Dener, un Neymar truncado

Murió con apenas 23 años. Un accidente de trafico fue el culpable de la tragedia de un jugador que iba para estrella. Acaba de firmar por el Stuttgart. Los aficionados del fútbol de Brasil jamás olvidarán a un jugador 20 años después de su desaparición
parece reencarnado en Neymar.

*Arturo Lezcano.- Es 19 de abril de 1994. “El fútbol brasileño pierde el arte de Dener”, arranca con voz de ultratumba el presentador del telediario más visto de Brasil. “El delantero del Vasco da Gama murió esta mañana en Río de Janeiro, cuando llegaba de São Paulo en coche. El accidente se produjo en las márgenes de la laguna de Freitas, una de las más bellas vistas de la ciudad. Dener dormía en el asiento de copiloto”, concluye taciturno antes de dar entrada al vídeo. En él, una voz en off explica que Dener había dejado São Paulo la noche anterior y había recorrido, junto a un amigo, los cuatrocientos kilómetros entre una ciudad y otra. Le faltaron quince minutos para llegar a destino y apenas unas semanas para abrir una nueva etapa en su vida: venía de acordar con el club propietario de sus derechos, la Portuguesa, su fichaje por el Stuttgart alemán.

Empotrado contra un árbol, con el morro convertido en chatarra, un deportivo Mitsubishi blanco, con gráfica matrícula, DNR-0010, mantiene entreabierta la puerta del copiloto. La sostienen varios futbolistas del Vasco da Gama, uno de los grandes clubes de Río, que van pasando en disciplinada fila para hacer una suerte de reconocimiento de lo que ven dentro, un velatorio sui generis. Allí yace tumbado Dener, en la misma posición en la que se había echado cinco horas antes. Con el asiento reclinado, el impacto del coche contra el árbol lo lanzó contra el cinturón de seguridad, que le estranguló la laringe provocándole la asfixia. A duras penas, los futbolistas daban sus impresiones al reportero de TV Globo, rodeados de curiosos y ociosos transeúntes en una secuencia desgarradora y trágicamente televisiva. Entre ellos estaba Luisinho, emblema de aquel Vasco tricampeón carioca, que hoy palpa los recuerdos sorbiéndose las lágrimas: “Parecía que estaba dormido, lo veía allí y quería despertarlo: ‘Vamos, Dener, a entrenar, tenemos partido el domingo’, le llegué a decir”. El requiebro de la historia no lo hizo posible. La tragedia engulló al proyecto de estrella para dar paso al mito.

Dener Augusto de Sousa vivió 23 años cumpliendo los tópicos de cierto tipo de futbolista brasileño, de la cuna al cajón. Decía su madre, figura única en su crianza sin padre, que el pequeño Dener jugaba antes de andar, tan menudo que rodaba con el cuerpo encima de la pelota. Nacido en 1971 Vila Ede, un barrio humilde de la periferia norte de Sao Paulo, empezó sorprendiendo a los entrenadores de fútbol sala de la zona por la misma mezcla de virtudes que luego lo distinguió en el verde: combinaba una velocidad fuera de lo común con una coordinación extraordinaria, un malabarista del balón sobre piernas de alambre. La Portuguesa, tradicional club de São Paulo, lo probó con once años y se lo quedó para siempre, pues nunca lo llegó a vender. Pero como ocurría en aquel tiempo en Brasil, lo cedió dos veces –a precio de oro-, primero a Gremio de Porto Alegre y luego al Vasco. Todo eso transcurrió en menos de cinco años, entre 1989 y 1994. Luego, cuando iba a saltar a Europa, encontró la muerte. Pero su enjuta trayectoria fue suficiente para que se le recuerde en cualquier rincón futbolero de Brasil como un artista irrepetible, para muchos un adelantado que un par de décadas más tarde encontró comparación en otro crack, este sí, ya consagrado: Dener era un Neymar de los noventa. O, de otra manera, Neymar ha llegado a ser lo que Dener apuntaba antes de morir.

En el Santos de 2010, a un tal Neymar Junior, que ya se sabía crack, lo encerraban en la sala de vídeo. Allí le ponían partidos de grandes futbolistas, de los que se llevaban más patadas que saludos, no para ver sus jugadas sino para aprender cómo reaccionaban ante las malas artes de los oponentes. Aquel chaval espigado con pinta de rebelde llevaba muy mal el juego violento de los defensas, a los que dejaba dando vueltas como una peonza en una plaza. Por aquel entonces, en un partido contra el Ceará, acabó agrediendo a su marcador después de llevarse patadas hasta en el cielo del paladar. Al director deportivo del Santos de entonces, el exzaragocista Paulo Jamelli, se le ocurrió la terapia de los vídeos. Le puso partidos de Maradona. También de Messi. Y por supuesto, de un contemporáneo suyo, al que admiraba desde juveniles. Se llamaba Dener.

