El peor lugar más maravilloso del mundo

Maradona nunca habría nacido japonés. Así explica Argentina la genética de potrero de quien desplegó todo lo aprendido en Villa Fiorito, donde nada es fácil, ni siquiera jugar o comer todos los días.

Borja de Matías.- En Fiorito no suceden demasiadas cosas. A unos 30 kilómetros del centro de la ciudad de Buenos Aires, aparece un barrio que en el 2001 censó a unas 40.000 personas. Un barrio hoy famoso por alumbrar, hace más de 60 años, a Diego Armando Maradona, hijo de Don Chitoro y Doña Tota. Por lo demás, el panorama es bastante común: personas que esperan pacientemente en la parada el 9, que en algo más de 40 minutos te deja en el Obelisco, otras que caminan sin rumbo fijo: a la carnicería, a la plomería, al ciber que todavía queda abierto en el barrio y un riachuelo de chicos que salen de la escuela para asaltar, balón bajo el brazo, cualquier descampado en busca de sus sueños. Todos ellos conviven con la leyenda de Diego, hoy reflejada en una casa -ahora pintada de azul- que se pierde en su cotidianidad.

Según se dobla la esquina y se alcanzan a ver los característicos listones de madera –siempre desiguales, ahora roídos por el paso del tiempo- que componen la estructura de la puerta más desconocida e importante del mundo, viene a la mente aquella foto tomada en blanco y negro con el célebre pie de foto asegurando que “cuando llovía uno se mojaba más adentro que afuera”. 61 años después, la casa donde nació Diego Maradona sigue en pie, y uno, parado frente a ella, no puede dejar de mirarla: desde cerca, desde lejos, desde la esquina, o subiéndose incluso al portón del vecino con el único fin de encontrar el cómo. De tratar de buscarle explicación a cómo ahí, en esos doce metros cuadrados de cemento a punto de resquebrajarse, nació el –probablemente-, mejor jugador del Siglo XX.

PUERTA» Así lucía la casa de Maradona hace apenas cinco años. Foto. Borja de Matías.

Es un mediodía cualquiera de abril y estamos ahí, en Azamor y Mario Bravo, el cruce de dos calles que no llevan a ningún sitio en uno de los barrios más olvidados de la Capital. En ella habita un familiar de la mujer de Hugo Maradona, ‘El Turco’, uno de los hermanos menores de Diego, que nos pide 200 pesos por hacerle una foto a la casa por fuera. “Pasar dentro tiene otro precio”, señala. En el patio delantero se ven diferentes tipos de basura: chatarra, cartones, mierda apilada. Ahí nació Diego. Ahí vivió con sus seis hermanos. Es increíble. Es un milagro que de ahí saliera aquel tipo del Nápoles y el Barcelona. Ahora se entiende a aquellos que dicen que para entender a Diego hay que haber pisado alguna vez la tierra de Fiorito. Hay que verlo para entenderlo. “Dicen que Diego se ponía ahí –nuestro acompañante señala un extremo de la acera- y jugaba a meter la pelota entre los dos palos de la puerta y el alambre que los sostiene”. Miramos atontados, verificando la verosimilitud del ejercicio, a todas luces imposible.

Ahí nació Diego. Ahí vivió con sus seis hermanos. Es increíble. Es un milagro que de ahí saliera aquel tipo del Nápoles y el Barcelona. Ahora se entiende a aquellos que dicen que para entender a Diego hay que haber pisado alguna vez la tierra de Fiorito.

Hace un día espléndido y en un rato el Real Madrid jugará la ida de la semifinal de Champions ante el Manchester City, donde la estrella es Sergio Agüero, quien fuera yerno del 10. “No creo que nunca haya estado por aquí”, comenta.

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Algunas calles de Fiorito están asfaltadas –el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner habilitó un plan económico en 2007 con el fin de mejorar las infraestructuras en las villas miseria-, otras mantienen todavía esa tierra que es puro barro cada vez que llueve. A poco más de cinco minutos a pie se encuentra el famoso potrero. “Aquí es donde jugaban. Bah, donde jugaban todos. Salían de la escuela y se pasaban a llamar por las casas, uno por uno. ¿Sale fulanito a jugar? Y ahí se iban armando los equipos”, nos señala José, que sigue viviendo en el barrio y se encarga de la escuela de fútbol. Mientras charlamos, cinco chicos juegan en ese mismo potrero, hoy flanqueado por basuras de todo tipo. Ha estado lloviendo toda la semana y se han formado varios charcos. Ninguno tiene problema en mojarse. Juegan alegremente, sin inmutarse por la presencia de unos extraños que buscan pisadas de hace más de 55 años.


