Daniel Vázquez Sallés.- Hasta que cumplí los 7 años, el fútbol era el rumor de un gol en la distancia y el humo de los cigarrillos y el sonido del cristal de los vasos de los que habían vuelto del campo junto a mis padres, y se habían instalado en una sala de estar en la que las palabras ganaban en velocidad y las vocales iban perdiendo su redondez a cada trago de alcohol injerido. Hasta que cumplí los 7 años, el fútbol lo viví desde la cama de mi habitación del piso que mis padres tenían alquilado a una cuadra del Camp Nou. Con la ventana abierta, podía oír los goles cantados por los culés, o los silencios, cuando el resultado condenaba al equipo a un purgatorio dominical, o los silbidos, cuando el Barça bajaba a los infiernos de la derrota. En aquellos años del tardo franquismo, el fútbol se jugaba en domingo y a las cinco de la tarde. La vida tenía otro ritmo, y la luz era de un color insaturado, como lo eran los sueños de instaurar, por fin, una España democrática y, quizás, republicana.
El fútbol dejó de ser lejanía cuando llegó Johan Cruyff al FC Barcelona, aunque siguieron las tertulias a las que me fui incorporando poco a poco, y en riguroso silencio, con mi vaso colmado de una tónica Schweppes saturada de quinina para no ser menos, aunque sin permiso de borrachera de los mayores. No sé por qué razón, pero mis padres decidieron que a los 7 años ya podían llevarme al fútbol para que yo pudiera disfrutar de un jugador holandés que había llegado al Barça para recuperar los honores perdidos durante los aciagos años sesenta. Por sus victorias y sus favores a la patria, el NODO se había dedicado a dignificar las glorias del Real Madrid, cuyo himno cantaba estridente: Noble y bélico adalid, caballero del honor. ¡Hala Madrid!. Y con Johan Cruyff, todo cambió. Con el holandés en las filas del Barça, el fútbol volvió a los patios de las escuelas barcelonesas, e íbamos locos por encontrar en los sobres de los cromos que nos compraban nuestros padres en los quioscos la efigie del número 9, la del gran mariscal de campo que había conseguido sacar del centro psiquiátrico a una institución deprimida.*
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