Cuando la selección compraba los balones en una tienda de deportes

Pocos saben que en el seno de una tienda madrileña de deportes se alteró la historia del fútbol español e internacional. En la cabeza inquieta de su fundador, Blas Pardo, bullían las ideas. Con osadía e inventiva, unidas a la romántica pasión de que carece la fría tecnología deportiva de hoy, fue dando forma al balón que actualmente se emplea en todas las competiciones del mundo.

José Manuel Ruiz.- ¿Y si la primera revolución del fútbol español hubiera tenido lugar lejos de los banquillos y de las pizarras técnicas? La realidad no dista mucho de esta terminante afirmación. Hablamos de Deportes Cóndor, situada en el número 22 de la calle Conde de Peñalver en Madrid, un espacio con hechuras retro y perfumado de historia, en cuyos mostradores se ha decantado la historia del deporte rey.

El fútbol de antaño tenía la ingenuidad del amateurismo, cierta primitiva rudeza y una roca por instrumento: el balón. Aquellos balones antiguos tenían condición de proyectiles. Eran de cuero, y el sistema de hinchado consistía en una goma interior con un pitorro que se doblaba y se ataba con una cuerda para evitar la salida del aire. Con una pieza de madera pulida se metía entre los bajos del balón y se cerraba con una correílla de cuero, en una especie de labor de costura, gracias al llamado “pasacintas” metálico. Uno de los inconvenientes era que el balón no era totalmente esférico y que el cordón de cuero podía lastimar a los jugadores. El abultamiento, además, lo hacía ingobernable y añadía incertidumbre al bote.

Los futbolistas de entonces no atesoraban en sus cabezas esos trepados de peluquería o las esculpidas crestas de fantasía que hoy abundan en las canchas. La cabeza era un arma de asedio, y los delanteros comparecían en la arena con la cabeza vendada, como pilotos mártires. La imagen mítica que ha perdurado de Pichichi, aquel sobrino de Unamuno que marcó el primer gol del Athletic en San Mamés, lo representa con un pañuelo con cuatro nudos en la mollera. También los defensas se descabezaban con aquellos esféricos: basta recordar la imagen mítica del defensa madridista Quincoces, con su eterno pañuelo blanco en la testa.

Aquellos balones de tiento, además de duros, ganaban peso en terrenos mojados, y la cinta de cuero con que se cerraban acuchillaba las frentes de los temerarios cabeceadores. Pero esa correa estaba destinada a desaparecer gracias al ingenio obstinado de Blas Pardo Ruiz.

Nuestro hombre nació en 1909 en Edesa de Montija (Burgos). Muy pronto se instalaría en el número 7 de la calle de Embajadores, donde su familia tenía un almacén de curtidos, recorriendo España con un billete “kilométrico” para vender material a guarnicionerías y talleres de toda la península. Muchas veces le compraban género por piedad, pues a sus clientes les conmovía ver a un crío de 16 años desempeñando tareas de representante. El almacén estaba junto al bar Pavón, del que Blas sería propietario durante un tiempo, en los difíciles años en que para abastecer de café a los clientes había que recurrir al estraperlo (allí formó un club de fútbol del que saldría el madridista Miguel Muñoz). El bar Pavón estaba ubicado bajo un gimnasio de boxeo donde Blas acudía a entrenarse. Su pasión por el fútbol hizo que se convirtiera en portero, llegando a defender en sus ratos libres la portería del Atlético de Madrid, junto a aquellos pioneros caballeros rojiblancos del Metropolitano. Se casó muy joven, y como por aquel entonces no se podía vivir del fútbol, lo abandonó y se dedicó de lleno a sus negocios. Eran los años preliminares a la guerra civil.

Blas abandona la calle Embajadores y decide montar su propia tienda en el número 15 de la calle Conde de Peñalver, en lo que era anteriormente una pescadería, de la que conservaría los mostradores, frente a la pastelería Biarritz, con cuyos dulces celebraron la inauguración, cruzando la calle a medida que vendían algo para abastecerse de pasteles. Más tarde, se mudaría unos portales más allá.

Se trataba de una tienda especializada en deportes y viajes. Aunando su pasión por el fútbol y su relación con el mundo de los curtidos, la inquietud que anima a Blas Pardo le lleva a descubrir algo que revolucionaría la práctica del fútbol: la válvula automática, registrada el 10 de mayo de 1950 con número de patente 192.930. Las pruebas habían comenzado dos años antes. En la posguerra, debido al aislamiento autárquico y a la II Guerra Mundial, cuyos esfuerzos bélicos acaparaban casi toda la producción, el caucho escaseaba en España: abundaban los talleres de recauchutado e incluso algunos fabricantes de neumáticos alertaban al automovilista para que se detuviera a menudo para enfriarlos, sin superar nunca los 40 kilómetros por hora. En estas condiciones de penuria, y mediante el sistema de ensayo y error, Blas empleó más de dos mil gomas hasta obtener la válvula perfecta sin pérdida.

Se interrogó por la posibilidad de cerrar un balón sin la molesta correílla. Para ello, estudió una pelota de mano de frontón y adaptó el sistema a los balones de fútbol. Una máquina hacía el troquel de los gajos, que había que coser del revés. En el último, se le daba la vuelta al balón con habilidad y se le metía la goma, se pegaba al orificio de la válvula y se cerraba el balón. El resultado era un balón totalmente redondo, sin prominencias, que facilitaba las condiciones de golpeo.

