El campus de verano

El periodista Enrique Ballester recuerda cuando sus padres le apuntaron a un campus de fútbol en vacaciones. El contacto telefónico con el exterior lo aprovechaba para enterarse de los fichajes estivales.

Ilustración Manu Callejón

*Texto Enrique Ballester.- Hay padres que no saben qué hacer con sus hijos durante el verano. Los míos me enviaron una vez a un campus de fútbol a los pies del Moncayo. Decenas de niños en un monasterio rotundo, en una estructura imponente de piedra maciza que devolvía con eco la cadencia de nuestros pasos. Estaba la montaña y lo verde, el silencio roto por las botas de tacos, los silbatos de los entrenadores, los campos de fútbol y el cielo raso y claro. No teníamos conexión a internet ni teléfono móvil. Entrenábamos mañanas y tardes con perturbador entusiasmo. Lo único que nos dejaban ver en la televisión era el Tour de Francia a la hora de la siesta y el descanso. Era aquel rincón montañoso el lugar perfecto para combatir el estrés, pero en 1996 yo tenía 13 años y no estaba estresado. Ahora, y no antes, es cuando me vendría bien un retiro en el Moncayo. Nuestra comunicación con el exterior se reducía a una llamada telefónica semanal a casa.

Yo gastaba la mía para obtener la información necesaria con la que agasajar luego a mis compañeros de literas sobre las novedades del mercado. Ya germinaba en mí la desgracia esta del periodismo deportivo. Nunca olvidaré el fichaje de Secretario. Mi madre me dijo que el Madrid había fichado a un portugués que había ido a la Eurocopa, pero no recordaba más datos. Yo tiré de entrada por lo alto. ¿Figo? ¿Rui Costa? Mi madre contestaba que no, y que no. Empecé a bajar el listón. ¿Sa Pinto? ¿Paulo Sousa? Y mi madre contestaba que no, que tampoco. Se me agotaba el tiempo máximo de llamada mientras repasaba mentalmente el álbum de cromos de Panini y mi madre rechazaba un nombre tras otro. Crecía en mí la angustia de un modo desorbitado porque no sacar el nombre significaba una noche de desvelo e incertidumbre en vano. A contrarreloj, al borde del llanto rabioso y totalmente desesperado, recurrí a lo más bajo. ¿Secretario? Mi madre soltó un grito: ¡Ese! ¡Secretario! Casi me da algo. Secretario. Asumí el impacto de la noticia, subí al dormitorio, conté lo del fichaje y no me creyó nadie. Cómo iba don Real Madrid a fichar a Secretario. Yo aún no termino de creérmelo, tampoco.

Mi madre me dijo que el Madrid había fichado a un portugués que había ido a la Eurocopa, pero no recordaba más datos. Yo tiré de entrada por lo alto. ¿Figo? ¿Rui Costa? Mi madre contestaba que no, y que no. Empecé a bajar el listón. ¿Sa Pinto? ¿Paulo Sousa? Y mi madre contestaba que no, que tampoco.

Al final dejé de insistir porque mis compañeros pensaban que me había trastornado. La verdad es que tenía lógica, no el fichaje de Secretario sino esa supuesta enajenación mía con tantos días de retiro y paz en el Moncayo, de encorsetado despertar adolescente, de metódico entrenamiento espartano. En el campus había mucho de técnica, de repetición autómata, algo de táctica y de método ufano. Era tan académico como la escuela, porque era eso, una escuela de verano. Y como en la escuela que conocí, medraba allí un punto nocivo de fabricación en serie, de moldear clones, de pasar por el aro. El fútbol que enseñaba esa academia era, por incompleto, un fútbol mellado. Ojalá un campus de fútbol que enseñe a perder tiempo en el córner, a simular que se te han subido los gemelos, a dar la brasa al árbitro ni mucho ni poco, a tirarte por balones que se van por la banda aunque sepas que no vas a llegar ni de coña, en pos del aplauso tribunero, a hacer aspavientos a la grada, a besar en la presentación el escudo de la camiseta, a señalar con el índice el balón cuando te piten una falta, y a levantarlo lo justo para decir que es la primera que haces si además te sacan tarjeta. El campus de la verdad y la crudeza.

Ojalá un campus de fútbol que enseñe a perder tiempo en el córner, a simular que se te han subido los gemelos, a dar la brasa al árbitro ni mucho ni poco, a tirarte por balones que se van por la banda aunque sepas que no vas a llegar ni de coña...

El campus del fútbol que después me he encontrado. Pero no estamos preparados para venderlo, ni en este ni en los próximos veranos. Ojalá cambie la moda, ojalá los padres que no saben qué hacer con sus hijos durante el verano dejen de enviarlos a Irlanda a aprender inglés, y empiecen a mandarlos a Uruguay a aprender a tirarse en el área, a aprender a pegar sin que se note. Aunque sea por probarlo. •

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