POTRERO» Donde forjó la zurda inmortal. Foto. Borja de Matías.

En frente hay un negocio de ruedas en cuya puerta conversan un par de personas. También hay un kiosko –en Argentina, lugar donde puedes encontrar de todo, excepto el periódico- y al lado, la casa de Goyo Carrizo, a quien vemos apoyado sobre la puerta. “Sigue viviendo en la misma casa, imagínate. No hace nada, no tiene trabajo. Habla solo con la gente del barrio y la relación con Diego es inexistente. Le han engañado con algunas entrevistas y bueno, no quiere saber nada de esas cosas”. Lo dejamos ahí, mirando hacia la tierra mojada soñando, quién sabe, con el tiempo retroceda a 1968 y Diego vaya a tocarle la puerta. “Goyo, ¿jugás?”. Quién sabe.

Las calles de Fiorito son interminables, muchas no tienen nombre, y conviene visitarlas con alguien que las conozca. El barrio, dicen, no es el que era antes, “lleno de gente humilde pero trabajadora”, y con la entrada en el milenio ha ido quedándose rezagada de la ciudad, aflorando la droga y la delincuencia. Cuenta, eso sí, con sentido de pertenencia: son muchos los que siguen viviendo en el barrio, peleando en él, luchando para que los chicos tengan un futuro mejor. Hay pobreza, se percibe casi a simple vista, pero también hay normalidad. Según cuenta Maradona en “Yo soy el Diego” (Ed.Planeta, 2000), nunca pasó hambre, aunque reconoce que a veces era su madre la que se quedaba sin comer para que lo hicieran él y sus hermanos.

 
FIORITO» Una de las calles del barrio de Maradona. Foto. Borja de Matías

No se guardan imágenes de Diego jugando en Fiorito. Sí se grabaron allí, en cambio, dos de los vídeos más célebres de su carrera. Uno de ellos data de 1971, cuando Diego, de 11 años, y que ya empezaba a ser conocido por hacer ‘jueguito’ en el descanso de los partidos de Argentinos Juniors, fue llevado al programa de Pipo Mancera, “Sábados Circulares”, uno de los más vistos en todo el país. Seguramente lo habrán visto. Es ese en el que un Diego pequeñito, sale, con el 10 a la espalda, dando toques de todo tipo al balón. En el otro, un Diego adolescente declaraba a cámara su sueño: “mi primer sueño es jugar en el Mundial, y el segundo ser campeón”. 

“Ese se filmó acá, mirá”, nuestro acompañante nos señala el costado de la vía del tren, donde fluye la vida en Fiorito. Ahí emerge un letrero con el nombre del barrio pintado en blanco sobre un fondo azul. Hace unos años, con motivo de una de las últimas visitas de Maradona al barrio, alguien tuvo la idea de colocar el rostro de Diego en lugar de la última ‘o’. Diego firmó la letra, y se hizo unas cuentas fotos. Al día siguiente alguien la había robado. A nadie le extrañó demasiado.

Hace unos años, con motivo de una de las últimas visitas de Maradona al barrio, alguien tuvo la idea de colocar el rostro de Diego en lugar de la última ‘o’. Diego firmó la letra, y se hizo unas cuentas fotos. Al día siguiente alguien la había robado. A nadie le extrañó demasiado.

La tarde va entrando en Fiorito y es hora de irse. Los coches contaminan la autopista dirección a la capital y la vuelta nos regalará seguro algún atasco. Dejamos atrás su casa, su escuela, sus calles y su gente con la sensación de que en Fiorito queda poco de Maradona, pero con la convicción de que en Maradona queda mucho –o casi todo- de Fiorito. •

*Artículo publicado en la edición 17 de Líbero con motivo del 30 aniversario del Mundial 86. Pide tu ejemplar de esta edición a domicilio aquí. Gracias