El abrazo del alma

La historia de dos personas que se encontraron en un espacio tiempo y a quiénes la fotografía les hizo pasar a formar parte de la eternidad. La foto más famosa del Mundial de Argentina de 1978.

Texto Borja de Matías | Fotografía Ricardo Alfieri.- El Buenos Aires de los años treinta rezumaba alegría, esperanza, y ese toque melancólico que tienen las ciudades que han ido forjando su carácter a base de golpes de idiomas y costumbres. Son los años del tango, de las noches en el Palais de Glace, aquel salón de fiestas en el barrio de Recoleta que enmudeció para siempre cuando oyó cantar a Gardel una noche de verano, y del fútbol, que acogía su primer campeonato profesional a principios de 1931. Una urbe en pleno auge industrial, con una población creciente que había abandonado los campos tras la crisis sufrida a principios de la década, cuando cesaron las exportaciones y no quedó otra que buscarse la vida en la gran ciudad. En aquellos tiempos previos al peronismo, Buenos Aires era una ciudad bohemia y ruidosa, donde casi el treinta por ciento de la población hablaba italiano y los bares no tenían hora de cierre. Un escenario perfecto para los artistas.

Virtuosos como Ricardo Alfieri, que nació en el humilde barrio de Barracas, muy cerca de La Boca, el mismo lugar donde daría sus primeras patadas a un balón Alfredo Di Stefano, con quien compartiría mesa, mantel y amistad años más tarde. Su infancia, mientras esperaba el partido del domingo, le revelaría un gran amor por la fotografía, afición que terminaría encumbrándole como uno de los mejores fotoperiodistas del panorama nacional. Aficionado al deporte, practicó atletismo y baloncesto a nivel amateur, actividades que continuaría ejerciendo el resto de su vida. Su figura, esbelta y estilizada le daba un aire de galán de cine permitiéndole ser, en palabras de su hijo Ricardo, “un gran seductor”.

Alfieri comenzó trabajando en la imprenta de la editorial Atlántida, en el local que tenía entre las calles Azopardo y México, muy cerca de la Plaza de Mayo. Ahí, en el sótano, se inició como linotipista, una profesión hoy en desuso que consistía en formar, con placas de hierro, las diferentes palabras que formarían los textos que conformarían posteriormente cada una de las publicaciones. Un trabajo pesado, complejo, agotador y depende de quien y cómo lo cuente, mágico. Las horas en aquel viejo sótano nunca le frenaron las ganas de dedicarse a la fotografía, su gran pasión. “Cuando éramos pequeños siempre nos estaba haciendo fotos. Era su gran afición”, recuerda hoy su hijo Ricardo. Fue una mañana cuando entre botes de tinta y el ruido del traqueteo constante de las máquinas, vio un anuncio donde la empresa preguntaba a sus empleados si les apetecía cambiar de función dentro del organigrama ya que estaban buscando un nuevo fotógrafo. Quizá a alguien le interesaría. “No lo dudó y eso que significaba ganar mucho menos de lo que ganaba como linotipista. Estuvo un mes a prueba y quedó. Tenía unos cuarenta años”, recuerda su hijo. A mediados de los años cincuenta, y tras una larga etapa como linotipista, Rardo Alfieri pasó a formar parte de la nómina de fotógrafos de la editorial Atlántida, que por aquel entonces editaba catorce revistas de diferentes estilos: juegos infantiles, agricultura, ganadería, deportes, moda, y espectáculos. En 1962 cubriría en Chile su primer mundial de fútbol al que seguirían muchos más y una fría noche de junio de 1978, ya jubilado, dispararía una secuencia de cinco fotografías que cambiarían su vida y le haría mundialmente famoso. La vida de Victor Dell Aquila.

En 1962 cubriría en Chile su primer mundial de fútbol al que seguirían muchos más y una fría noche de junio de 1978, ya jubilado, dispararía una secuencia de cinco fotografías que cambiarían su vida y le haría mundialmente famoso. La vida de Victor Dell Aquila.

UNA VIDA DIFERENTE
El camino hasta Solano, un barrio del municipio de Quilmes, es complicado. Cuesta encontrar la dirección deseada entre caminos de arena y casas de chapa. Apenas hay indicaciones aunque todo empieza y termina en el centro, un punto neurálgico donde puedes encontrar desde televisores de quinta mano, a Iphone 5s con garantía. Una muestra de la bipolaridad que ofrece la Argentina de hoy día. El taxista se ha perdido y aunque las indicaciones de Víctor son precisas, las posibilidades de perderse son altas. Pasado un rato encontramos la dirección: un camino largo de tierra sin salida que termina en una casa de ladrillo visto, de esas que parecen construidas por uno mismo a trozos, como si el tiempo fuese el único elemento capaz de frenar el resultado final. Nos recibe Víctor con quien hemos hablado previamente por teléfono. Nos hace pasar a la casa disculpándose por el estado de la entrada después de una fuerte semana de lluvias que ha destrozado la pintura y el suelo. Llama la atención cómo se desenvuelve a pesar de que le faltan los dos brazos. Junto a él está su mujer, Gilda, con quien ha tenido dos hijos.

