Así se gestó el reportaje del Trinche Carlovich, el futbolista espectral

Todo lo que rodea al capitán de los bohemios, Tomás Felipe Carlovich, está impregnado de magia. Bien lo sabe quien le dio a conocer en España. El periodista Raúl Román narra cómo descubrió su leyenda y la relación que mantuvo con el mito hasta su reciente muerte.

Raúl Román.- La emisión del reportaje ‘Esta noche juega El Trinche’ en 2011 en el programa Informe Robinson supuso el descubrimiento de una personalidad oculta para el público futbolero. Talento inusitado que había maravillado en todas las categorías del fútbol argentino excepto en la Primera, Tomás Felipe Carlovich, el Trinche, un armador de juego mágico, displicente y (cómo no) zurdo, del que no se conservaba ninguna imagen filmada, conoció en la última década de su vida reconocimiento más allá de Rosario, donde sí había sido idolatrado. Murió el 8 de mayo de 2020 a los 74 años como consecuencia de los golpes que recibió en la cabeza dos días antes, cuando un desheredado le robó con violencia la bicicleta en la que, bohemio y despreocupado, solía desplazarse por su ciudad.

LA GESTACIÓN
La puerta del ascensor se abre y, con cierto estrépito, escupe a un pequeño equipo de televisión. Focos, micrófonos, “¡cuidado, la cámara!”, algo de ruido, la mochila de ópticas. Cuando el redactor se ubica y mira a un lado y a otro, el entrenador campeón del mundo se le aparece casi como un Jesucristo de edad avanzada, afeitado y sonriente, abiertos los brazos en cruz. Tiene también abierta la puerta de su despacho, y espera delante de ella. “¿Dónde están esos españoles pelotudos que vienen a contar la historia del Trinche?”, suelta el Flaco antes de reírse. Lo que en realidad quiere saber, como confirmará algo más tarde, es: ¿cómo carajo se les ocurrió la idea de este documental? La respuesta a la pregunta de César Luis Menotti en su oficina de Buenos Aires, aquel octubre de 2011, habría que buscarla casi cuatro años antes en la redacción de Canal +. Gabriel Ruiz echó a rodar la pelota. Algo después de regresar de la grabación de un Informe Robinson dedicado a los orígenes de Lionel Messi, aún en la primera temporada del programa en 2007, el periodista soltó: “Hay un tipo del que en Rosario cuentan que fue mejor que Maradona”. Una frase así se prende al aire cuando se suelta delante de futboleros o cazadores de mitos.

Lo que en realidad quiere saber, como confirmará algo más tarde, es: ¿cómo carajo se les ocurrió la idea de este documental? La respuesta a la pregunta de César Luis Menotti en su oficina de Buenos Aires, aquel octubre de 2011, habría que buscarla casi cuatro años antes en la redacción de Canal +

Y allí había de las dos cosas. Gaby no recordaba de forma exacta su apellido, aunque le sonaba a la antigua Yugoslavia. Google habló: Carlovich. El Trinche. Así lo apodaban. Los dos fantaseamos con la posibilidad de un reportaje suyo antes de que él siguiera hincando el diente al joven astro y yo me empapara en la historia de un veterano buzo. Con el correr de los meses, la valía y versatilidad de Ruiz le iban a dirigir a otras labores, incluida la de presentador; dejó de hacer reportajes, y quedó claro que no iba a poder abordar aquella historia. Elipsis gigante: entonces no lo sabía, pero Gaby iba a trabajar años más tarde para un entusiasta del futbolista del que hablamos aquel día. Hoy forma parte de la dirección deportiva del Leeds United que entrena alguien que iba a ver jugar a Carlovich cada vez que tenía ocasión: el también rosarino Marcelo Bielsa.

MURAL En el estadio de Central Córdoba

Los dos fantaseamos con la posibilidad de un reportaje suyo antes de que él siguiera hincando el diente al joven astro y yo me empapara en la historia de un veterano buzo

Cada par de meses y durante años me concedía el gusto de echar un vistazo a Internet escarbando en busca de aquel tipo. Foros en Rosario, también en Mendoza (ninguna referencia en España). Un grupo apreciable de fanáticos memoriosos empeñados en insuflar vida a la leyenda. Se fue formando un retrato robot de Carlovich. No era Maradona, y sí un 5 alto, elegante aunque desgarbado, con enorme facilidad para pisarla y para pasarla al compañero que se desmarcaba. o entre las piernas del rival (el “doble caño” era su marca registrada), las más de las veces genial y siempre poco interesado en el esfuerzo físico.....

