El Loperismo, por Manuel Jabois

No sé cómo andará ahora, castigado supongo por la edad, pero en sus años de fama a Manuel Ruiz de Lopera le salían unos rasgos extremadamente andróginos, de hombre que se pasó a mujer pero dio la vuelta.

Manuel Jabois.- No sé cómo andará ahora, castigado supongo por la edad, pero en sus años de fama a Manuel Ruiz de Lopera le salían unos rasgos extremadamente andróginos, de hombre que se pasó a mujer pero dio la vuelta. Esa curiosidad pequeña en la mirada de Lopera y las inflexiones de su voz, que modulaba como si estuviese cosiendo, le convirtie- ron a mis ojos en un personaje indescifrable. Su primer acto de grandeza fue salir al paso de la afición bética a primeros de los 90, una década ciertamente horrible, para celebrar el ascenso: “Yo os entrego ahora un Betis libre, limpio y en Primera”, gritó como Lola Flores en la boda de su hija, un poco agobiado. Y a partir de ese instante fue en lo que se quedó: en una folclórica llena de números de predigistación, como cuando fichó a Denilson, que se dedicó a hacer el Robinho en la banda el día de su presentación y ya no le sacaron nunca de allí, independientemente de que hubiese o no partido. El problema de Lopera fue la exageración, como cualquier místico. Uno puede ser místico para sus adentros, pero Lopera iba con la mística por fuera como si estuviese saliendo de una visión. Veía más milagros que balones. Esos hombres son ciertamente peligrosos y el mejor lugar en el que pueden estar es en el fútbol, que es muy dado a religiones tribales.

El éxito de Lopera en el Betis se explica por dinero, pero también por su predicamento entre el aficionado sin civilizar que liga la suerte a su equipo y se rodea el cuello de ajos no se sabe si para evitar que el contrario marque o que le muerda Lopera, al que a veces sólo le faltaba capa. ¿Cómo si no un hombre en llanto fue a darle un bote de melocotones con las cenizas de su padre muerto para que se lo llevase Lopera, que podría ser perfectamente papable -papable del loperismo- al estadio? ¿Cómo no iba a ponerle Lopera su nombre al campo y a la ciudad deportiva si le faltó el canto de un duro para ponérselo directamente a todos sus jugadores? Lopera lo que pasa es que fue un producto del boom, aquel movimiento literario que tuvo en Gil y Gil un icono. Todavía recuerdan en Sevilla como un millonario iba a los bares personalmente a reclamar un alquiler. Era Lopera asomándose por el visillo o metiendo la nariz en la puerta, extendiendo la mano para que le diesen pesetas con las que comprarle un sombrero cordobés a Finidi o pagarle las fiestas a Benjamín, a quien fue a reprocharle el volumen de la música en pijama.

Ahora el Betis, que creo que anda en Primera, vive sin Lopera como si viviese sin el influjo de un dios ateo. No es un equipo almibarado porque hubo que vaciar la lata de melocotones para llenarla de ceniza, pero los vientos loperianos todavía azotan la Historia haciendo crujir el Villamarín. Fue una época sensacional de realismo mágico en la que cualquier cosa parecía posible, habiendo llegado Lopera a la presidencia. Lo vi hace poco saliendo de unos juzgados por algo relacionado con sus acciones. Mantiene en la cabeza unos pelos muy parecidos a los de Alfonso, a quien no me extrañaría que se los hubiese negociado en la cesión al Madrid, pero no sabemos cómo anda de verbo porque hace tiempo que no conferencia en público. Aquella extraña generación dejó más allá de Gil incrustaciones doradas en el diccionario. Cuando Caneda proclamaba que el Compostela renacería de sus cenizas “como el gato Félix”, Ruiz de Lopera, en una suerte de greguería cósmica, decía ser diabético: dos veces bético. ¡Asúcar!