La Copa São Paulo de Juniors reúne a los equipos sub-20 de decenas de clubes brasileños. Desde hace 45 años es el escaparate de los jóvenes talentos del país de los cinco mundiales. En 1991, la Portuguesa ganó su primera Copa SP gracias a ese chico menudo que necesitaba apretarse el pantalón por encima del ombligo para someter la camiseta. Aún no llevaba el diez a la espalda, pero de ese torneo salió como estrella. “Hoy la Copa SP es solo una barra de negocios, a mayor gloria de los empresarios, pero en los noventa era magia pura. Aquel año la Portuguesa ganó los nueve partidos, hito inédito hasta la fecha. Y obviamente Dener fue nombrado mejor jugador”, afirma obnubilado tantos años después Marcos Teixeira, periodista y ex jefe de prensa del club. En aquel torneo se identificaron enseguida las características de Déner: velocidad, facilidad para el engaño, pase quirúrgico y, cuando llegaba frente al portero, gol. A diferencia de regateadores en seco como Garrincha, a Dener parecían salirle las mejores cosas en carrera y a mil por hora. En el camino iba dejando rivales y cuando la bola rebotaba, le volvía a caer en los pies, muy al estilo de lo que mostró Neymar en la edición de 2008. Al contrario que Dener, el barcelonista no salió como estrella de la Copinha porque la jugó con quince años, como suplente en ascenso, y pocos meses después debutó en el primer equipo del Santos. Dener hizo lo contrario: hacía un año y medio que ya estaba en el primer equipo pero tenía ficha junior.

En la Portuguesa lo había hecho debutar António Lopes, clásico de los banquillos brasileños, que se topó con un meia (mediapunta o segundo delantero) de 1 metro 68 y 60 kilos de alma diletante, que se permitía abandonar las categorías inferiores del club para irse a jugar a un equipo de fútbol sala porque allí le pagaban. António Lopes lo recuerda así: “En aquella época había un directivo que me pidió probarlo en el primer equipo. Llegó un día de partidillo. Le dije al utillero que le diera la ropa, pero él se quedó a un lado, fuera, y yo ni me di cuenta. Al final de la pachanga lo hice entrar. A la primera le hizo un lençol (sombrero) al central titular. A la segunda, se elevó con la pelota sobre una entrada con las dos piernas por delante. Yo no tenía ninguna fe al verlo, era un negrito flaco con piernitas. Pero la reventó. Hablé inmediatamente con el presidente, pedí que se alojara en la residencia del club y que le dieran un buen salario, muy superior al del fútbol sala”.



Debutó en septiembre de 1989 sustituyendo a Roberto Dinamite, de paso por el club en el ocaso de su carrera. Lopes recuerda que el exbarcelonista le dijo luego: “¿Pero no tiene 18 años? Parece el doble”. Como toda estrella precoz, destacaba por su templanza, al menos dentro del campo. Fuera era otra cosa. La persona que mejor conoció a Dener es Tico, que compartió vestuario en la Portuguesa desde que tenían dientes de leche, que lo disfrutó y lo lloró como nadie, que sigue siendo amigo de su viuda y sus tres hijos. Compañero de delantera, uno de los goleadores de aquella Copa SP, Tico era su consejero cuando se sacaban las botas. “Yo soy sospechoso hablando de Déner, lo quería demasiado. Tenía un corazón demasiado bueno, siempre regalaba lo que tenía a los chavales cuando empezó a ganar dinero. Pero también le salía la rebeldía, el genio. En mi opinión, sentía la falta de la figura paterna. No era huérfano, existía la persona, pero no aparecía. Lo vio de pequeño y nunca más. Quizás por eso Dener era un tipo alegre pero con un lado triste que traducía en rebeldía”, confiesa. Eso le hizo ganarse fama de indisciplinado, de ir por su lado cuando le apetecía, de agotar la noche de São Paulo. Y nadie lo niega, ni Tico ni otra leyenda del fútbol brasileño que se deshace por él.

