FÚTBOL RURAL EN EXTINCIÓN (Edición 55)
Juan Navarro.- Unos lunares negros sobre la hierba verde revelan que allí se derritieron las redes de la portería y que su plástico goteó hacia el suelo como las lágrimas de un cirio en este templo pagano del fútbol. El campo, ajeno a todo dogma de dimensiones y requisitos, parece una de esas imágenes viralizadas en redes sociales de dos porterías entre altísimas paredes rocosas en la abrupta Islandia pero se trata de Portilla de la Reina (León, 55 habitantes), rodeada por los solemnes Picos de Europa, de luto riguroso desde que el fuego arrasó el pueblo y que tardarán años en desprenderse del hollín.
El caos se desató en pleno 15 de agosto, fiestas patronales con un evento anual: la pachanga de fútbol. Ya no quedan jugadores durante los 12 meses y solo en San Roque, en honor del patrón y del balón, vuelve a circular la redonda en un escenario ahora tiznado por el desastre que primero se olió cuando venía por la cordillera y luego se sufrió cuando se cernió sobre la localidad. Las dos porterías resisten como estatuas rumbo a otro invierno más, quizá con varios palmos de nieve trepando sobre la cepa del poste y mordisqueando y oxidando el metal ya ajado que las compone. Los previsores vecinos habían colocado las redes, almacenadas todo el año, ansiando esa cita anual con hasta 200 personas en la grada, osease, los asientos naturales que la gris orografía rocosa regala con vistas al terreno de juego y donde las cáscaras de pipa se entremezclarían con la piedra y sus tatuajes en forma de líquenes. Las llamas lo cancelaron.
Las dos porterías resisten como estatuas rumbo a otro invierno más, quizá con varios palmos de nieve trepando sobre la cepa del poste y mordisqueando y oxidando el metal ya ajado que las compone.
Sorprende encontrarse con el apetecible pasto -literal y no metáfora importada del narrador sudamericano, pues allí pacen habitualmente cabras y ovejas- entre el lienzo azabache. ¿Cómo se libró la parcela entre las 20.000 hectáreas ardidas en la comarca? Jaime Pérez y Javier Compadre, de 27 y 24 años, comentan que antaño, mucho antes de nacer ellos, allí había una laguna que fue desecada y sobre ella se colocaron las porterías. De ahí esa humedad extra que salvaguardó el prado, amén de que el fuego prefiere cebarse sobre las contiguas escobas y yerbajos que superan el metro de altura que roer esa hierbecilla baja.
PORTERÍA» Las redes resistieron a las llamas. Foto. Juan Navarro
Alguien de Portilla había segado el campo para tenerlo preparado y contribuyó sin saberlo a que sobreviviera*. •
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