Los clubes de fútbol reconocieron de inmediato, con asombro, la excelencia del balón. Debido a los escasos medios económicos la patente sólo fue válida para España, pero en el exterior no tardaron en copiar el vanguardista sistema de fabricación. El de Blas Pardo será el balón arquetípico en el imaginario vintage, el mismo que se hizo rodar en las palestras brasileñas del Mundial del 50. El balón que Zarra empujó a la red, a pase de Gaínza, para batir a Williams en el imantado recinto de Maracaná. O aquel que crucificó a Barbosa, al que ya no abandonó la mortaja de lágrimas de un pueblo por el gol de Ghiggia en el cruento maracanazo.

Blas perfeccionó el cuero, que se curtía al cromo. Había que anegarlo en agua, estirarlo con procedimientos mecánicos y dejarlo reposar durante un tiempo para que cediese todo lo posible. Incluso inventó la “bomba atómica”, un sistema para impermeabilizar balones, con lacas que disolvía para impregnar el cuero y que este no absorbiera agua, un aspecto crítico en los embarrados estadios del norte. Ese sería el tipo de balón que adoptarían casi todas las ligas exteriores, que copiaban al importarlo. Desde entonces, y hasta la irrupción de las multinacionales, Cóndor proveería de material a la Real Federación Española de Fútbol y los clubes españoles siempre disputaban sus partidos domésticos con los balones de Cóndor. 

Pero sus vínculos con el mundo de la guarnicionería le empujaron a confeccionar a medida las botas de los jugadores en un taller propio. Su tienda era parada obligatoria para los equipos que visitaban la capital. Allí se fabricaron las botas de algunos de los mejores jugadores de la historia, cuyas hormas eran atesoradas cuidadosamente por Blas Pardo. Hasta el más mínimo detalle, como el problemático juanete de Irureta, era contemplado en su elaboración. La artesanía aún estaba lejos de ser sepultada por los diseños futuristas y los materiales sintéticos.

Las botas primitivas, hechas de cuero de ternera, tenían cierto tacón gracias a los tacos traseros, más altos. Pensadas para los campos duros o de tierra, los tacos consistían en “espais”, tacos alargados transversales hechos de cuero, que el utillero clavaba a la suela. Las punteras se reforzaban para golpear los duros balones de antaño. Luego los tacos fueron asemejándose a los actuales, dando paso a los de nylon o, posteriormente, los de plástico o metal. Pero Cóndor, que supo fabricar todos estos modelos, aún habría de involucrarse en otra transformación.

Blas Pardo asistió al primer partido de la gira que realizó por España a finales de 1946 y principios de 1947 San Lorenzo de Almagro, aquel deslumbrante cuadro que reunía al mítico ‘Terceto de Oro’ integrado por Farro, Pontoni y Martino, y que fascinó al mundo con su estilo preciosista. El 23 de diciembre, los cuervos se midieron en el Metropolitano al Atlético Aviación –en una de las últimas comparecencias rojiblancas bajo dicha nomenclatura militar– derrotando al líder del campeonato español por un contundente 1-4. Aquel partido hechizó a los aficionados españoles, que después vieron a los sanlorencistas endosarles 7 y 6 goles a la selección española en sendos partidos de la gira. El juego de los argentinos se apartaba radicalmente del encapotado y testicular fútbol español, atiborrado de pelotazos e inmerso de lleno en ese atropello vertical bautizado como “Furia española” desde la Olimpiada de Amberes. De aquella gloriosa gira quedaría el recuerdo del fútbol combinativo de San Lorenzo, y su preferencia por el golpeo con el empeine, sin punterazos, acariciando el balón con el interior. Blas reparó en que las botas de los argentinos eran de caña baja y puntera blanda, y decidió adoptar ese diseño para fabricar sus propios modelos de Cóndor. Las mejoras en cuanto a flexibilidad mecánica y libertad de los tobillos, amén del deslumbramiento por el juego técnico de los argentinos, cambiarían para siempre el modo de jugar en los estadios españoles.  ¿Primer vislumbre del tiquitaca? Ya saben a quién agradecérselo.

Y siempre, al fondo de todo, el amor de Blas Pardo por el Atlético, al que le unió un vínculo indestructible. Cada una de las gestas colchoneras, desde los 30 hasta los primeros años 80, está adornada por una camiseta de Cóndor. Las camisas de hilo con botones y puños de las Delanteras de Seda y Cristal, de Escudero a Ben Barek; las de Peiró y las de los Tres Puñales; en las galopadas del Ala Infernal; en los goles elegantes de Gárate o en la espina cenicienta de Heysel adherida al gol que Luis asestó a Sepp Maier. Incluso en retos como las peticiones de Marcel Domingo, aquel arquero arrogante del Atleti, y francés divino, que inauguró la estirpe de los porteros excéntricos, con sus inéditos jerseys de chillón amarillo. También ahí estuvo detrás Blas Pardo, aunque los sobrios Zamora e Iribar también se pusieron en manos de este sastre.

Cóndor siguió suministrando material a la Selección española hasta el Mundial del 78. A partir de ahí, las frías multinacionales irrumpen adulterando el alma del bello juego, pero el peso romántico de aquellos días ha hecho que los brazaletes de capitán de La Roja aún sigan siendo suministrados por ellos. Algo del entusiasmo de Blas Pardo ha quedado prendido para siempre en la historia del fútbol español. Su hijo y su nieto mantienen vivo el recuerdo.