En dirección contraria

El periodista Pedro Zuazua explica en esta tribuna la sensación de desconexión que invade a una gran cantidad de aficionados al fútbol. En su caso es con su pasión por el Real Oviedo, que llegó a delirantes situaciones y ahora vive en un plano vital secundario. Aunque deja la puerta abierta. Hay esperanza.

Pedro Zuazua.- El pasado 31 de diciembre me di cuenta de lo alejado que me siento del fútbol, en general, y del Real Oviedo, en particular. Sucedió mientras desayunaba un maravilloso pincho de lomo en el Café de la Villa de Ribadesella, que es, por cierto, la cafetería en la que mejor se desayuna. De todo el mundo.

Justo cuando apuraba el último trago del café entraron varias personas vestidas con la camiseta del Oviedo. De primeras no me llamó mucho la atención; al fin y al cabo era la mañana de la Nochevieja, se celebra la San Silvestre… Pero cuando una de ellas se dirigió a un parroquiano y le dijo que iban para el Tartiere mis orejas se alzaron igual que las de un gato que escucha trinar a un pájaro. ¿A qué coño iban al Tartiere un 31 de diciembre? Pues a un partido de liga. Contra la Ponferradina, concretamente. Todo eso lo supe después de mirarlo en el móvil, claro.

«Llevo 34 años siendo socio del Real Oviedo. Lo he visto jugar en Primera, en Segunda, en Segunda B y en Tercera. Lloré el día en que el Génova nos eliminó de la UEFA, pero mucho más la noche de un sábado de junio en la que el Arteixo nos privó de un ascenso a Segunda B»

Fue una sensación extraña. Como si en ese instante culminara un proceso de distanciamiento que se había iniciado muchos años antes. No fue un camino corto. Tampoco sencillo. Por aportar un poco de contexto, llevo 34 años siendo socio del Real Oviedo. Lo he visto jugar en Primera, en Segunda, en Segunda B y en Tercera. Lloré el día en que el Génova nos eliminó de la UEFA, pero mucho más la noche de un sábado de junio en la que el Arteixo nos privó de un ascenso a Segunda B. “Espero que el día que me muera llores la mitad de lo que has llorado por el Oviedo”, me espetó mi madre a la mañana siguiente.

La semana previa a un partido importante (podía ser, perfectamente, uno de Tercera), me pasaba varias noches sin dormir. A veces, soñaba que lo habíamos ganado y, al despertar, me venía el bajón. Un poco parecido a cuando, de adolescente, soñaba que había besado a la chica que me gustaba y luego tocaba despertar.

Hice miles y miles de kilómetros para ver partidos que casi siempre terminaban en derrota. Incluso me crucé el Atlántico comprando un nuevo billete porque mi presencia en el partido de ida de un play-off de ascenso a Segunda B dependía en gran medida de la puntualidad de la aerolínea, y como nadie me podía asegurar nada, decidí comprar un nuevo pasaje y adelantar un día la vuelta de mis vacaciones. Siendo consejero del club, me metí en una iglesia de la calle Toledo de Madrid a rezar mientras jugábamos un partido en Canarias. Íbamos perdiendo 2 a 0. Cuando me senté -escuchando el partido por los cascos; es decir, rezando, pero tampoco tanto- marcamos un gol. Y claro, me tuve que quedar todo el partido allí. Al final perdimos.

Ahí, en mi etapa de consejero, empezó todo. Ya antes había dado claros síntomas de que a mí no me gustaba el fútbol, sino que solo me gustaba el Oviedo...

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