José Macia, Pepe, es el segundo máximo goleador de la historia del Santos tras Pelé, su compañero de plantilla durante más de una década. El Canhão da Vila marcó 405 goles en 750 partidos y ganó, con O Rei, seis campeonatos brasileños, dos Copas Libertadores, dos Intercontinentales. Después, como técnico, dirigió a veinte equipos en cuatro continentes. Del propio Santos al Al Ahly –donde entrenó a Guardiola en su aventura catarí- y por supuesto, a la Portuguesa. Pues bien, de entre todo lo que vio, con quien jugó y entrenó, hay un solo futbolista que le llamó la atención más allá del que él denomina “el extraterrestre”, y lo glosa con una frase demoledora: “He trabajado con muchos muchos futbolistas, pero Dener fue el que más se aproximó a Pelé”. Con 80 años, Pepe habla por teléfono desde su casa de Santos con voz enérgica y memoria vívida. Cae la repregunta actualizada, sobre Neymar, y no duda: “A Neymar aún le quedan años para demostrar más cosas. Dener no tuvo esa suerte". Que el joven malogrado era especial lo apreció Pepe nada más llegar a la Portuguesa. “El primer día me vino a hablar el jugador Capitão, el más experimentado de la plantilla: ‘Vengo en representación de todos, le pedimos que tenga un poco de paciencia con Déner, porque desaparece a veces, no viene a entrenar o llega tarde’. Y la verdad es que la tuve. Fue la primera vez que hice una excepción con algún jugador, pero valía la pena: te resolvía los partidos”, recuerda Pepe. Y añade entre risas: “Además, cuando reaparecía era muy humilde y pedía disculpas”.

Así que ya tenemos al crack díscolo, el que arrasaba en el campo y mostraba las debilidades por las costuras cuando vestía de calle. Eso le buscó problemas con entrenadores más severos, como Emerson Leão, que se cansó de advertirle sobre sus amistades. Pero también lo disfrutó, como en aquel gol al Inter de Limeira en el campeonato paulista del 91. Con una verticalidad explosiva dejó atrás a seis defensas para facturar una de sus perlas más famosas. A esas alturas ya lo habían bautizado como Reizinho do Canindé (estadio de la Portuguesa) y había enamorado al entonces seleccionador, el crack del 82 Paulo Roberto Falcão, que lo hizo debutar en un superclásico contra Argentina en cancha de Vélez Sarsfield (3-3). Solo jugó un partido más de verde-amarelo, curiosamente también contra Argentina. Después ya no volvería a ser convocado en la etapa de Carlos Alberto Parreira. Quizás por demasiado díscolo, como observaba Leão o cualquiera que siguiera su carrera: “En la Portuguesa siempre fue muy mimado, se le daban más libertades que obligaciones. Por eso se hizo más grande cuando fue al Grémio de Porto Alegre, donde no tenía la superprotección de Canindé”, advierte Marcos Teixeira.


En 1993 efectivamente hubo de dejar su casa y se marchó a Porto Alegre. Lo esperaba un club y una hinchada exigentes. Se los ganó al instante, al liderar al Tricolor en el campeonato Gaúcho de ese año. Con el trofeo bajo el brazo volvió a la Portuguesa para jugar el Brasileirão, en el segundo semestre del año. En la efímera carrera de Dener este fue el momento de mayor madurez. Y también de brillantez, como demostró en otro de sus goles más celebrados, contra el Santos, en el que tocó todos los palos en una sola jugada. Empezó con su regate favorito, la caneta, el caño. Decía su madre que de pequeño, cada vez que hacía un caño miraba a la grada donde ella se sentaba y le echaba una sonrisa. Aquel día recibió un pase inofensivo, raso y al pie, en mediocampo. Control, pisadita orientada y giro con túnel al primer defensor. Y entonces, cambio de ritmo infernal. Lo perseguía el burlado y otro zaguero llamado Silva. Exhalando vapor, Dener llegó a la media luna.

