Eduardo Galeano y la prohibida aventura de la libertad

Le enseñó al mundo las venas abiertas de todo un continente para sostener que el fuego tiene memoria y que el presente se mira en los espejos del pasado. Arrojó a las bocas del tiempo pequeñas y grandes historias para demostrar que la realidad está patas arriba. Eduardo Galeano falleció en Montevideo un 13 de abril de 2015 a los 75 años.

*Luis Miguel Hinojal .- Pocos intelectuales han explicado con tanto compromiso y sentido crítico los vínculos entre la cultura, los símbolos de identidad y la memoria colectiva. El fútbol engloba esos elementos. Y para Galeano, la globalidad también es, en sus propias palabras: “Que te importe un pepino cuál es el país, el club o el jugador que me hace el inmenso favor y me da la limosna de una buena jugada. Yo soy un mendigo del buen fútbol, que va por los campos suplicando ‘una linda jugadita, por favor’… y además el fanatismo me parece una estupidez, en el deporte y en todo. Lo mejor que el mundo tiene es la cantidad de mundos que el mundo contiene. Y el fanatismo es enemigo de la diversidad. Y yo creo en la diversidad. Por suerte somos diversos, y no estamos condenados a elegir entre morirnos de hambre o morirnos de aburrimiento”. Esa reflexión es sólo una mínima parte del extraordinario legado literario, político y futbolístico de una figura que desde la palabra le otorgó al juego y a su entorno una nueva magnitud, en algún lugar del camino entre lo racional y la pasión. En 1968 publicó el libro “Su majestad el Fútbol”. Ya en el prólogo denuncia que “hay intelectuales que niegan los sentimientos que no son capaces de experimentar ni, en consecuencia de compartir”.


"Si el futbol estuvo alejado del pensamiento es porque los intelectuales nos dejaron solos", suele decir Jorge Valdano, a cuya consulta madrileña acudió su buen amigo uruguayo cuando hace más de un cuarto de siglo recopilaba material y testimonios para un libro que se convertiría en incunable. “Dios y el fútbol se parecen en la distancia que les tienen muchos intelectuales”, escribía Galeano en su celebérrima obra El fútbol a sol y sombra (Editorial Siglo XXI, 1995). Y nada volvió a ser lo mismo en el mundo de las letras futboleras.


Santiago Segurola, desde las páginas del diario Marca, coloca ese volumen en la estantería de las lecturas eternas: “Galeano, hincha irredento del Nacional de Montevideo, confirma la paradoja del fútbol: una pasión que cada aficionado vive de forma singular, pero que tiene otra particularidad aún mayor, pues todos los hinchas nos reconocemos en los otros, sea donde sea. El libro es maravilloso. Produce placer por divertido, ingenioso, erudito, pícaro, generoso y apasionado. Un minimalismo extraño recorre la obra. Nunca en menos espacio se han contado historias tan sabrosas. No hay sobreestilo, sino el estilazo de un gran escritor.”


Veinte años después de la publicación de ese divino regalo y tras muchos geniales escritos e intervenciones en todos los medios que difundían su bello mensaje, Galeano acaba de enfilar el túnel que lleva al vestuario de la eternidad. Triste, desolada y huérfana, su legión de admiradores desparramada por todo el mundo llora su pérdida mientras reivindica su obra. El expresidente uruguayo José Mújica, un luchador gigante de la misma altura moral que Galeano, con el que compartía pasión por la pelota, se conmovió ante el féretro del escritor, cubierto por una bandera uruguaya y otra de su querido club, Nacional de Montevideo: “Va a seguir viviendo entre nosotros, en su literatura, en su enfoque, en nuestra formación cultural y en lo que van a recoger las nuevas generaciones que seguramente no lo conocieron”.


