Julio Ocampo.- Un apellido tal es imposible que emane cosas ordinarias. Guillermo Coppola (Buenos Aires 1948), para quien no lo conozca, fue el histórico agente de Diego Armando Maradona. Es reductivo etiquetarlo así, en realidad. Fue, es, un encantador de serpientes siempre al filo del abismo. Un truhan generoso, un dandy eterno capaz de moverse como nadie tanto en la élite como en las aguas turbias.
Coppola se aleja durante media hora de los micrófonos de la radio donde trabaja para atender a Líbero por teléfono. Su repertorio es infinito. Lleno de claroscuros, de pasión y tormento a partes iguales. Sí, como ‘El Aleph’ de Borges, tiene algo de infinito. Un universo desnudo que se presenta todo, y es visto -además- desde todos los puntos de vista. Apenas hay silencios en su repertorio. Sí matices. Muchos; todos los posibles de mil vidas condensadas en una sola… Junto al Diez, el tabernáculo donde viraba la obra. El cielo y el tormento. El éxtasis y el cadalso.
En la serie ‘Coppola, el representante' el protagonista bebía ron. ¿Usted qué toma?
Bebidas con alcohol… solo vino y champán. Sí, efectivamente eso. Es lo que tomé siempre.
Representaba a más de 200 futbolistas antes de que llegara Diego.
Es verdad. Tenía todo el fútbol argentino, menos a él. Verás, yo trabajaba en el banco… Y sí, a él también lo conocía. Habíamos coincidido en cumpleaños, alguna fiesta, en la selección… Piensa que yo ya disponía, operaba con algunos futbolistas de Argentina’78. Por ejemplo, Tarantini, Fillol, Mario Kempes, Larrosa, Luque o Vicente Pernía (la abandonó en 1977). Mi elenco era infinito.
AÑOS 80» Brindando en los inicios de su relación.
Se inventó esta profesión. ¿Cómo se hace con Maradona?
Diego se pone en contacto conmigo a través de Ruggeri. Estaban concentrados con la selección, y dice que se quiere reunir. Sobre lo que dices de si inventé o no este mundo de los representantes… No lo digo yo, sino la gente. Manejaba a todo el fútbol argentino porque no había otro. Todos menos él, que estaba con Jorge Cyterszpiler. Jorgito, sí, que descanse en paz.
«El éxtasis es el jugador que se convirtió en mi amigo, mi gran amor. ¿Tormento? Ninguno. No tengo ninguna situación que recuerde con amargura, ni siquiera la de Punta del Este (Uruguay, año 2000, Maradona pudo morir por un abuso de alcohol y cocaína)»
A Diego le dice “no” en la primera cita. ¿Cómo es posible eso?
Muy sencillo. Tenía todo el fútbol argentino. ¿No te quedó claro? Esa noche, Óscar Ruggeri y Ricardo Gareca me piden que cenemos todos durante la concentración de la Albiceleste. Comemos en el Sindicato de empleados de comercio. Justo antes, estamos en el cuarto de un Diego que les suelta: “Guillermo les prefiere a ustedes en lugar de a mí”. Entonces, se marcha medio rebotado. Me pidió exclusividad, y le dije que no. Obvio.
¿Qué respondió él?
Que no, que debía ser solo su manager. Si no era así, nada. “Pues nada”, le respondí. Nos levantamos todos de la reunión en su habitación. Me marché. Después, en la cena, cambié de opinión.
¿Cómo le sedujo?
Nada, quedamos conforme todos en que Ruggeri y Gareca si alguna vez me necesitaban también me tendrían a disposición. Diego lo permitiría. Aceptó eso, sí. Ahí nació todo. También te digo que, en realidad, me convencen los muchachos, con quien después jamás trabajé. Era imposible, porque Diego era muy celoso. Luego aparecerían otros representantes, por otra parte. Era necesario y saludable. Para todos. Me quedé con él para siempre.
Era 1985. El Pelusa jugaba en el Nápoles.
Ahí comenzó nuestra relación. No participé en ninguno de sus traspasos antes. Él hizo Argentinos Juniors-Boca, y de ahí Barcelona, Nápoles, Sevilla, Newell’s… La vuelta a Boca (1995), sí, esa sí la hice yo. *
*Lee el resto de la entrevista en la edición 55 de Líbero. Pídela aquí a domicilio.