El gran Inter de Milán

El derbi de Milán había dejado de ser un referente en los últimos tiempos. Sus dos equipos, lastrados por todo tipo de crisis, estaban lejos de ser dominadores en Italia y en Europa.  Tras la disputa de un gran último duelo, la esperanza ha vuelto con un Inter que quiere volver a ser grande tras ganar al Milan. El periodista Enric González nos relató en nuestra revista los mejores tiempos de la escuadra interista.

*Enric González.- La última semana de mayo de 1967 marcó el final de unos años gloriosos. Aquel equipo no podía aspirar a la supremacía histórica del fútbol italiano, algo que corresponderá siempre al malogrado Gran Torino de los 50, y tal vez fuera igualado, más tarde, por el Milan de Sacchi, Baresi y los holandeses. Pero el Gran Inter dictó la ley entre 1962 y 1967, un quinquenio de dulzura irrepetible para Italia: los años de Celentano, de Mina, de los Beatles traducidos al italiano, del “Fiat Cinquecento”, de los gobiernos democristianos más progresistas, del Concilio Vaticano II, del progreso económico fulgurante. El Gran Inter acabó con la era clásica, representada por el Real Madrid de Di Stefano, y cedió el testigo al Ajax de Cruyff, emblema de la modernidad.


Fue un equipo realmente grande. Tratándose de una institución tan caótica e impredecible
como el Inter, todo ocurrió por una cadena de casualidades. Angelo Moratti, que había hecho fortuna refinando petróleo, asumió la presidencia en 1955 y se dedicó a lo mismo que
su hijo  Massimo, el conocido presidente, hasta la “Champions” de 2010: derrochar dinero y contemplar derrotas. En 1960 hizo algo típicamente interista y contrató por una fortuna a un
entrenador bocazas, Helenio Herrera, que había triunfado en España y se autoproclamaba profeta del fútbol ofensivo. A partir de ese momento, las cosas empezaron a salir al revés. O
sea, bien. Así recordaba Gianni Brera, el mejor cronista deportivo de la época, la llegada de Helenio Herrera a Milán: “En cuanto pudo abrir la boca tronó contra el `catenaccio’, pero al
cabo de un mes puso un líbero; al año siguiente redescubrió a Burgnich y colocó a Picchi a las espaldas de Guarnieri; tras unas cuantas temporadas de victorias abrumadoras con un
juego calculador e incluso tacaño, sólidamente fundado sobre la defensa, Herrera salió por el mundo a predicar como propio el verbo pragmático del `catenaccio´a la italiana”.

Herrera salió por el mundo a predicar como propio el verbo pragmático del `catenaccio´a la italiana”


La defensa, clave del Gran Inter, se improvisó para salir del paso. En el lateral derecho estaba Tarsizio Burgnich, un tipo del que la Juventus prescindió por tosco y malencarado;
en el izquierdo se asentó Giacinto Facchetti, un antiguo `sprinter’ de atletismo que había probado fortuna como delantero centro; como líbero fue ensayado un lateral
mediocre, Armando Picchi; el “stopper”, Aristide Guarnieri, era otro lateral reconvertido y con una inquietante fobia a cometer faltas. Burgnich resultó el mejor marcador del continente (que le pregunten a Gento); Facchetti, un prodigio de velocidad, elegancia y capacidad goleadora; Picchi fue el modelo de Baresi, no hace falta decir más; a Guarnieri no se
le escapaba un balón. Con una defensa así, al “mago” Helenio Herrera, obsesionado con la preparación, la alimentación y las tácticas, se le ocurrió que el Inter debía jugar al contraataque. Para eso hacían falta un buen lanzador y un par de puntas veloces.
Herrera ya tenía un delantero rápido, Mariolino Corso, pero no le soportaba: el “zurdo de Dios” no atendía a tácticas ni disciplinas, y el “mago” intentó durante tres años consecutivos
que le echaran. También circulaba por ahí un chaval, Sandrino Mazzola, al que parecía pesar demasiado el apellido de su padre, el gran Valentino Mazzola, capitán del Gran Torino y fallecido, como el resto del equipo, en la tragedia de Superga.


En Italia, Sandrino venía a ser algo así como John John Kennedy, el niño desolado en el entierro del papá-presidente: todo el mundo le recordaba como el elemento más emotivo
de las ceremonias fúnebres posteriores a Superga. Ya crecido y convertido en un futbolista espigado, Sandrino suscitaba dudas. Y un cierto paternalismo de los contrarios: en un partido decisivo para el “scudetto” contra la Juventus, que el Inter jugó con los juveniles para protestar por las cacicadas turinesas, los juventinos (que ya ganaban 9-0)
hicieron a propósito un penalti para que lo lanzara y marcara el hijo de Valentino. Faltaba el hombre de los pases, el arquitecto del equipo, y Herrera convenció al presidente Moratti de que fichara al mejor: Luis Suárez, el interior del Barcelona que en 1960 había obtenido el Balón de Oro. Moratti pagó por él el traspaso más alto del fútbol mundial hasta la fecha, 250
millones de liras. Conviene precisar que esa suma, en dinero actual, rondaría los 200.000 euros. Eso valía entonces el centrocampista más brillante de Europa.