En una de aquellas páginas remotas, alguien apuntaba, con el refrendo de una fotografía, la alineación ideal de todos los tiempos de José Pekerman. Beckenbauer, Pelé, Maradona… A un aficionado medio le habría resultado sencillo reconocer a diez de ellos. Pero en el centro del centro del campo podía leerse “Carlovich”. Bang. Recuerdo marcar el número de Pekerman y percibir su emoción al situar al Trinche hombro con hombro con los más gigantes. Casi seguida llegó, a través de correo electrónico, la disposición sin trabas de Menotti para recordar a un futbolista al que adoraba. Dos exseleccionadores argentinos iban a contarnos que alguien que había disputado solamente dos partidos en Primera División (porque técnicos como Miguel Ignomiriello o Carlos Griguol en Rosario Central decidieron que era mejor dejar ir al indisciplinado canterano que reconducirlo) era un genio.

Habían pasado cuatro años desde que Gaby prendiera la mecha del Trinche, pero se acercaba la combustión. No existía entonces ninguna imagen en movimiento del probable prodigio, lo que enmarañaba el reto para un reportaje televisivo. Pusimos el foco en un partido concreto. El momento efímero en que Carlovich había jugado rodeado de futbolistas de su calibre. Aunque tampoco había testimonio filmado, el choque que le había ganado un combinado de Rosario (cinco jugadores de Central, cinco de Newell’s Old Boys y uno de segunda, Carlovich) a la selección de Argentina que se preparaba para el Mundial del 74, nos sirvió de palanca. Acudimos a tipos que se habían alineado ese día con él, como Mario Killer, El Mono Obberti o Carlos Aimar, que había entrenado en España; y enfrente, como Aldo Poy, que inspiró uno de los cuentos más célebres de Fontanarrosa, o Quique Wolff, ex de Las Palmas y Madrid, comentarista de prestigio en Argentina.

Había coincidencia en considerar al (casi) ignoto jugador como un portento. Costaba creerlo. Costaba creer también que en Argentina no hubiera piezas periodísticas audiovisuales de relieve sobre él. “¿Señor Carlovich?”. Costó también entender la reacción del que queríamos fuera nuestro protagonista en la primera llamada. “Sí, bueno, está bien”. Ni le sorprendía ni dejaba de hacerlo que una televisión de otro continente quisiera dedicarle un documental. “Si quieren, vengan”. Sus palabras parecían salir con esfuerzo. Ni la enumeración de los personajes que iban a ensalzarlo modificó su tono; quizá, la mención a Menotti. “¿Les dijo César que hablaría? Bárbaro”. Ratificó un ramillete de las anécdotas que se le atribuían sin ningún énfasis, antes de que la conversación concluyera con la certeza de que el Trinche no era alguien pagado de sí mismo.

Había coincidencia en considerar al (casi) ignoto jugador como un portento. Costaba creerlo. Costaba creer también que en Argentina no hubiera piezas periodísticas audiovisuales de relieve sobre él. “¿Señor Carlovich?”.

SEMANA DE PAVOR
El rodaje en Rosario fue un sube y baja emocional. Empezamos en alto con las respuestas de las personas abordadas al azar en la calle, y con lo que nos contaron en el Bar Lido, lugar de reunión de los seguidores de Central Córdoba, el club de menor nivel que Central o Newell’s en el que Carlovich hizo gran parte de su carrera (también lo disfrutaron a pequeñas dosis varios más, como Independiente de Ribadavia de Mendoza o Colón de Santa Fe). Las entrevistas avanzaban; hubo una inesperada y gozosa con el actor Darío Grandinetti, a quien alguien nos sugirió como devoto del Trinche. Grandinetti, que andaba por su ciudad esos días, tenía fama de envarado, pero nosotros encontramos a un hincha feliz de compartir documental sobre su ídolo “al lado de esas luminarias”, según sus palabras. Pero Carlovich persistía en la gambeta, y se resistía a encontrarse con nosotros. Cuando pasados unos días por fin apareció para una grabación en el estadio Gabino Sosa, cohibido y con cojera, además de alivio sentimos una emoción rara. Quizá la luz del atardecer, quizá los relatos frescos de los que lo habían disfrutado, quizá su amabilidad, pero habríamos jurado que al Trinche lo adornaba en lo alto un aura.