NARRADOR DE URUGUAY
Nadie contó con la hondura de Galeano lo que significa el fútbol en su país, desde las gloriosas décadas de los años 20 y 30, pasando por el “Maracanazo” de 1950, hasta la edad moderna en el que los charrúas exportan masivamente a sus mejores talentos a las grandes ligas europeas: "Uruguay tiene dos milagros: el fútbol y la literatura. ¿Cómo puede ser que un país que tiene la población de un barrio de Buenos Aires o Sao Paulo haya ganado dos campeonatos olímpicos y dos mundiales? Es inexplicable". “Todos los bebés uruguayos nacen gritando gol. Y por eso las maternidades son tan ruidosas”. “La selección es un buen toro de lidia: Se crece en el castigo”, solía decir. Como cuando explicó aquella mano intencionada de Luis Suárez dentro del área ante Ghana con empate en el marcador. Suponía su expulsión y un penalti en contra en el último minuto de la prórroga de los cuartos de final del mundial 2010: “Fue un gesto de locura patriótica que la convirtió en la mejor atajada del Mundial. Fue un sacrificio por el país”. Un jugador ghanés falló la pena máxima. Y después, en la tanda de penaltis, Uruguay venció con un genial lanzamiento del “loco” Abreu. Un partido digno de cualquier fabulosa crónica de Galeano.


El seleccionador nacional Óscar Washington Tabárez adora la obra de su compatriota, que a su vez le reconocía su temple y su sentido ético para desterrar la idea de ganar como sea: “Pienso que el sentido del honor en el juego se está recuperando, desde el maestro Tabárez en adelante”, decía Galeano en El Gráfico en 1995. “Él marcó la frontera, impuso un juego limpio y empezó a cambiar la mala imagen que Uruguay se estaba haciendo. Pero hubo un período del fútbol uruguayo que a mí me parece vergonzoso: el de la divinización y la demagogia de la violencia. Todavía estamos metidos en eso porque buena parte de los doctores del fútbol sigue haciendo el elogio de la violencia”.


‘¿Por qué carajo te fuiste, Eduardo?’, titula emocionado diez años después en el diario argentino Página 12 el veterano cronista Diego Bonadeo, que compartió muchas conversaciones con el escritor uruguayo. “Querido Eduardo: no entiendo por qué carajo te fuiste, pero estarás entre nosotros en cada gambeta, en cada caño, en cada sombrero, para que no tengas, estés donde estés, que andar mangando "una jugadita por el amor de Dios". José Sámano tituló su impagable columna de honores en el El País como ‘Los más bellos goles en verso’. Y después de glosar algunas de las más deslumbrantes definiciones de Galeano sobre futbolistas de todos los tiempos, se lamentaba de que el fútbol no guardara “un minuto silencioso por su mejor juglar, un coplista único del balón impreso. Y perdone, maestro, que le haya tomado las palabras”.
También desde Madrid Vicente Romero, otro periodista mayúsculo que disfrutó de la complicidad de Galeano desde los años 70, recapitulaba en El Mundo sus encuentros en los que siempre había espacio para la charla futbolera: “Muchas veces, perros y fútbol le servían para evitar la charla sobre lo que escribía. ‘Gracias a ti he podido ver jugar a Di Stéfano’, me repetía como si me debiera un favor esencial por el DVD que le envié con la final de la Copa de Europa que el Madrid ganó (por 7-3, en 1960) al Eintracht de Frankfurt”.
Sus años de exilio en Cataluña, en Calella, le habían otorgado profundos conocimientos sobre el fútbol de este lado del Atlántico. En 2010 había sentido casi como propio el triunfo de la selección de Vicente Del Bosque en Sudáfrica. Un mundial que como todos, siguió por televisión en su casa de Montevideo, cerveza en mano, con un cartel en la puerta que rezaba: “Cerrado por fútbol”. “Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el fútbol ni en la vida. España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial. Casi un siglo esperando. El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su fútbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta. Él prueba que a veces, en el reino mágico del fútbol, la justicia existe”, escribió.


BILBAO
En España, un país que abrazó mucho más tarde que Sudamérica la pasión por la buena literatura deportiva, Galeano solía salir ovacionado en cada foro, en cada entrevista, en cada conferencia… Como en aquella memorable sesión del Thinking Football bilbaíno, una muestra de cultura futbolera organizada con toneladas de buen gusto por la Fundación Athletic Club cuya edición de 2012 clausuró Galeano con una apasionada lectura de varios pasajes de El Fútbol a sol y sombra. Como aquel en el que narraba el minuto de silencio con el que un estadio ecuatoriano presentaba sus respetos al árbitro del partido, que acababa de perder a su madre: “Acto seguido, un dirigente pronunció un discurso destacando la actitud del deportista ejemplar que iba a arbitrar el partido, cumpliendo con su deber en las más tristes circunstancias. Al centro de la cancha, cabizbajo, el hombre de negro recibió el cerrado aplauso del público. Adoum pestañeó, se pellizcó un brazo; no podía creer. ¿en qué país estaba? Mucho habían cambiado las cosas. Antes, la gente sólo se ocupaba del árbitro para gritarle hijo de puta. Y empezó el partido. A los quince minutos estalló el estadio: gol de Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de fuego y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días. ¡Huérfano de  puta!, rugieron las tribunas”.


