El Celta, a la reconquista de Vigo

El Celta está a un paso de hacer historia en Europa diez años después de su último descenso a Segunda. Una remontada iniciada con la llegada de Carlos Mouriño. El empresario explica su proyecto deportivo basado en la cantera e institucional con ambiciosos planes para que el equipo sea parte del crecimiento de la ciudad.

*Texto: Diego Fonseca Fotografía: Lino Escurís .- Cuando Carlos Mouriño asumió la presidencia del Celta en junio de 2006 no esperaba encontrar un descenso al final de una temporada en la que el equipo había participado en la UEFA. Tampoco este empresario nacido en Vigo en 1943 y emigrado a México en 1978 para hacer fortuna había pensado que hallaría los cajones de los despachos del club repletos de facturas sin pagar de la anterior presidencia. Mouriño compró el club en 2006 por cinco millones de euros a Horacio Gómez, en la presidencia desde 1995. Al tomar posesión descubrió que su predecesor había dejado una deuda oculta de 84 millones: “Empezamos a recibir reclamos y reclamos y reclamos de acreedores. Fue una gran decepción y otro problema más para el modelo que queríamos implantar”.

Una década después de aquel descenso, de aquel Celta no queda casi nada. El club terminó la última temporada con una deuda de 700.000 euros -el 0,83% del total con el que empezó- y empezó la actual temporada en 2016 con el mayor presupuesto de su historia: 66 millones. “Cuando hago balance es positivo pero sobre todo es optimista pensando en un futuro y en un proyecto para el Celta”, reflexiona el presidente. Aquel inicio aciago de 2006 todavía lo recuerda bien: la bajada a segunda división, con jugadores de la talla de Canobbio, Oubiña, Baiano o Gustavo López no solo fue dura en el terreno deportivo con la venta de sus mejores jugadores, sino también en el económico. “Hicimos un cambio grande que coincidió con el descenso y la gente no entendía que el proyecto necesitaba tiempo. Hasta que salimos adelante sufrimos mucha presión social. La propia afición y gente de Vigo que no era futbolera nos cuestionó mucho”, rememora.

Las ideas deportivas por las que apostaron se basaron en dar buen espectáculo y aumentar la presencia de canteranos. Es decir, planes de largo plazo. “Por entonces, nos preguntábamos quién querría venir al Celta, quién tenía coste cero o quién era el que menos cobraba. Así era difícil avanzar en nuestro proyecto, aunque íbamos dando pinceladas, quedándonos con algunos jugadores que daban forma al modelo”, cuenta Mouriño. Una de las decisiones más complicadas la tomó el presidente en junio de 2008 cuando se acogió a la ley concursal. Tres años después, un juzgado corroboró las denuncias de la nueva presidencia. Horacio Gómez y Alfredo Rodríguez, ex director general del Celta, fueron condenados a dos años de inhabilitación para administrar empresas tras quedar probadas sus irregularidades contables al frente del equipo entre 2002 y 2006.


El Celta había pasado, como Caixanova o Caixa Galicia -las dos cajas de ahorro gallegas-, por una gestión megalómana que le había creado una deuda multimillonaria. La diferencia, para el presidente, es que la crisis del Celta se produjo mucho antes que la bancaria, que se desató en 2008. “Para mí también fue difícil separar la administración del forofismo. Recuerdo estar en Balaídos y gritar, exigir y pedir, pero si eso lo trasladara a la presidencia, caería en el mismo error que los demás: hacer el mejor equipo, fichar a los mejores jugadores y endeudar al club. Siento que siempre tengo que estar con el Celta en el corazón, pero usar la cabeza”, dice Mouriño.

En esta coyuntura, la profesionalización de la cantera y la aparición de jugadores autóctonos fue clave. Hugo Mallo, que debutó en 2009 con el club que lo formó, recuerda la relevancia que tuvo el fútbol base para el equipo: “Cuando llegó Mouriño la cantera se empezó a trabajar más. Vinieron profesionales de todos los ámbitos, mucha gente especializada, desde entrenadores a psicólogos, pasando por masajistas o fisiólogos. Todos empezamos a creernos que A Madroa [el nombre que recibe el lugar en el que están los campos de entrenamiento] podía dar sus frutos”.

