cumplió Willy Caballero, y luego en el Málaga con el imponente central Martin Demichelis. También hubo defensas con licencia para pegar a todo lo que se movía como Ramón Aguirresuarez en el temido Granada de los primeros años 70.  Y bajo el frío de Vitoria, Martín Herrera, Hermes Desio y Astudillo contribuyeron a que el nombre del Alavés figurara en una quimérica final de Copa UEFA ante el Liverpool en 2001. La variedad de arquetipos del futbolista argentino llenaría una enciclopedia.

Hubo figuras tan singulares como Riquelme que no parecían tener cabida en la libreta de técnicos rígidos como Van Gaal en el Barcelona, y que tuvieron que cambiar de camiseta para mostrar en España la profundidad de su descomunal calidad. Riquelme encontró un ecosistema perfecto para dominar el juego y pisar la pelota como diciendo “a esto se juega así” en el Villarreal, que aprecia como nadie el acento porteño con casi medio centenar de argentinos en su historia moderna captados con buen gusto y que fueron claves para el intenso crecimiento del club: El “Vasco” Arruabarrena,  Diego Cagna, Palermo, Juampi Sorín, Gonzalo Rodríguez, Mussachio….

En el Bernabéu Higuaín, Redondo, Solari, Di María o Valdano honraron como nadie la memoria de Di Stéfano. Y la excelencia elevada al rango de inmortalidad la encarnaron la fascinante técnica de Maradona y la fabulosa fantasía de Messi vestidos de azulgrana, pintando para la eternidad goles y escenas para los museos del fútbol y exhibiendo la brujería de dos genios que exportaron del césped del Camp Nou a todo el planeta en épocas y contextos bien distintos. César Luis Menotti dirigió a Maradona en el Barça, luego al At.Madrid y se despidió sentenciando que el fútbol español “debía elegir entre ser toro o torero”. 

DESDE LOS BANQUILLOS
El mensaje y otros muchos conceptos lo sembraron de nuevo años después dos discípulos fervientes como Jorge Valdano y Ángel Cappa para montar uno de los equipos con más clase y aroma argentino en la historia de la Liga. Zona, toque, atrevimiento y libertad. Hubo partidos en aquellos primeros años 90 en los que a esa audaz y hermosa orquesta parecía que no se le podía quitar la pelota ni con una orden judicial. Con una notable base de jugadores españoles como Felipe Miñambres, Chano, César Gómez o Estebaranz, que mezclaron de maravilla con un heterogéneo grupo de argentinos. La colosal jerarquía y elegancia de Fernando Redondo en la distribución, la potencia y el olfato goleador de Juan Antonio Pizzi, la insistencia de Óscar Dertycia (que cuando le tocaba jugar contra el Barcelona de Cruyff se colocaba ceremonialmente una foto de Koeman en la mesilla de noche para presionarle sin pausa al día siguiente), la calidad y los pulmones de un centrocampista integral como Ezequiel Castillo o las gambetas eléctricas de Diego Latorre. El error es poner el foco de la historia en que dos triunfos en el Heliodoro ante el Real Madrid le privaron de dos ligas al conjunto blanco, porque aquel argentinísimo Tenerife jugaba con una grandeza intemporal que le reivindica por sí mismo.


MENOTTI» En su época en el Atlético de Madrid.

En la Liga española han dirigido hasta hoy 55 técnicos de origen argentino. Un torneo que históricamente ha sido un crisol de estilos, igual que los entrenadores que importó desde Sudamérica. Aquí entrenaron eminencias peculiares como Bielsa, meritorios como Sampaoli, clásicos como Cantatore o Cúper. También leyendas en Argentina del tamaño de Carlos Bianchi y el Tata Martino. Muchos no pudieron clonar en España los éxitos cosechados en su país y que les habían valido una llamada de Europa. Otros forman parte del ADN ancestral de sus clubes.

Todos ellos, más allá de resultados, forman parte de un legado sin el que no se explica la propia historia del fútbol español.  En la presente temporada 25/26 hay tres: El Cholo Simeone, el técnico foráneo con más partidos dirigidos en la Liga, el Chacho Coudet que guía al Alavés con el mismo pragmatismo y capacidad de adaptación de un trotamundos que ha dirigido equipos de enorme exigencia en Argentina o Brasil, y Matias “Pelado” Almeyda en el Sevilla. Un tipo que en 2011 se retiró como jugador con el horrible dolor del inédito descenso de su River Plate que tuvo tintes de tragedia griega y que al día siguiente se puso a trabajar para ascenderlo de nuevo a Primera como entrenador. Ese es el sentido de pertenencia y responsabilidad que muchos entrenadores buscan proyectar en su trabajo aunque la vida les lleve muy lejos del hogar. Argentina fue tierra de acogida en lo social por muchos años y también tierra de emigrantes para la comunidad futbolera.