Momento clave: cuando lo encimó el defensa, el crack le atizó con el brazo derecho en la cara y se lo sacó de encima para pisar dos veces más la bola, sortear al portero, tirarse al césped alto para empujar la bola a la red y ya gritar el gol a saltitos frente a su hinchada. Los jugadores del Santos, turulatos entre la exhibición y el mamporro al pobre Silva, ni protestaron al árbitro, Oscar Roberto Godoy, que también se frotaba los ojos. Años después Godoy confesaría: “Yo iba con el silbato en la boca, pero era un pecado parar esa jugada. En nombre del arte, ignoré la falta. Dejé pasar un gol que entró para la historia”. Justicia poética con sello de barrio. “Para mí la gran diferencia entre Neymar y Dener es la picardía. Si hacía falta meter el codo cuando le limaban los pies, lo metía. A Neymar no lo veo así, está claro que fue criado más en torno a la familia, Dener no tuvo esa suerte”, dice Luisinho. “Neymar fue educado para ser futbolista, Dener subió como pudo él solo”, concluye.


Dener transportaba el vértigo a su vida. Con su novia de siempre tuvo tres hijos, mientras crecían los ceros en su cuenta y sobre todo en la de la Portuguesa, que a finales del 93 volvía a facturar por él. Esta vez lo cedió al Vasco da Gama por seis meses por 600.000 dólares. A final de año se presentó en São Januario y los periodistas le preguntaron por la selección, pues su ascendente trayectoria lo pintaba de verde-amarelo pese a las reticencias de Parreira. A nadie se le escapaba que cumplir un buen primer semestre del año lo podría llevar al mundial de Estados Unidos: “Lo más importante es el Vasco, solo pienso en eso. La selección es solo consecuencia del trabajo que haces en el club”, recitó de memoria en su presentación.

Y entonces la descosió en el Vasco, metiendo al equipo en la final del campeonato Carioca. Para el hincha europeo quizás le suene a título menor, pero para los brasileños nada hay más apetitoso que ganar el campeonato estadual, plagado de clásicos que dan pie a la mayor de las rivalidades. En este caso, ganó la Taça Guanabara, una copa previa al cuadrangular final, frente a Fluminense, antes de que la muerte saliera al camino del artista. Antes, dejó perlas en los campos y en los micrófonos: “Yo creo que muchas veces un regate es más bonito que un gol”, aseguraba en una entrevista al inicio de 1994. Por aquel entonces Maradona jugaba en Newell’s Old Boys y el Vasco fue a jugar un amistoso en Rosario. Quedaron 0-0, pero efectivamente Dener demostró que no hace falta marcar gol para dejar asombrado a alguien, incluso a Maradona. “Hizo una jugada que dejó tumbado a medio equipo argentino y recuerdo a Diego preguntando por él, alucinado”, comenta Luisinho. El diario argentino Clarín dijo en la crónica de aquel partido que en la primera arrancada demostró “por qué su pase vale tres millones de dólares”.

Le faltó tiempo. De hecho, su curriculum es más bien enjuto: apenas 116 partidos en primera, 42 goles. Su compañero de delantera en el Vasco, el goleador Valdir, vuelve sobre la comparación con Neymar, más allá de las galopadas en eslalon y su abanico de recursos: “Ambos fueron estrellas en grandes equipos brasileños, pero Neymar saltó al Barcelona y Dener ya no tuvo oportunidad de nada”. Dice Valdir, igual que otros compañeros en Vasco, que en Río de Janeiro, lejos de su casa y amistades de São Paulo, Dener estaba más centrado. Que salía menos y entrenaba más y mejor. Pero algo ocurrió aquel fin de semana que se hizo acompañar por Otto Gomes Miranda, amigo de futbolistas como Romario y Edmundo y muerto años después en un tiroteo relacionado con el tráfico de drogas. “A mí me pareció raro que se fuera en coche a Río. Vino aquel domingo, yo acababa de entrenar y nos vimos en el parking de la Portuguesa. Me dijo que lo acababan de vender al Stuttgart. Pero mientras me hablaba, un tipo con los pies sobre el salpicadero le metía prisa para ise. Cuando vi marcharse el coche me quedé pensando por qué no iba en avión si entrenaba al día siguiente y me quedé en blanco, como si ya supiera que era la última vez que lo vería”, afirma su colega Tico.

Luisinho dice que “él estaba tan sensibilizado con su fama de indisciplinado que quiso llegar a primera hora a Río a entrenar y por eso vino en coche de noche”. Y así quedó, dormido como lo vio el propio Luisinho por la mañana en el coche siniestrado, inerte pero sin un rasguño, con su bigote ralo y sus canillas más finas que su regate. Se fue para siempre, pero aún hoy es reverenciado por cualquier brasileño devoto del fútbol. O sea, por los doscientos millones del país del fútbol. Incluido Neymar Junior.

*reportaje publicado en nuestro número 15. Este mes de abril se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Dener.