El público bilbaíno levitaba. Al fin y al cabo Galeano, en cualquier escenario, siempre jugaba de local. Tres días antes había sido invitado a la final de Copa que disputaban el Barça de Guardiola y el Athletic de Bielsa en el Vicente Calderón. Promesa de gran fútbol entre los equipos de dos técnicos por los que el uruguayo sentía una gran admiración. Galder Reguera, uno de los responsables de la Fundación del club vasco, ejercía de anfitrión esa tarde a orillas del Manzanares: “Cuando lo vi acercarse a mí, de la mano de Helena, su mujer, me pellizqué el brazo. De alguna manera, se cerraba un círculo mágico en mi biografía que se abrió cuando por primera vez, tantos años antes, disfruté de El fútbol al sol y a la sombra en este mundo patas arriba. Sonreía como un niño. Me alargó su mano, que estreché con mi corazón. “Ustedes son su gente, son su pueblo”, afirmó antes incluso de las presentaciones. Después me pidió la bufanda rojiblanca que lucía en mi cuello y se la puso, orgulloso de ser uno más entre nosotros.
Mientras caminábamos hacia el estadio me confesó que había acudido a nuestra cita dispuesto a hinchar por los catalanes, pero que al ver Madrid teñida de rojiblanco su opinión había variado. ‘Me ganó su gente’, dijo, ‘pero no se lo diga a mis nietos en cualquier caso, pues en mi casa somos Messi’. Del partido recuerdo poco. Selectiva memoria la del hincha, siempre me sucede cuando perdemos. Pero no olvidaré jamás una cosa. Cuando sonó el tercer pitido del árbitro señalando el final, Eduardo Galeano, maestro, cogió mi mano en la suya y me susurró casi al oído: perdieron la copa, querido Galder, pero me ganaron a mí. En el Athletic Club guardaremos para siempre ese trofeo”.


ITALIA
Desde Italia, un país que Galeano adoraba por cultura, historia, carácter y posiblemente también por las contradicciones que le inspiraba su estilo de fútbol, dos plumas privilegiadas saludan al maestro: Gianni Miná, director de la revista literaria “atinoamerica e tutti i sud di mondo, recordaba en el periódico comunista Il Manifesto la fascinación que el ambiente de un estadio provocaba en ese uruguayo internacional: “Durante una de sus visitas a Italia se jugaba un Roma-Inter. Semifinal de copa en el Olímpico. Me pidió que le acompañase al estadio. Nos habían aconsejado marcharnos cinco minutos antes del final del partido para evitar un atasco asegurado. Pero la Roma vencía 2-1… Tuve que sufrir mucho para conseguir sacarlo de allí a pocos segundos del final”. Gianni Murá, el observador deportivo más sensible de la prensa italiana, afirma desde las páginas de La Repubblica que “Galeano soportaba mal a la gente de izquierdas que despreciaba el fútbol (en una evidente cercanía a Pasolini). Y junto a Osvaldo Soriano es la estrella en el cielo de los periodistas deportivos que no viven sólo del 4-3-3. Pero se sabía de memoria la alineación del Inter del Mago Hererra: Sarti, Burgnich, Facchetti… Me gusta imaginarlo como un vendedor ambulante de dignidad y esperanza”.