Y España y su fútbol se han beneficiado de las dos vertientes de un país inabarcable en todos los sentidos. Así que disculpas por las muchas e inevitables omisiones en este texto. Y honores y reconocimiento a todos, y especialmente a aquellos futbolistas y técnicos que desarrollaron su trabajo con dignidad durante más tiempo en España que en Argentina. Hay que pensar en gente como Cristian Álvarez, Gerónimo Rulli o el venerable Óscar Trejo. Soldados de la bendita legión que nos regalaron su dedicación, su acento futbolístico y su singularidad a cambio de etapas profesionales que son lecciones de vida. Como la de un tal Lionel Scaloni, que jugó once temporadas en España (Deportivo, Racing y Mallorca), ocho en Italia y una en Inglaterra. Y todo ello saliendo de Argentina para labrarse una carrera de futbolista llena de curvas con 19 años y sin imaginar que con 44 iba a hacer delirar a Argentina y a dignificar como nadie el fútbol y su profesión.

CONTAD EL JUEGO
El distinguido escritor y periodista español Vicente Verdú recordaba en un artículo de la extinta revista argentina ‘Al Arco’ en 2001 cuáles fueron sus sensaciones cuando en 1978 acudió al Mundial de Argentina como enviado especial de una publicación tan insigne como ‘Cuadernos para el diálogo’: “No cesé de sentirme inferior ante la alta cultura de los otros comentaristas de fútbol locales que en la sala de prensa se sentaban a mi alrededor. Entre mi formación futbolística y aquellos cronistas existían largos años de aprendizaje. Esa instrucción continuada les había procurado una inteligencia superior y una agudeza en el examen que yo jamás podría igualar. Repasaba cada día los textos que daban cuenta de un partido que yo también había presenciado y yo había visto la décima parte de lo que se exponía allí. Saqué la percepción de que en Argentina se encontraba la realidad y la sabiduría del fútbol, la academia del buen gusto y la máxima escuela”.
En esa época ya llamaba la atención en España la arrebatada forma de narrar los partidos en la radio de un locutor como Héctor del Mar, los apodos que adjudicaba a los jugadores y aquellos interminables gritos de gol. Algunos privilegiados comenzaban a dejarse seducir por la revista ‘El Gráfico’, tan difícil de conseguir casi como un incunable y con muchos textos de calidad suprema que abarcaron hasta 2018 nada menos que un siglo de historia del fútbol argentino. El progreso se encargó del resto hasta términos que ni Evita Perón hubiera imaginado.

Porque también el periodismo deportivo español siempre estará en deuda con el argentino. Por la permanente aportación y generosidad en términos didácticos y pasionales de algunos de los corresponsales argentinos en España, de los periodistas de allá que llegaban acá de paso a cubrir un partido y la de los grandes comunicadores de ese país que acabaron echando raíces en los medios de comunicación españoles y que nos enseñaban que se puede también contar y entender el juego de una forma diferente y con múltiples prismas. Sólo por descubrirnos a Dante Panzeri, Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y tantas otras eminencias pasadas y presentes del periodismo y la cultura futbolera argentina esa deuda es eterna.

Y sobre todo, un agradecimiento gigantesco por los impagables y auténticos lazos de amistad y colaboración profesional que muchos periodistas españoles han ido labrando con colegas argentinos gracias a la evolución digital de las comunicaciones que incitaron a la apertura de la mente y de los contenidos, a viajes maravillosos para ver fútbol, conociendo personajes irrepetibles que cambian la mirada de cualquiera y así empaparse de todo lo que es Argentina. Y es un deber hacerlo desde una permanente curiosidad por todo lo que ocurre al otro lado del charco, incluso en tiempos sombríos, pero siempre con la pasión común por la pelota. España tiene un vínculo inestimable con el viejo y querido fútbol argentino. •

*Reportaje de la edición 55 de Líbero. Pídela aquí a domicilio.