El mayor, Mariano, vive junto a ellos en una casita contigua bien acondicionada donde no falta de nada, ni siquiera juguetes para su hija recién nacida. Allí, junto a la mesa, nos sentamos a hablar y recordar su historia. “Yo siempre digo que el fútbol me salvó la vida. De pequeño me encantaba trepar por los árboles. Estaba todo el día saltando de un lugar a otro jugando. Un día, lo recuerdo perfectamente, me subí a un árbol que estaba cerca de la carretera, me resbalé y en la caída me sujeté en un poste eléctrico cayendo desde quince metros de altura. Me electrocuté y me tuvieron que amputar los dos brazos. Imagina el drama. Recuerdo que le dije al médico: ‘¿para qué me dejas vivir?’, y él me respondió ‘nene, le tienes que devolver la vida a tu madre’. Tenía doce años”. Los recuerdos se agolpan en la memoria de Víctor que siempre tiene presente la historia y está acostumbrado a contarla. Nos enseña algunos recuerdos del fútbol, de cuando iba cada domingo a la Bombonera a apoyar a Boca. “Ya me conocían todos y me dejaban entrar a la cancha. Me ponía detrás del banquillo y saltaba al campo. Tengo fotos con todos. Era mi vida, mi verdadera ilusión”

En el ambiente del fútbol, aquel joven sin brazos y pelo largo era tremendamente conocido. Un habitual del decorado de la Bombonera. “Estaba en todos sitios, salía en todas las fotos”, apunta el exjugador Alberto Tarantini desde su domicilio en la Recoleta. “Yo que jugaba en Boca, estaba acostumbrado a verlo cada domingo en la cancha. No sé cómo lo hacía pero siempre estaba en el túnel de vestuarios esperando a que saliéramos”. La crueldad de quedarse sin brazos a los 12 años nunca le venció y trató de llevar una vida normal como la de cualquier otro chico. “Aprendí a conducir con los hombros así (hace un gesto inclinándose hacía adelante), a utilizar los pies, a moverme de otro modo; a vivir sin brazos”. Cuenta Víctor que al poco tiempo de tener el accidente, a través de un pariente en Italia, surgió la posibilidad de ser intervenido para colocarle unas prótesis en los brazos.

“No dieron resultado y por ahí deben de estar tiradas”, apunta mientras nos indica con la mirada un galpón fuera de la casa. “¡Tienes que ver cómo juega al fútbol! ¡Y al ping-pong!”. Las palabras de Ricardo Alfieri sobre Víctor que en su día sorprendieron por inverosímiles, van perdiendo efecto al ver cómo se maneja por la casa cómo se mueve y cómo nos muestra todo lo que ha conseguido. Actualmente trabaja vendiendo cupones por el barrio realizando a la vez algunos trabajos de fontanería y albañilería. Cuenta que el barrio está muy mal, que ya no es lo que era y que la inseguridad ha terminado por emborronar todo.  Lo dice mientras sostiene la fotografía que le cambió la vida, el retrato de esos dos segundos que Ricardo Alfieri inmortalizó para siempre y que ahora forman parte de su recuerdo de vida. “Para Víctor, con cariño, mi mejor foto del Mundial 78”, reza la dedicatoria. Víctor no puede evitar mirarla una y otra vez. Es feliz.

LA FOTO
Tarantini siempre sostuvo que no sabían nada, que se enteraron después. El Pato Fillol, uno de los mejores porteros de la historia de Argentina, dice que en aquel momento ellos estaban tan concentrados en el torneo que ni siquiera intuyeron lo que el Gobierno militar estaba haciendo con miles de personas. Resulta complicado de entender sin haber vivido aquellos días pero casi todos coinciden en lo mismo: nadie sabía nada. Nadie podría pensar que mientras Argentina estaba saliendo campeona del mundo, a apenas 500 metros del Monumental, en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) se torturaba gente. Nadie. El Mundial del horror como lo calificaron tiempo después muchas publicaciones dejó en la final a Argentina después de haber hecho un torneo un tanto irregular, perdiendo un partido en la primera fase, obligándoles a jugar el resto de los encuentros en Rosario. Allí ganaron a Perú por cinco goles para pasar a la final en un partido donde varios jugadores peruanos denunciaron amenazas de muerte por parte de la junta militar. Aquel 25 de junio amaneció nublado sobre Buenos Aires. Hacía frío y Víctor cogió aquella chaqueta marrón de franela que le acompañaba siempre y puso rumbo al estadio. “No había ido a ningún partido del Mundial. No fui a Rosario, y tenía la esperanza de poder entrar en el Monumental, ya que conocía a un hombre de la puerta que solía hacerme entrar. Me coloqué en un lateral, abajo, muy cerca del foso. Ahí ví el partido, agachado. Había un ambiente espectacular”, recuerda.