También en Argentina Galeano dejó cientos de afectos personales y miles de abrazos. Cruzaba el Río de la Plata y se movía por Buenos Aires como por cualquier apartado rincón del continente: Como si fuera su casa. Un tal Maradona le envió un mensaje póstumo a la altura de ambos mitos: "Gracias por enseñarme a leer el fútbol. Por luchar como un 5 en la mitad de la cancha y por meterle goles a los poderosos como un 10". Al fin y al cabo Galeano y Maradona fueron dos de los mejores jugadores de la historia, aunque el uruguayo confesaba que él “era un completo pata de palo. Fui el mejor jugador de mi país y del mundo, pero sólo en sueños, mientras dormía. Al despertar, la cruda realidad me decía que yo no podía llegar ni a la esquina, que por ese camino, no iba a llegar muy lejos”. Mascherano le contestó tras su fallecimiento: “Todos lo somos cuando dormimos. DEP Eduardo y gracias por la obra que nos dejas”.
Galeano interpretó como nadie que Maradona cargaría para siempre con la cruz de su propia leyenda. Y nadie resumió mejor aquel episodio del control antidopaje en el mundial 94: “Jugó, venció, meó, perdió”. Para añadir años después que “hay un placer enfermizo, feo, jodido, en derribar los ídolos que la propia gente ha creado. Maradona fue el más rebelde de los jugadores. Y era como un dios. De algún modo esa divinidad siguió siendo. Es un dios sucio. Sucio de barro humano. Se nos parece mucho. Es como nosotros: pecador, mentiroso, fanfarrón, mujeriego, le gusta el trago… con todos los defectos humanos imaginables. Porque es el más humano de los dioses y muchísima gente en el mundo se reconoce en él. Y pase lo que pase él va a seguir siendo querido y venerado. Los dioses no se jubilan”.
Cesar Luis Menotti destaca del uruguayo que “tenía una visión del fútbol como un lugar de expresión popular. Era un militante de un mundo mejor. Sobre todas las ideologías, defendió siempre lo popular, lo que está ligado a nosotros como hecho cultural. Y el fútbol evidentemente es un hecho cultural”. Extremadamente sensible a la belleza, su admiración por Messi le llevó incluso a inventar una teoría sobre la magia del barcelonista que ilustró en el diario La Nación en 2013: “Se la hice llegar a él a través del director técnico de la selección: así como Maradona lleva la pelota atada al pie, Messi lleva la pelota dentro del pie. Lo cual es un fenómeno físico, inverosímil. La frase le llegó. Y se ve que le gustó, porque me mandó una camiseta de regalo. Científicamente es imposible, ¡pero es la verdad!”.


En el mundial 2010 Fernando Signorini era el preparador físico de la selección argentina. Había sido muy crítico con el calendario futbolístico global marcado por intereses económicos y denunciado las preocupantes condiciones en las que los principales jugadores llegaban al torneo. El diario Página12 publicó un impagable cruce de correos electrónicos entre Galeano y Signorini con el permiso de ambos. Dos amigos. Dos almas contestatarias con el abuso de los poderes establecidos en el fútbol y en la vida. Galeano envió primero su mensaje, desenmascarando a los periodistas serviles que vertieron críticas sobre el trabajo de Signorini, al que responsabilizaban sin fundamento alguno de la baja condición física de algunos jugadores, con Messi a la cabeza: “Querido Fernando: te escribo con los muñones, porque en vísperas de la inauguración ya me he comido las uñas, los dedos y las manos. Quiero decirte lo que veo en los canales de fútbol, que los niembros y los niembritos (en alusión al periodista Fernando Niembro) están descargando sobre tu persona una avalancha de mentiras con la intención de descargarte encima la responsabilidad del fracaso de Messi, si es que tal desgracia ocurre, Dios no quiera ni el Diablo tampoco. Me permito sugerirte que hagas una aclaración pública sobre tus declaraciones…