Michael Robinson nos había relatado una conversación con Jorge Messi, que abreviada transcurrió más o menos así: “Michael, me han contado que anda por acá un equipo de tu programa. ¿No andaréis con algo sobre mi hijo?”. “Descuida, Jorge. Vamos a contar la historia del Trinche”. “¿Carlovich? ¡Qué maravilloso futbolista, ese sí que fue grande!”.

Para entonces, Michael Robinson nos había relatado una conversación con Jorge Messi, que abreviada transcurrió más o menos así: “Michael, me han contado que anda por acá un equipo de tu programa. ¿No andaréis con algo sobre mi hijo?”. “Descuida, Jorge. Vamos a contar la historia del Trinche”. “¿Carlovich? ¡Qué maravilloso futbolista, ese sí que fue grande!”. Michael, que ya había bendecido el documental antes de que partiéramos, sonrió con alivio: si el padre de Lionel afirmaba eso, no había opción de que hubiéramos errado. Pero el mago tenía algún susto más oculto en la media. El Trinche me había deslizado en nuestras conversaciones la posibilidad de cobrar algo de dinero, de forma tan sutil y tan de pasada que lo había olvidado. Antes de su entrevista, aún pendiente, lo volvió a sugerir. Tragué saliva. “Pero Trinche, nunca pagamos a nadie en nuestro programa”.

“¿Y el asado con los compañeros de Central Córdoba del último día? Lo hará mi hermano y tiene que comprar la carne”. Mi sobresalto dejó paso a una sonrisa. Su compañero Eduardo Quinto Pagés, el guardameta, había citado a los antiguos compadres en un lugar común de reunión a petición nuestra. “¡Claro! Eso no es problema, por supuesto, ese tipo de gastos sí corren de nuestra parte”. Recuperamos el aliento de nuevo. Horas antes de aquel encuentro gastronómico, en la última tarde y cuando volvíamos a temer por nuestro regreso a España sin su testimonio, pudimos por fin plantar las cámaras en su casa paterna. Nos sorprendieron la apreciable memoria, el tono pausado. Desfilaron la locura de los hinchas. El posible pase al Cosmos neoyorquino, frustrado por unos supuestos celos de Pelé.

Nos sorprendieron la apreciable memoria, el tono pausado. Desfilaron la locura de los hinchas. El posible pase al Cosmos neoyorquino, frustrado por unos supuestos celos de Pelé.

El olvido de por qué no había acudido a una llamada a la selección de parte de Menotti. El desmentido a que le gustaran la pesca, la joda y los boliches (tal vez sí las mujeres). La felicidad por haber sido futbolista. La ausencia de reproches por no haberle puesto más. Y el para mí inolvidable cierre. ¿Qué daría por volver a tener veinte años? ¿Por volver a escuchar a la gente “esta noche juega el Trinche? “No, no me digas eso que me pongo mal, me vuelvo loco”. Carlovich reveló su fragilidad y se deshizo en un llanto que se prolongó casi un minuto, para sorpresa de nuestro operador, que había movido la cámara pasados unos segundos por la evidente incomodidad del entrevistado. En el asado nos dio tiempo a comprobar el cariño y la admiración hiperbólica de los que jugaron a su lado.

Si Quinto Pagés afirmaba haberle visto jugar con la pelota por el aire un partido completo porque el césped estaba embarrado, el Negro Sullivan aseguraba que Carlovich era capaz de hacer seguidos cuantos caños quisiera, aún con el rival avisado. “¡Un hijo de puta!”, decía, mientras el Trinche abandonaba la estancia cada vez que se daba cuenta de que hablaban de él y nosotros nos convertíamos en sus incondicionales. Adolpho Cañadas, el veterano cámara, que había compartido entrevistas y filmaciones con astros mundiales de todo deporte y pelaje, jamás había mostrado interés en sacarse una foto con ninguno de ellos. Ese día me pidió que le hiciera una con el Trinche, del que nos despedimos con calurosos abrazos.