Faltaba el hombre de los pases, el arquitecto del equipo, y Herrera convenció al presidente Moratti de que fichara al mejor: Luis Suárez


Suárez, un gallego tímido y más bien callado, llegó a Milán hecho un manojo de nervios y obsesionado por justificar su precio. En su primer partido, contra el Atalanta, disparó a puerta 27 veces. Marcó un gol, sí, pero cabreó a sus compañeros por el aparente afán de protagonismo. Aquel Suárez silencioso e hiperactivo se parecía poco al que unas temporadas después, según cuenta Leo Turrini en su libro “Pazza Inter”, dio tres pases seguidos de gol, oro puro, al voluntarioso y torpe Domenghini. “¡Domingo!”, gritaba Suárez, y le ponía un balón de seda. Primer intento, primer fallo de Domenghini. “¡Domingo!” otra vez, y segundo balón fallado por Domenghini. Al tercer error, Suárez cambió el grito: “¡Domingo, vete a cagar!”. Para entonces, Luis ya era tan jefe como Picchi. Las piezas tardaron en encajar. Al final de la temporada 1961-1962, el presidente Moratti se hartó de la palabrería de Herrera y decidió despedirle. El sustituto, Edmondo Fabri, ya estaba apalabrado. Y Herrera se postuló como seleccionador de España. Pero ese verano Italia hizo muy mal papel en el
Mundial de Chile y Fabri fue nombrado seleccionador nacional. Moratti tuvo que quedarse con Herrera y con un brasileño que éste había comprado por su cuenta, un extremo derecho que vivía a la sombra de Garrincha y se llamaba Jair da Costa. Nadie en Europa había visto jugar al tal Jair. Así comenzó la época del Gran Inter. Esa temporada ganó el “scudetto”. La siguiente llegó a la final de la Copa de Europa, ante el mítico Real Madrid. Lo que
ocurrió el 27 de mayo de 1964 en el Prater de Viena fue histórico: el Inter ganó por 3 a 1 a un equipo considerado imbatible, con dos goles de Sandrino Mazzola y una superioridad abrumadora. Al año siguiente, otra vez la final, esta vez en San Siro y frente al Benfica de Eusebio: un gol de Jair valió la segunda copa orejuda. Entretanto, se había obtenido también la Copa Intercontinental en un dramático enfrentamiento contra el Independiente de Avellaneda: los argentinos ganaron la ida (1-0), los italianos la vuelta (2-0), y en el partido de desempate, en Madrid, bajo una lluvia tremenda, Corso marcó el único gol en la segunda parte de la prórroga.

También cayeron otros dos “scudetti” ligueros en 1965 y 1966. El Gran Inter jugaba con una enorme intensidad. Jair, Corso, Domenghini, Mazzola, Fachetti, se mataban a correr. De Suárez se exigía la perfección. Picchi ya pasaba de los 30, como Suárez. Se notaba fatiga bajo el talento. La temporada 1966-1967 parecía destinada a colmarse de triunfos, como las anteriores: el 25 de mayo, el Inter tenía que jugar la final de la Copa de Europa en Lisboa contra un equipo relativamente menor, el Celtic de Glasgow, y el 1 de junio le bastaba ganar al modesto Mantova para conseguir un nuevo título de Liga. Pero en la final de Lisboa no estuvo Luis Suárez, lesionado y sustituido por Bicicli: “Fue como sustituir a Leonardo da Vinci por un encalador”, escribió Leo Turrini. Los escoceses remontaron con dos goles el tanto inicial de Mazzola. Tras esa derrota había que acudir a Mantua, ya con Luis Suárez. El acontecimiento central del último encuentro de la temporada aún se discute, por incomprensible, entre los aficionados italianos. Al inicio de la segunda parte,
el sobrio portero interista, Giuliano Sarti, hizo algo extraordinario: atrapó un centro bastante inocente, lo controló y dejó caer el balón en el interior de la portería. Sarti estuvo varios minutos dando cabezazos contra el poste. Sus compañeros, dirigidos por un extenuado
Suárez, fueron incapaces de marcar. El “scudetto” cayó en manos de la Juventus.

En la final de Lisboa no estuvo Luis Suárez, lesionado y sustituido por Bicicli: “Fue como sustituir a Leonardo da Vinci por un encalador”


Así, con un error absurdo, terminó la era del Gran Inter y recomenzó la epopeya de la “pazza Inter”, el Inter loco que pierde de la forma más idiota y sólo gana cuando la victoria resulta claramente imposible. Aún hubo otra final de Copa de Europa, ya sin Suárez, ni Picchi, ni Herrera: la de 1972, en la que el Inter reconoció la supremacía
del fabuloso Ajax de Amsterdam.•

*artículo publicado en nuestro número dos.