“No había ido a ningún partido del Mundial. No fui a Rosario, y tenía la esperanza de poder entrar en el Monumental, ya que conocía a un hombre de la puerta que solía hacerme entrar. Me coloqué en un lateral, abajo, muy cerca del foso. Ahí ví el partido, agachado. Había un ambiente espectacular”

Más de setenta mil personas poblaban las gradas aquella tarde. El fervor popular inundaba todo y silenciaba el resto. El partido fue una sucesión de errores y aciertos que terminó en la prórroga después de que Kempes y Nanninga anotaran para uno y otro equipo. Ya en el tiempo añadido Kempes marcó de nuevo y Bertoni cerró el encuentro con el equipo holandés volcado. Fue ahí cuando Víctor lo tuvo claro. “Yo quería celebrar y pisar al campo. Aproveché la confusión para saltar el foso y burlar la seguridad que había. Recuerdo a los perros ladrando, pero no se escuchaba nada, imagínate, Argentina estaba a cuatro minutos de ser campeona del mundo. Cuando me di cuenta estaba en el césped. Aguanté ahí, cerca del córner de la portería de Fillol, esperando a que el árbitro pitase y rezando porque nadie me viera y me sacara de ahí. Quizá alguien me vio y no quiso hacer nada, no sé. El caso es que pitó el árbitro y eché a correr, a festejar, sin saber a donde iba”.


EL MOMENTO
Mientras el país enloquece, Fillol, portero de River Plate, se agacha en el suelo y entre lágrimas le da las gracias a la vida y al fútbol por ese momento tan mágico. Años después declararía que en ese momento vio al mismísimo Dios. Antes de que se levante aparece Tarantini a quien se le aflojan las piernas antes de desvanecerse sobre el césped. “Aún hoy no me explico cómo terminé en esa parte del campo. Yo estaba en el lateral y recuerdo que eché a correr gritando y llorando cuando me vi ahí, delante del Pato”. Los segundos que transcurrieron entre ese abrazo y la llegada de Víctor forman ya parte de la historia inmortalizados gracias a la Nikon Manual en blanco y negro de Ricardo Alfieri. Cinco disparos rápidos, instintivos, eternos que muestran a dos personas abrazándose mientras los imaginarios brazos de Víctor flambean en el aire buscando fundirse con ellos. Es como si la distancia que hay entre ellos fuese etérea, como si en cualquier momento la diapositiva fuese a cobrar vida y los brazos fuesen brazos de carne y hueso, no dos trozos de tela, como si la fuerza del momento pudiera permitir que ese abrazo lo fuera de verdad. Al día siguiente El Gráfico abrió su portada con la foto de Passarella recogiendo la Copa de Campeones.

Dentro, multitudes de instantáneas recordaban la hazaña del día anterior. Todas ellas mostrando la acción del juego, la carrera de Kempes después de marcar, la escayola de Van del Kerkhof y el ambiente de un Monumental repleto. No fue hasta pasados dos días, cuando revelando todo el material se dieron cuenta del hallazgo. “Nos dimos cuenta enseguida porque llamaba mucho la atención. Y fue entonces cuando salió el genio de Osvaldo Ardizzone, periodista de El Gráfico, para bautizarla como ‘El abrazo del alma’”, recuerda Ricardo Alfieri hijo. Con el paso del tiempo, la fotografía, que ganó el premio a la mejor foto del Mundial 1978 entre 4.000 participantes, se fue haciendo cada vez más famosa. “Calculamos que la fotografía habrá ganado más de ochenta premios internacionales”, recuerda Ricardo con el orgullo propio de quien vivió el momento. “Ahora es todo mucho más fácil. Mi padre iba a cubrir Mundiales y Copa América con treinta placas, que eran los vidrios que servían como negativos. Y con eso podía sacar únicamente tres fotos por partido. ¡Tres fotos! No tenías margen de error. Como él solía decir, ‘en cada clic se tiene que ir un trozo de alma’”.


EL LEGADO
Ricardo Alfieri fue un artista y su trabajo así lo atestigua. Multitud de fotografías que hoy pertenecen a la memoria colectiva llevan su firma. Era un hombre carismático, un gran bohemio que cuidaba todos los detalles como ese pañuelo amarillo que llevaba siempre atado al cuello a modo de cábala. Murió diez días después de que Brasil ganara la Copa del Mundo en Estados Unidos en 1994 y a su funeral acudieron numerosas personas del mundo del deporte. Para Víctor, el trayecto tampoco ha sido nada fácil. De vez en cuando alguien le recuerda su historia, aunque en su cabeza la imagen se repite con frecuencia. A sus mas de 60 años, hace tiempo que comprendió lo complicado que es salir adelante en esas circunstancias aunque eso nunca le ha privado de conseguir sus sueños. Sigue jugando al fútbol con sus amigos, y sigue vibrando y emocionándose cada vez que juegan Boca y la Selección, aunque ya no suele ir a la cancha.