Adolpho Cañadas, el veterano cámara, que había compartido entrevistas y filmaciones con astros mundiales de todo deporte y pelaje, jamás había mostrado interés en sacarse una foto con ninguno de ellos. Ese día me pidió que le hiciera una con el Trinche, del que nos despedimos con calurosos abrazos.

NUEVAS APARICIONES
Mi relación con Carlovich no se perdió, pero sí se espació hasta la exageración. Más de un año después de emitirse su Informe Robinson me encontraba en un avión a punto de partir para Buenos Aires cuando sonó el móvil. Era un número argentino, y pensé que se trataba de alguien que nos esperaba al aterrizar. “Raúl, soy Tomás Felipe Carlovich. Quería darle las gracias. Estuvo bárbaro lo que hicieron ustedes. Me encantó, y a mucha gente que lo vio”. Se había tomado su tiempo antes de reaparecer. Admitió que su vida había cambiado de forma inesperada en aquellos pocos minutos de conversación. Cuando colgué y lo comenté con Edgar Delgado, el realizador que también había viajado a Rosario, coincidimos en que aquella llamada en ese preciso momento era otra brujería más, otra muesca en su varita mágica. Con ocasión del décimo aniversario de nuestro programa, en 2017, pretendimos recuperar a algunos de nuestros protagonistas más relevantes. El Trinche figuraba en lo alto de la lista.

Con ocasión del décimo aniversario de nuestro programa, en 2017, pretendimos recuperar a algunos de nuestros protagonistas más relevantes. El Trinche figuraba en lo alto de la lista.

Conocedores de la opinión que sobre él tenía Jorge Messi, queríamos traerlo a España para ver un partido en el Camp Nou, y posibilitar su encuentro con Jorge y hasta, si se daba, con su hijo. La idea se desmoronó. Carlovich no manifestó ilusión y sí pereza ante la idea de tantas horas de vuelo para cruzar el océano. “Trinche, imagine, el Camp Nou, su paisano Messi. Estará en un gran hotel, comerá y cenará en buenos restaurantes, venga con alguien”. Insistí hasta los tres o cuatro veces, pedimos ayuda a algún allegado, pero para nuestra desilusión el Trinche no alteró su postura. Un año después, en 2018, tuvo lugar la siguiente comparecencia de Carlovich, esta vez sin él saberlo y gracias a mi amigo el periodista Luismi Hinojal que había insistido a Jorge Eines, dramaturgo y director teatral bonaerense afincado en Madrid, para que viera nuestro reportaje. El resultado de la fascinación que aquello produjo le produjo fue ‘El Trinche, el mejor futbolista del mundo’, beckettiano ejercicio teatral con solo dos personajes (El Trinche y un periodista) que pude ver invitado en El Teatro del Barrio.

Antes, Líbero me había reunido con el gran Eines. Jorge aseguró que el propio Trinche había descubierto aspectos de su personalidad que él mismo desconocía. Y también nos contó que había llegado con la función empezada al estreno en Rosario. El desbarajuste de la pandemia agarró en el oscuro marzo pasado a un equipo de Informe Robinson en Cuba, en medio de un reportaje sobre la pasión con la que desde hace unos años allí se vive el fútbol. Cuando llegamos a Zulueta, pequeña localidad tenida por cuna de ese deporte en el país, nos esperaba Nelson Curiel, que no se podrá enojar si se le califica como loco: por Boca, por Maradona, por Messi. “Y hay un tercer grande argentino”, dijo con una cerveza en la mano después de un brindis, “un genio al que puede que no conozcan. No hay imágenes suyas”. “¡El Trinche!”, gritó el cámara cuando yo trataba de superar mi perplejidad, y entonces Nelson comenzó un prolongado relato de anécdotas y declaraciones sobre el jugador que, sin él saberlo, procedían de nuestro programa. Al poco, nos mostró en su móvil un mensaje de vídeo del mismo Carlovich agradeciéndole su devoción y prometiéndole una visita.

