Así será el funeral de Maradona

En nuestro número 17, con motivo del 30 aniversario de México 86, el periodista Feliciano Rodríguez Vivanco imaginó lo que muchos en Argentina han jugado a hacer desde los 90, ¿Cómo debería ser la despedida al pelusa?

LA MOMIA MANCA DE FIORITO

*Feliciano Rodríguez Vivanco.- Admitida para siempre su singularidad; descartada toda posibilidad de igualarlo en carisma y magnetismo; agotadas las instancias en las que su genio podría volverse a expresar, la pregunta sobre lo que todavía tiene Diego Maradona para ofrecernos conduce a un solo y definitivo lugar: su muerte. En Argentina -y quizá no sólo en Argentina- imaginar la muerte de Maradona es una costumbre que cumple más de 20 años. Nació en la segunda mitad de la década de los noventa, cuando quedó expuesto de modo descarnado el gravísimo problema que tenía con la cocaína el deportista más famoso del mundo. Después de que le cortaran las piernas en los EE UU -donde fue usado para promover la Copa del Mundo y más tarde descartado como un tramposo- Diego había vuelto a su país para retirarse en Boca después de cumplir los 15 meses de suspensión por el positivo. A fines de 1996, con la explosión mediática del llamado Caso Coppola -en el que su representante estuvo detenido y procesado por narcotráfico-, pudo verse la vida de alto riesgo que el ídolo de 36 años estaba llevando en Buenos Aires.

De ese modo comenzó a hablarse, cada vez con mayor frecuencia, de la “muerte súbita” que podría sobrevenirle al Diez durante un partido, algo que pareció no conmover a los dueños del negocio del fútbol ni al público argentino en general. Al contrario, la perspectiva de imaginar a Diego muriendo en una cancha lo cargaba de una épica todavía mayor y añadía a la grandiosa biografía del héroe deportivo la estatura de indiscutido rockstar. Sin embargo, pese a que estuvo dos veces muy cerca de no conseguirlo, Diego sobrevivió a su juventud. … En diciembre del año 2000 Brasil no fue ajeno a la ola tasadora que recorrió el planeta y también estableció sus propios rankings del siglo. En uno de ellos, Ayrton Senna fue votado como el mayor ídolo deportivo nacido en el país. Un as inigualable, y para los especialistas quizá el piloto más temerario de la historia de la Fórmula Uno.

¿Hubiera podido arrebatarle aquel honor a Pelé de no haberse estrellado fatalmente en San Marino ese 1 de mayo, con 34 años y la vida por delante? Habría que ver. Por otra parte, parece difícil pensar en Senna sin sentir una profunda tristeza y parece difícil pensar en Pelé sin sentir cierta repulsa a su cinismo y a su buena onda permanente con el establishment y el poder en todas sus formas. … Se sabe: ni las piedras ni los imperios ni los ídolos resisten el paso del tiempo. Para alcanzar la posteridad con la menor mácula posible, a estos últimos les conviene morirse jóvenes como el Che Guevara, Juana de Arco o Marilyn Monroe. …

Para alcanzar la posteridad con la menor mácula posible, a estos últimos les conviene morirse jóvenes como el Che Guevara, Juana de Arco o Marilyn Monroe. …

A nadie debería extrañar que la supervivencia de Maradona más allá de los 40 años haya erosionado poco a poco su condición divina hasta desvelarnos a un señor mortal, muy excedido de peso, de lentitud pasmosa para articular una frase, que despierta menos veneración que desdén en los jóvenes millenials -legítimos delimitadores de lo mainstream- para quienes El Diego es poco más que el último escollo que le queda por sortear a Lionel Messi en la construcción de su propia leyenda. Sin ir más lejos, hace unos años arribamos a un dato demográfico que produce asombro: la mitad de la población mundial tiene menos de 35 años, es decir: no vio jugar a Maradona.

¿Podemos, los que sí lo vimos y nos obsesionamos con él, tolerar ese lento y torpe atardecer, esa decadencia bajo receta médica en la que ha entrado el mítico guerrero indomable? ¿Era necesaria esa exhibición permanente de su humanidad corriente, provista de miserias y mezquindades comunes a todos los hombres? En vano se intentará señalar que Diego es una persona como cualquier otra, que tiene derecho a equivocarse y que habría que dejarlo vivir tranquilo: hace tiempo perdió esa batalla. El costo de ser único es altísimo. Con su último soplo de vida, John Lennon lo habrá comprendido. Maradona, lo quiera o no, es un ícono, un símbolo, y como símbolo ha sido él quien nos ha hecho vivir intranquilos a nosotros con su perturbador encanto.

¿Podemos, los que sí lo vimos y nos obsesionamos con él, tolerar ese lento y torpe atardecer, esa decadencia bajo receta médica en la que ha entrado el mítico guerrero indomable? ¿Era necesaria esa exhibición permanente de su humanidad corriente, provista de miserias y mezquindades comunes a todos los hombres?

La gente se tatúa su autógrafo en la piel, bautiza a sus hijas “Mara” y “Donna”, les escribe a sus muertos: “No saben lo que se perdieron” (1). Pero tengamos cuidado. No se trata de cometer ni de instigar ningún crimen, ningún magnicidio. Sólo se plantea, como hipótesis, la conveniencia de que finalice un ciclo de desgaste y degradación incesante. Que la persona deje de contaminar al ídolo. Que el padre ausente y autodestructivo libere del martirio a sus hijas y a su ex mujer. Que, una vez muertos don Diego y doña Tota y puestos a salvo de la amenaza constante de perder a su hijo de oro, están dadas las condiciones objetivas para prescindir de él. Apenas nos queda desear que la naturaleza obre rápido. Lo demás es organizarse. Poner ese metro sesenta y ocho en manos de los mejores embalsamadores (2). Velar su cuerpo momificado durante tres días en La Bombonera. Acompañar el cortejo fúnebre en peregrinación (¿3 millones de personas?) hasta el aeropuerto de Ezeiza, donde un avión lo llevará en vuelo directo a Nápoles. Largo velatorio en el estadio San Paolo, hasta ser visto por el último habitante de la ciudad que más lo amó. De regreso a su patria, escala en México: dos días exhibido en el estadio Azteca. Otra vez en Argentina, completará la vuelta olímpica que nunca dio con Argentinos Juniors, en el estadio que hoy tiene su nombre, sostenido el féretro por otras leyendas del club que lo puso en primera división.

Largo velatorio en el estadio San Paolo, hasta ser visto por el último habitante de la ciudad que más lo amó. De regreso a su patria, escala en México: dos días exhibido en el estadio Azteca

En la puerta, sobre la calle Gavilán, habrá un rastrojero, en cuya caja trasera Diego hará un último viaje, de media hora, hacia Villa Fiorito, con Goyo Carrizo al volante y quizá algún otro cebollita como acompañante. Mientras se construya el mausoleo —aprobado por el Congreso Nacional, en la esquina de Azamor y Mario Bravo— la custodia del cuerpo más famoso del mundo estará a cargo de la gente del barrio. Un día y una noche cada uno, lo pasarán de casa en casa, donde nadie osará poner un pie sin ser invitado, tal como sucedía en los tiempos de la niñez de Diego, tal como sucede ahora. •

*artículo publicado en Líbero 17