No hay que dar entrevistas, porque el periodista puede ser amigo, pero el editor manipulará lo que digas de tal manera que terminás colaborando con la necesidad que el medio tiene de multiplicar sus ventas, y el resultado no tendrá nada que ver con lo que has dicho. Bueno, perdoná que me meta. Me dolió como si fuera conmigo. Vuelan abrazos. Eduardo”. Signorini le respondió: “El negocio que gira alrededor del fútbol es tan despiadado que no respeta siquiera elementales leyes biológicas que tienen que ver con la defensa de algo tan importante como es la salud de los deportistas. En su inhumana voracidad, le están apretando tanto el ‘gañote’ a la gallina de los huevos de oro, que terminarán por matarla. Mi concepto (y compromiso) con el deporte (y los deportistas) me obliga a seguir ‘haciendo ruido’ ante tanto silencio complaciente. Si no hubiera leído ‘Las venas abiertas de América Latina’ sería uno más de aquellos que ‘nunca hacen ruido al cerrar la puerta’. Defender mi dignidad es mi mejor homenaje a quienes, como usted, me han enseñado que un mundo mejor es todavía posible. Un apretado y cariñoso abrazo para usted y sus afectos.”
El 31 de marzo de 2015 Signorini envió otra misiva al escritor, prometiéndole “perseguir cada una de las utopías que se me crucen en el camino” e invitándole a presentar en Buenos Aires o en Montevideo el último libro del preparador argentino, que lleva por título mucho más que una declaración de intenciones: ‘Fútbol: llamado a la rebelión. La deshumanización del deporte’. Media hora más tarde Galeano contestó desde el otro lado del río: “Me alegra mucho...ando medio congestionado, ojalá se dé. Abrazo. Eduardo”. Apenas 13 días después Galeano fallecía en la capital uruguaya. Signorini ya tenía un ejemplar de su libro dedicado a un maestro que nunca pudo leerlo: "Para Eduardo: porque es un elocuente ejemplo de que, con tipos como él, la utopía del maravilloso mundo que anhelamos estará siempre a nuestro alcance".


FÚTBOL EN TV
Sostiene el formidable periodista Ezequiel Fernandez Moores que Galeano estuvo viendo fútbol hasta diez días antes de morir en la clínica de Montevideo en la que estaba internado, y que esa actividad le ayudó mucho en las horas finales. En su emotivo artículo ‘Galeano se fue de viaje’ en el diario bonaerense La Nación, Ezequiel recuerda muchos momentos compartidos, como la elaboración del excelente programa ‘Fútbol Pasión’ para la TV pública argentina en 2013: Una serie de trece capítulos en la que Galeano realizaba una bellísima introducción de cada tema con textos de su autoría, mientras que Ezequiel se encargaba de entrevistar con sosiego y profundidad a gente como Cruyff, Valdano, Ardiles, Carlos Alberto, Chilavert… La palabra inteligente y precisa siempre por encima de los efectos especiales, el griterío y la polémica banal. “En el programa reiteró su admiración eterna por Obdulio Varela El Negro Jefe. Pero también por el arquero brasileño Barbosa, el vencido. Siempre eligió los indignados a los indignos. Y recordó al Maracanazo del 50 como "la jodida tentación de dormir el sueño de la eterna nostalgia. Porque la nostalgia -decía- es más cómoda que la esperanza".
Como su colega Fernandez Moores, Ariel Scher es un periodista con visión panorámica y grandes dosis de compromiso social. Escriben por igual desde las tripas, el corazón y la cabeza. Desde 2014 Ariel mantiene con su hijo Ezequiel, también periodista, una original y rica experiencia comunicativa a través de la página de Facebook ‘Familia Mundial’. Utilizan el viejo género epistolar aplicado al universo digital para volcar sus impresiones sobre el fútbol y la vida. Así le explica Ariel a su hijo cuál es la verdadera dimensión de Galeano: “Hijito querido, tengo algo que decirte sobre un crack. (…) Feliz Galeano, gigante Galeano, generoso Galeano, que avisó, que sigue avisando: "Por suerte, todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad". "Prohibida aventura de la libertad". Ahí está, queda dicho. No, no: "queda dicho" es una expresión que no alcanza. "Prohibida aventura de la libertad" es mucho más. Queda dicho y de modo hermoso: por eso es que todos sabíamos que nos gustaba el fútbol y Galeano nos vino a explicar por qué. (…) Salud, maestro: lo abrazamos hasta el sol y hasta la sombra, hasta cada segundo de buen fútbol, hasta los fuegos de la memoria y de los sueños, hasta el gol y hasta la vida y, por supuesto, como le corresponde a un crack de todas las canchas, hasta la victoria siempre”.