“¡El Trinche!”, gritó el cámara cuando yo trataba de superar mi perplejidad, y entonces Nelson comenzó un prolongado relato de anécdotas y declaraciones sobre el jugador que, sin él saberlo, procedían de nuestro programa

Le había llegado a través Raúl y Carmen, matrimonio rosarino íntimo del futbolista, a los que Nelson había conocido años atrás en la isla. En Madrid, después del atribulado regreso, le daba vueltas a lo increíble de haber dado con Carlovich en el teléfono de un cubano. “Debería llamarlo”, pensaba, cuando una red social me avisó de que era su cumpleaños. El 19 de abril de 2020, me despedía de él sin saberlo. En mi terraza, noche cerrada y avanzada, parecía que el mundo entero escuchaba cuando el Trinche respondía agradecido y narraba su primer y último encuentro con Diego Maradona, ocurrido semanas atrás en la visita del de Fiorito a Rosario como técnico de Gimnasia y Esgrima. Carlovich acudió avergonzado, a petición de un dirigente, con miedo a ser ninguneado o rechazado. Se equivocaba. “Diego me firmó una camiseta, dice: ‘al Trinche, que fue mejor que yo’”. Hablaba un niño. Y yo ya lo tuteaba. “Trinche, tuviste que venir aquella vez a conocer el Camp Nou y España”. “¿Sabés una cosa? Ahora me arrepiento, tendría que haber viajado”. “Seguro que hay otra oportunidad, Trinche”. “Sí, seguro que se da y esta vez iré”. Carlovich me confesó que no se cuidaba demasiado del virus. Vivía solo, después de que su esposa hubiera fallecido tiempo atrás. Y seguía saliendo en bicicleta muchos días. “Gracias por llamar, abrazo grande”. Me despedí con la idea de hacer todo para que volviéramos a vernos en persona, cuando solo meses atrás, en enero, yo había regresado a Rosario para un reportaje sobre El Chimy Ávila y no me había atrevido a llamarlo por un infundado miedo a un desaire suyo.

EL NEGRO FINAL
Algo más de dos semanas después de aquella llamada, recibo un whatsapp de Hernán Amez, periodista que tanto nos había ayudado con el reportaje en Rosario. “Golpearon al Trinche para robarle una bicicleta. Tuvieron que asistirlo los médicos”. Había una foto suya en el suelo. “Muy complicado”. A través de él me mantuve informado de la terrible evolución. La pantalla del teléfono se expresaba de modo sombrío. Intubación; respirador; hemorragia intracraneal; edema; intervención; fe y oraciones. Aún hoy conservo los mensajes (gentileza de Hernán) con la voz de la doctora Becherucci. La que escuché durante casi dos días con la esperanza de una mejora que fue todo lo contrario. Tomás Felipe Carlovich murió el 08 de mayo de 2020 en Rosario. A pesar de la pandemia de coronavirus, muchos hinchas acudieron de forma espontánea al estadio Gabino Sosa, por donde desfiló el féretro después de que la familia lo acordara de camino al cementerio por la presión de parte de la afición. Solo dos días más tarde, un trabajador de una productora en un pueblo de la provincia argentina de Córdoba, rescató un tesoro que decidió colgar en Internet, que primero miré con miedo y más tarde con asombro y alegría: cinco minutos de un Carlovich de 42 años que enseña su talento.

“Parecía que la pelota lo llevaba a Carlovich, una pelota inteligente que disfruta de hacer las cosas artísticas y arrastra atrás a un futbolista”. 

“Parecía que la pelota lo llevaba a Carlovich, una pelota inteligente que disfruta de hacer las cosas artísticas y arrastra atrás a un futbolista”. “Era un artista encerrado en una jaula”. “No hizo ningún esfuerzo por adaptarse y por eso, además de leyenda, es símbolo”. Pekerman, Menotti o Valdano nos regalaron algunas definiciones de un jugador al que la historia de su deporte, gracias a los empujones del relato de quienes lo vieron, reservará un pequeño espacio entre sus tomos, antes de que lo devoren el tiempo y un fútbol distinto al que le enamoró. Fue un niño grande, fue otro último romántico, al que su negra muerte eleva más aún a la categoría de mito de una forma que no hubiese querido nadie. Al menos, no este irrelevante periodista que un día quiso contar su historia. La del Trinche Carlovich, el futbolista invisible, el que se aparecía como un espectro, hasta en una cinta de vídeo después de haber muerto. ¶p>