Julio Ocampo.- Alto, espigado, polivalente y de zancada larga, Juan Manuel Asensi (Alicante, 1949), dotado de potencia física, liderazgo, calidad y llegada desde atrás, anotó más de cien goles con el Barça, donde además fue capitán tras la volcánica salida de Cruyff. Fue Alfredo Di Stefano como entrenador en el Elche, quien le sacó de las cadenas externas de la banda izquierda para curtirlo como un moderno interior e incluso como volante asociativo y de creación. Asensi, entonces, se liberó de ataduras, y ya nada fue como antes. El caleidoscopio de su zurda se dilató como un acordeón.
Era el año 1968. Dos primaveras antes de fichar por el conjunto blaugrana, donde precisamente coincidió un lustro con el holandés volador. Juntos, sacaron la nave de la zozobra percutiendo en el ecosistema Rinus Michels, dibujado con Sotil, Rexach, Rifé o Costas. En medio, un país que mutaba de piel. El Franquismo moría; llegaba la Transición. Con las fronteras abiertas de par en par, los yugos fueron sepultados entre legajos. La música de viento insuflaba el Camp Nou. En España crecían nuevamente las margaritas.
Todo esto sirve de coartada. Porque sí, la entrevista, por teléfono, es para hablar del impacto Johan en el décimo aniversario de su fallecimiento. El alicantino atiende a Libero desde la oficina de la Agrupación de Jugadores del Fútbol Club Barcelona que preside desde 2023. Relevó en el cargo a Ramón Alfonseda, ex delantero culé de finales de los sesenta. Su memoria es fina y sus recuerdos permanecen cristalizados aún. No podía ser de otra manera. Ha jugado con un artista cuya magnitud es equiparable a la de los mejores pintores flamencos.
El Barça ficha a Cruyff en 1973, en pleno tardofranquismo. Aquel año España abandona la autarquía futbolística con la llegada de extranjeros. Ojo porque el Barça no ganaba la Liga desde 1960. Pero llegó él.
Recuerdo que en aquella época éramos un poco escépticos respecto a la materialización de su fichaje. Piensa que no se podían fichar extranjeros, y él además era el mejor del mundo. Ya su nombre imponía mucho respeto. El tiempo pasaba, y seguía hablándose de él. Efectivamente, el club lo ficha. Fue increíble. Llegó a Barcelona, pero como aún no estaba toda la documentación en regla nos veía entrenar y jugar desde la grada. Con él cambió todo. Se implementó el gran cambio. Le veías entrenar, jugar… Fuera de lo común. Sí, estaba claro que tenías al mejor del mundo como compañero en ese momento. Su presencia supuso algo grandioso. Un revulsivo moral enorme. Te hacía ser mejor… Tenías que esforzarte mucho más para, a su lado, no quedar mal. Ganamos la Liga tras muchísimo tiempo. Sí. Un recuerdo imborrable. *
*lee el resto de la entrevista en la edición 56 de Líbero disponible en este enlace.