Líbero.- Aunque el interés por un canterano es saber si realmente está preparado para la Primera División, si su calidad de juego es buena y puede seguir progresando. La actualidad ha incluido con fuerza el valor económico del jugador.
Año tras año, cuando el mercado se cierra, las cifras se disparan. Basta para que un futbolista desconocido realice cinco o seis buenos partidos seguidos para que su fichaje alcance cifras más allá de los 40 millones.
Las estadísticas avanzadas, los modelos predictivos y las apuestas de fútbol, crecen alrededor de ese fútbol de cifras y probabilidades. Medir es una de las grandes obsesiones del fútbol actual para definir, precisamente, esas astronómicas y repentinas cifras. El problema llega cuando pretendemos medir también lo que hará dentro de cinco años un chico de diecinueve.
Para un club, pocas operaciones resultan tan atractivas como vender a un jugador formado en casa. La inversión inicial ha sido muy inferior a la de un fichaje y una venta importante permite registrar una plusvalía considerable. La cantera sigue siendo, por tanto, donde crecen esas piezas fundamentales en las cuentas y en la rentabilidad de los clubes.
¿DE VERDAD CUESTA 40 MILLONES?
La pregunta aparece cada verano y casi nunca tiene una respuesta convincente. Si alguien paga 40 millones, tenderemos a decir que ese es su precio. Otra cosa bastante distinta es saber si los vale.
Porque en esos 40 millones caben demasiadas cosas. Están los partidos que ya ha jugado, claro, pero también su edad, los años de contrato, la posición, los clubes interesados y lo que alguien imagina que podrá llegar a ser. Buena parte del precio de una promesa se paga por adelantado. Es dinero puesto sobre un futuro que todavía nadie conoce.
Por eso un jugador de veinte años puede resultar más caro que otro de veintinueve que hoy juega mejor al fútbol. El primero ofrece años, margen de crecimiento y una posible venta posterior. El segundo ofrece presente. Para una dirección deportiva ambas cosas cuentan, aunque de manera diferente.
Y ahí cambia incluso nuestra forma de mirar a la cantera. Un juvenil hace dos buenos partidos y enseguida aparecen las comparaciones. Al cuarto ya conocemos su cláusula. Al sexto alguien publica que un equipo inglés lo sigue. El chico continúa peleando por ganarse el puesto mientras fuera ya se discute cuánto dejaría en caja.
TREINTA MILLONES SOBRE LOS HOMBROS
Hay una parte de todo esto que las cifras explican bastante mal. Pensemos en un futbolista de 19 años que hasta hace poco jugaba con el filial. De repente aparece en televisión, llegan las entrevistas, crecen los seguidores y descubre que varios medios lo tasan en 30 millones. Al día siguiente tiene que entrenarse y competir como siempre.
Si juega bien, confirma lo esperado. Si encadena tres partidos malos, alguien preguntará qué le pasa al chico de los 30 millones. La cotización corre bastante más deprisa que la madurez de una persona. Y ningún informe de mercado consigue reflejar esa diferencia.
La afición ha tenido que aprender aprendido ese idioma. Ahora al seguimiento evolutivo del jugador se añaden las cláusulas, amortizaciones, porcentajes de futuras ventas y plusvalías. Cuando aparece una oferta enorme por un canterano querido surge la duda de si se quiere seguir viéndolo en diez años con la camiseta que le vio nacer y le ayudó a crecer o se prefiere que el club acepte el dinero.
Quizá ahí esté la mejor prueba de cuánto ha cambiado el fútbol. Hemos aprendido a mirar a un jugador y ver al mismo tiempo al futbolista y al activo. Pero el césped conserva cierta mala costumbre: desmentir nuestras cuentas. Algunas promesas carísimas se quedaron a medio camino y otros jugadores llegaron casi de puntillas para acabar haciendo historia.
Así que la próxima vez que un chaval de veinte años aparezca tasado en 50 millones habrá una pregunta mucho más interesante que discutir si los vale. ¿Cuánto puede valer alguien que todavía está descubriendo hasta dónde es capaz de llegar? •