La aparición de jugadores de la casa como Iago Aspas, Hugo Mallo, Yoel Rodríguez, Sergio Álvarez o Roberto Lago, entre otros, supuso para el Celta un espaldarazo y la primera muestra de que el modelo podía funcionar. El momento que mejor ilustra la relevancia de la cantera, casi una alegoría de la salvación de la entidad, ocurrió el 7 de junio de 2009, en el antepenúltimo partido de la segunda temporada consecutiva del Celta en la categoría de plata. El equipo vigués, entonces entrando por Eusebio Sacristán, se midió al Alavés en casa. Si perdían, los gallegos se metían en puestos de descenso. En el minuto 60 saltó por primera vez al césped de Balaídos una joven promesa local de 21 años, Iago Aspas. El delantero metió los dos goles que le dieron al Celta la victoria por dos tantos a uno y aseguró la permanencia y la existencia del equipo. También su presencia en la primera plantilla y el cariño eterno de los celtistas. Aspas, ahora internacional absoluto con la selección española, sigue recordando aquella tarde como la que cambió su sino: “Me quedaría con muchos momentos, pero creo que aquel fue el más importante”.

La cantera que Mouriño encontró cuando se puso al frente de la entidad comenzó poco a poco a evolucionar. “Antes era penoso llegar a A Madroa y ver la forma en la que entrenaban los niños, cada uno con su camiseta, que se la tenían que llevar a casa, sin equipaje, sin disciplina… fue una labor de cambio muy grande”, explica el presidente. Lo más doloroso para él, confiesa, fue vender a algunos canteranos, como Joselu al Real Madrid o Denís Suárez al Mancheser City, para sanear los balances: “Lo hicimos con gran dolor de corazón, pero porque era imprescindible. Estábamos al máximo en una economía de guerra”.

El modelo Mouriño, que se fijaba mucho en aspectos del proyecto del Barcelona o del Villarreal, era nuevo. Ninguno de estos dos equipos, por ejemplo, tenía una deuda como la del Celta. Lograr la estabilidad fue un poco más sencillo a partir del verano de 2012, cuando el equipo regresó a la primera categoría del fútbol español tras cinco temporadas en Segunda. El Celta, que entonces todavía contaba con 18 millones de euros de deuda, que había sufrido una quita cercana a los 30 millones y que había usado dinero prestado por el propio presidente para hacer frente a los pagos más inmediatos, se garantizó el regreso a la élite unos ingresos televisivos seis veces mayores que los de segunda división. “No es lo mismo para este club recibir cinco millones por salir en la tele que 30”, dice Iago Aspas. La estabilidad en los banquillos —el famoso modelo inglés por el que apostaba la directiva— también fue una señal de que las cosas funcionaban: desde el ascenso de 2012, por el Celta han pasado cuatro entrenadores en las últimas cinco temporadas. El actual, Eduardo Toto Berizzo, va por su tercera campaña al frente del equipo tras clasificarlo para la Europa League el pasado año.



Fueron muchas las tardes de estas últimas ligas en las que el público de Balaídos entonó sus cánticos preferidos dedicados a Iago Aspas pero también al “fútbol de salón”. Coros que recuerdan que las goleadas antológicas, como el cuatro a uno de la temporada pasada al Barça o el cuatro a tres de esta, se hicieron en base al modelo que implantó el presidente. También los abonados representan el cambio del Celta: si en la tercera campaña en Segunda solo hubo 10.000, en esta son 22.000 los que han sacado el carné. Sin embargo, la estabilidad económica no era la única meta que trazó Mouriño cuando decidió liderar la entidad: “Siempre dijimos que no queríamos solo un equipo, y eso ya lo conseguimos. Lo que buscamos en Vigo es crear un club de fútbol, que pasa por tener instalaciones propias y no conformarnos con ver si cada semana ganamos, perdemos o empatamos”.

