'El baile del cangrejo', por Enrique Ballester

De un tiempo a esta parte, mi Hijo Número 3 se aburre después de chutar un par de veces. Ahora le dices 'vamos a hacer chuts' y contesta 'no, papá, léeme un libro'. Un libro, dice, el idiota. Quién se cree que es el niño este. ¿Bellerín? ¿Einstein?

Enrique Ballester.- A veces la vida te pone a prueba. Ando algo preocupado por mi Hijo Número 3. Su evolución vital está dibujando un camino inesperado. Parecía que sí, pero ahora parece que no. Pronto va a cumplir tres años y noto algo ciertamente doloroso. Noto lo peor. Noto que la llama del fútbol no prende en su interior.

Lo comparo con mi Hijo Número 2. A su edad, nuestra relación se basaba en una pelota. Yo se la tiraba y él me la devolvía. Él chutaba y yo paraba. Una relación sencilla y fructífera. Primitiva y algo elemental, quizá, pero feliz. Podíamos estar horas así. Podría y me gustaría ahora repetir el proceso, pero mi Hijo Número 3 tiene otros intereses. Más elevados, menos básicos. De un tiempo a esta parte, mi Hijo Número 3 se aburre después de chutar un par de veces. Ahora le dices 'vamos a hacer chuts' y contesta 'no, papá, léeme un libro'. Un libro, dice, el idiota. Quién se cree que es el niño este. ¿Bellerín? ¿Einstein?

Ilustración.- Gervasio Ciaravino

De momento, intento ser comprensivo. Le explico que nosotros no somos así, que no leemos libros. Que Dios le ha concedido el mismo don que concedió a su abuelo, a su padre y a su hermano mayor: ser zurdito. Y que ese don conlleva una responsabilidad. La responsabilidad de jugar al fútbol siempre que sea posible, sobre todo si eres niño. Sobre todo si yo soy tu padre.

De un tiempo a esta parte, mi Hijo Número 3 se aburre después de chutar un par de veces. Ahora le dices 'vamos a hacer chuts' y dice 'no, papá, léeme un libro'. Un libro, dice, el idiota. Quién se cree el niño este. ¿Bellerín? ¿Einstein?

Lo intento, y aún no me rindo, pero temo que un día el asunto sea irreversible. Su madre lo defiende, obvio: dice que es demasiado inteligente. Lo que me faltaba. Como si no tuviera ya bastantes problemas, ahora tengo que lidiar con un niño demasiado inteligente. Un niño demasiado inteligente no mete la pierna y mucho menos la cabeza. Un niño demasiado inteligente no deja que su personalidad se diluya en el colectivo, y menos aún por motivos irracionales. Un niño demasiado inteligente no condicionará jamás su vida por unos colores. Un niño demasiado inteligente nunca será un buen hincha, quiero decir, básicamente. Se preguntará demasiados porqués antes de que sea tarde.

Poco a poco, pues, lo voy a tener que asumir. No sé. Cada vez que camina por casa ignorando los balones que dejo colocados estratégicamente, siento que el niño me está diciendo algo. Cada vez que se marcha de la habitación cuando estamos viendo un partido de fútbol en la tele, algo entre nosotros se rompe. Las señales son trágicas y demasiado evidentes. 

Su madre lo defiende, obvio: dice que es demasiado inteligente. Lo que me faltaba. Como si no tuviera ya bastantes problemas, ahora tengo que lidiar con un niño demasiado inteligente. Un niño demasiado inteligente no mete la pierna y mucho menos la cabeza. 

Qué le vamos a hacer. Lo tendré que querer igual. Lo tendré que defender, incluso, en las malas y en las peores. Cuando vaya al colegio de los mayores, les prohíban jugar al fútbol en el patio y no se queje, y hasta le parezca eso correcto, democrático y razonable. Cuando pida a los Reyes Magos todos esos juegos que pedían los empollones, los que acababan en Nova (Mineronova, Astronova y cosas así). Cuando vaya con una lupa por la calle. Cuando se haga un fanático de las revistas de animales. Cuando sea politólogo, astronauta o algo semejante, lo tendré que querer igual porque el Hijo Número 3 es sangre de mi sangre.

Con todo, una parte de mí se resiste. Alguna noche pienso que quizá sea pronto para rendirme y aún estemos a tiempo del rescate. Este Mundial es una de mis últimas esperanzas para encauzarlo por el camino correcto. Solo necesito un clic, un chispazo, un momento. Un relámpago, nada más. Porque así funciona el enamoramiento. 

Pienso bastante en esto. Las banderas de los países del Mundial, quizá, puedan servir de anzuelo, pero la carta que tengo guardada, la que más optimismo me genera, se me ocurrió el día que me enseñó algo que había aprendido en el espacio de crianza respetuosa (no confundir con colegio). Había aprendido a bailar como un cangrejo y debo reconocer que mi Hijo Número 3 clava el baile del cangrejo. Entonces, si ahora le explico que después de marcar un gol los futbolistas pueden hacer bailes, incluido el del cangrejo, quizá el niño encuentre la motivación para chutar con su padre. Quizá, quién sabe, y ojalá, porque es la última bala. No quiero asustar, pero estamos en manos del baile del cangrejo.

Había aprendido a bailar como un cangrejo y debo reconocer que mi Hijo Número 3 clava el baile del cangrejo. Entonces, si ahora le explico que después de marcar un gol los futbolistas pueden hacer bailes, incluido el del cangrejo, quizá el niño encuentre la motivación para chutar con su padre. 

Deseadme suerte. 

*Lee el texto completo en la edición 57. Pídela aquí