También Ángel Cappa se une dolorido al homenaje colectivo: “A los 10 minutos de conocerlo, Eduardo te parecía un amigo de toda la vida, un tipo del barrio con quien podías hablar sin protocolos y sin acartonamientos. Hablaba de política y de fútbol con la misma pasión y la misma sencillez. Y era tan claro cuando explicaba una cuestión de injusticia social, como cuando exponía las razones estéticas de una pared bien tirada, o una gambeta asombrosa. Un día, en Buenos Aires, me citó en la librería El Ateneo, de la avenida Santa Fe, para hablar un rato y tomar un café. Yo soy muy puntual y llegué un poco antes de la hora acordada. Eduardo ya estaba en la mesa, esperándome. Me pareció que estaba muy triste, yo diría enojado. Y lo saludé con algo de precaución.
-Hola, Eduardo, qué tal, como te va.
-Mal, me contestó muy serio.
-¿Por qué?  ¿Qué pasa?
-¿No viste estos tipos, cómo se clasificaron y eliminaron al Barcelona?
Nos habíamos reunido unas horas después de aquél partido en el que el Inter de Mourinho había eliminado al Barcelona de Guardiola en la Copa de Europa de 2010, en una actuación realmente infame de los italianos. Eduardo estaba tan indignado como ante cualquier injusticia y estuvimos charlando casi todo el tiempo de lo miserable que resultan algunos triunfos y de la dignidad de ciertas derrotas”.
Fue Galeano un uruguayo universal que habitaba “en un país desangrado, que vende gente al exterior. Vende mano de obra y pie de obra”, como dijo en la Revista Un Caño. En su permanente combate contra la abusiva mercantilización del entorno del juego que acabó invadiendo el césped, habría sido curioso escuchar sus reacciones ante los recientes escándalos relacionados con la corrupción en la FIFA. No en vano Galeano mantenía que “la FIFA es el FMI del fútbol. Son como una dictadura. Con estructura monárquica. La monarquía más misteriosa del planeta, sus secretos fueron sellados con siete llaves. Y a Blatter no le creo ni cuando dice la verdad”.
En 1995, en una maravillosa charla en la revista El Gráfico explicó por qué acababa de escribir El Fútbol a sol y sombra: “Porque el fútbol es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad. La realidad es una señora muy loca, que habla de día y de noche también. Yo soy un escuchador de sus voces: quiero escuchar lo que ella cuenta para contárselo a los demás. Por eso me interesa la realidad que fue, la que es y la que será. Y el fútbol es una parte fundamental de la realidad. Siempre me pareció muy indignante que la historia oficial ignorara esa parte de la memoria colectiva que es el fútbol en países como los nuestros. Los libros de historia del siglo XX nunca lo mencionan, jamás, no existe; y ha sido fundamental para la gente de carne y hueso. ¿Cómo que no existe?”.
Una declaración de amor a la pelota, porque el sentido esencial del fútbol es ser una fiesta. “Fiesta de los pies que lo juegan y los ojos que lo miran”. En su maravilloso Libro de los abrazos Galeano gustaba de imaginar a los seres humanos vistos desde arriba como “un mar de fueguitos”. “Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca...se enciende”.
Detectaba esa energía intangible del ser humano, ya estuviera ausente, solitario o apretándose en la multitud de un graderío: “¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”.


Al fin y al cabo Galeano, que profesaba un singular ateísmo, mantenía algún tipo de contacto con quién sabe qué energías misteriosas, esotéricas o divinas del más allá. Hay pruebas de ello. Lo confesó. En 2010, durante una visita a Madrid, alguien le remitió por correo electrónico una invitación para acudir a un partido nocturno en el Bernabéu y aprovechó el mensaje para enviarle unas fotos un tanto desoladoras: La reforma del interior del estadio Maracaná, casi irreconocible en plenas obras de cara al Mundial 2014. “Me gusta pensar que por ahí, entre tanto escombro, están vagando los espíritus de Garrincha, Didí, Zizinho y compañía tirándoles caños a los conductores de las excavadoras y el de Obdulio Varela pegando algún grito de guerra, asustando a los obreros invasores y celebrando todavía el título del 50”, dijo el remitente. Galeano contestó como de costumbre: Amable y agradecido. Declinó la oferta futbolera por estar ya “con un pie en el estribo de vuelta a Montevideo y con mucha cosa que hacer allá”. Pero también adjuntaba una postdata susurrada, casi secreta: “Y gracias por esa imagen del Maracaná, pero no te preocupes… me consta que no hay quien pueda desalojar a los fantasmas que habitan los estadios.”

*este 13 de abril de 2015 se cumplen dos años de la muerte de Eduardo Galeano. Reproducimos íntegro el artículo de nuestro número 13.