La carencia de infraestructuras es la principal preocupación que la directiva quiere revertir. El Celta solo tiene cuatro campos de entrenamiento en A Madroa: uno es para el primer equipo, otro para el segundo y los otros dos para el resto de categorías y escuelas del club. Iago Aspas, que también ha vestido la camiseta del Liverpool y del Sevilla, cree que al presidente “no le falta razón” cuando intenta conseguir una nueva ciudad deportiva: “Casi todos los equipos tienen más campos y para nosotros ha sido clave la cantera estos últimos años”. Ninguno de los intentos de Mouriño para lograr su construcción dio sus frutos. Todos los proyectos que probó se quedaron en nada. “Este último verano no hemos podido ni cambiar el césped porque no nos podíamos permitir tener solo tres campos disponibles para entrenar. ¿Quién nos puede exigir cantera con estas condiciones? Sin unas instalaciones dignas, con la cantidad de chicos que tenemos entrenando, el fútbol base del Celta volverá a empeorar”, opina el presidente.

El pasado febrero fue suspendido el partido de Liga frente al Real Madrid porque el estadio de Balaídos no resistió el temporal. El suceso reveló las carencias estructurales del recinto justo cuando el presidente eleva su presión al Ayuntamiento para comprar Balaídos o permitir una concesión que multiplique los ingresos de explotación.El club ofrece en torno a 35 millones de euros y terminar de pagar las obras de remodelación que comenzaron en los últimos años. “Queremos darle a la entidad arraigo en la ciudad, un proyecto de futuro y solidez. Esas tres cosas se logran con instalaciones propias que nos permitan competir dentro de unos años cuando los demás equipos, que ya tienen infraestructuras, eliminen su deuda. El estadio, además de proyecto de futuro y arraigo, nos daría unos ingresos, haciendo actividades y conciertos, que nos equipararía al resto de conjuntos que son como nosotros”, explica el presidente.

El Ayuntamiento de Vigo, liderado por Abel Caballero (PSOE), no ha dado muestras de querer vender el recinto al Celta. Si no lo hace, Mouriño ya ha dicho que existe la posibilidad de que su paquete accionarial termine en manos de un grupo chino que se ha interesado por el equipo gallego. Fue a principios de otoño cuando los directivos asiáticos estuvieron en Vigo: comieron en casa del presidente en una visita de cortesía y pasaron una oferta por escrito, depositando el dinero en un banco, para poder ver los balances del Celta. “Imagino que los estarán estudiando. Después vendrán y nos dirán cuál es la oferta y los plazos de pago, pero yo nunca entré a discutir la venta del Celta con nadie, aunque la opción existe porque tengo una edad y no me conformo con ver si el Celta gana o pierde cada domingo”, dice el presidente.


Si la directiva logra comprar Balaídos o construir la ciudad deportiva, Mouriño ya ha asegurado que seguirá al frente de la entidad. “El Celta solo quiere el estadio para jugar al fútbol y para explotar esa parte comercial que ayude con los gastos. El estadio Benito Villamarín se lo vendieron al Betis; los terrenos de La Peineta se los ha vendido al Atlético de Madrid un partido de izquierdas [Ahora Madrid], y también han autorizado al Real Madrid a ampliar su zona comercial en el Santiago Bernabéu. ¿Cómo competimos nosotros con eso? No estamos pidiendo que nos regalen nada, queremos comprar Balaídos para no competir en una desventaja total y eso lo tenemos que explicar bien a la gente”.

Con aún algo de temporada por delante, una nueva sede por estrenar en pleno centro de Vigo y el equipo todavía vivo en la Europa League, los celtistas aún no saben quién dirigirá al club que apoyan. “Por eso digo siempre que podemos estar muy orgullosos de cómo salió el Celta de la crisis, pero lo más difícil, darle al club las infraestructuras necesarias para crecer, todavía está en el aire”, dice el presidente. El tiempo aclarará si será Mouriño o no quien lo haga.

*texto publicado en nuestro número 20.