Crónica de la opereta Libertadores

El periodista Luis Miguel Hinojal es uno de los pocos privilegiados que fue testigo presencial de la ida y la vuelta del desenlace de la Copa Libertadores más largo en el tiempo y el espacio de la historia.

*Texto Luis Miguel Hinojal | Fotografía Agencias y Antonio Thiery.- Cada final de la Copa Libertadores de América es desde 1960 una fecha para reivindicar el orgullo, la rica historia y la dignidad del fútbol sudamericano. En tiempos en los que las crisis económicas y políticas dejan de ser cíclicas para convertirse en pandemias endémicas, los equipos que convirtieron sus banderas en leyendas que atraviesan el tiempo se ven abocados a una fórmula de supervivencia compleja. La capacidad de regeneración se pelea con recursos cada vez más limitados. El éxodo masivo de jugadores jóvenes no permite mantener plantillas de alta calidad, ni torneos locales capaces de competir en términos de pedigrí con las ligas europeas más pujantes, que continúan teniendo a Sudamérica como banco de pesca preferente. El componente emocional de la Libertadores se acentúa con fuerza cuanto más se agranda la brecha con Europa.

Es terreno de agitación sentimental, donde el sentido de pertenencia que ayer se articulaba mitificando a fabulosos jugadores, ahora provoca curiosos fenómenos. A falta de grandes referentes en el césped, muchas aficiones han acabado por convertirse en hinchas de sí mismas. La pasión transversal que atraviesa el continente sufrió una subida de tensión cuando el 1 de noviembre Boca Juniors empató con el Palmeiras en Sao Paulo. El día anterior, en Porto Alegre, River había silenciado el estadio Arena derrotando al Gremio. Los dos colosos argentinos eliminaban a los hermanos brasileños en semifinales. Los dos enemigos íntimos se citaban en una final inédita.Nacieron como primos en el barrio de la Boca y luego se separaron para forjar una rivalidad atávica, alimentada por fabulosos linajes que han ido agigantando su propia biografía a la vez que iluminaban la colosal historia del fútbol argentino.

Nacieron como primos en el barrio de la Boca y luego se separaron para forjar una rivalidad atávica, alimentada por fabulosos linajes que han ido agigantando su propia biografía a la vez que iluminaban la colosal historia del fútbol argentino. 

En 1988 invitaron al irrepetible escritor Roberto Fontanarrosa, irreductible hincha de Rosario Central, a presenciar su primer River-Boca en el Monumental. Su genial crónica en la revista El Gráfico recuerda a la interminable final de 2018 porque es un compendio de humor negro y recrea con autocrítica los tópicos del fútbol criollo y las claves del antagonismo. El artículo iba acompañado de una viñeta del Negro en la que se veía a dos hinchas de River afligidos tras perder en casa 0-2 con Boca. “No sólo pegamos dos tiros en los palos y perdimos el partido ¿Viste la bandera gigante? Esta semana me toca lavarla a mí”. Su abatido vecino de tribuna le contesta: “Y… los ricos también lloran”.

ACTO PRIMERO. ZEUS JUEGA DE TITULAR
La primera semana de noviembre los cafés bonaerenses, el centro litúrgico de la capital argentina, entran en combustión espontánea cada vez que cualquier parroquiano se anima a cargar a su vecino con algún pronóstico sobre el superclásico de todos los tiempos. Muchos diarios amanecen con portadas de tono apocalíptico, de los que se desprende que tras esta final no hay mañana. No habrá horizonte ni lugar donde esconderse para el perdedor al menos durante un siglo. Las televisiones activan su archivo para refrescar (como si hiciera falta) la memoria futbolera del país con programas llenos de hazañas, afrentas, emoción y goles que han pintado con mil matices la mitología del más singular de los clásicos. Los dos equipos se blindan en sus puntos de concentración para no perder el foco competitivo.

No habrá horizonte ni lugar donde esconderse para el perdedor al menos durante un siglo.

Los jugadores y técnicos empiezan a padecer una presión de dimensiones hasta ahora desconocidas. La sede de Boca, que albergará el partido de ida de la final, se ve desbordada. Ni el aforo de cuatro Bomboneras podría saciar la demanda de entradas. El club se veía forzado a rechazar cientos de peticiones de acreditación por medios de comunicación desde Japón hasta Omán. El clásico de barrio comienza a tomar volumen de acontecimiento planetario y en la húmeda primavera bonaerense, el clima amenaza con volverse irrespirable. El ruido mediático y las bajas pasiones conforman un mensaje insano. Se viene el fin del mundo.

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