Felipe Pulici, un rara avis dentro de la Lazio de las pistolas

Tipos duros, armados y peligrosos. A la generación de futbolistas de la Lazio de Roma que ganó el primer título de liga de la historia del club se la señala hoy casi como una banda, un “grupo salvaje” ligado a las pistolas. Felipe Pulici era su portero. Un rara avis entre bandas violentas. Por desgracia, la Lazio sigue siendo hoy noticia por los actos racistas de sus ultras.

*Raúl Román Fotografía Informe Robinson.- La situación social en los llamados “anni di piombo” (años de plomo) de comienzos de la década de los 70 en Italia era de disloque: a la debilidad del Gobierno y de las fuerzas del orden le acompañaban atentados tanto de las Brigadas Rojas como de grupos de ultraderecha en connivencia con el propio Estado. Con la sangre como elemento decorativo en las calzadas de Roma, un manojo de futbolistas optó por mudar en una suerte de pistoleros de gafas de sol, camisa de cuello de pico y gesto severo. Tres cuartas partes de la plantilla de la Lazio portaban armas de fuego durante los viajes o por las noches en la ciudad, disparaban en las concentraciones y no rehuían la confrontación: con los hinchas de la Roma por las calles, con los rivales en el césped… Y entre ellos mismos en el vestuario.

Porque aunque la mayoría de aquellos entonces veinteañeros compartiera pasión por la pistola y querencia política por la derecha, ya fuera moderada o extrema (hubo quien, como Pasolini, los definió como fascistas), el grupo se fracturó en dos por la sobreabundancia de caracteres fuertes. De un lado, estaba el clan liderado por el excesivo y corpulento goleador Giorgio Chinaglia y el líbero Pino Wilson; los dos habían coincidido en el modesto Internapoli y compartían origen británico. De otro, el del incansable defensor izquierdo Luigi Martini junto al mediocampista Luciano Re Cecconi. Martini era menos exuberante que Chinaglia fuera del césped, más callado, pero amante de los códigos y la conducta firme. Casi todos los jugadores terminaron por adherirse a una u otra facción. Las “bandas” se vestían en su ciudad deportiva de Tor di Quinto en dos estancias separadas, se medían los tobillos de forma violentísima en los entrenamientos, y estaban cerca de pelearse cada jornada en el entretiempo o tras el pitido final. Pero durante los 90 minutos todos formaban un grupo compacto en azul cielo, tenaz y ávido de victoria. El técnico, el venerable Tommaso Maestrelli, logró no solo que aquellos chiflados jugaran como un equipo capaz de mover el balón con rapidez en ataque, sino que le respetasen y hasta le quisieran. Antes de que la tragedia asaltara al propio Tommaso y a algún jugador no muchos meses después, Maestrelli consiguió llevar al equipo líder y dependiendo de sí mismo a la penúltima jornada del curso 73/74. La Lazio sería campeona si ganaba en el Olímpico al Foggia, al que recibiría con su once titular, el que empezaba a recitarse con Felice Pulici en la meta

Casi todos los jugadores terminaron por adherirse a una u otra facción. Las “bandas” se vestían en su ciudad deportiva de Tor di Quinto

Lo que los jugadores de la Lazio que participaron en el partido más importante de la historia del club hasta entonces, en mayo de 1974, recuerdan de esa tarde, es la sensación de asfixia. Ni una ligera brisa aliviaba el calor romano. La sensación térmica iba a contribuir a la ansiedad de un equipo que jamás se había visto en situación semejante, a un paso de ganar el Scudetto. En el partido de toda una vida, a los tipos duros les iba a costar tragar saliva. Ese 12 de mayo fue un día histórico, de incertidumbre y radio en todo el país, y no solo para los aficionados al fútbol. Italia decidía en las urnas a través de un referéndum la aprobación de la ley del divorcio. Si Wilson, cercano a la Democracia Cristiana, se había mostrado contrario en una entrevista a un diario, a Martini o Chinaglia, simpatizantes ambos del neofascista Movimento Sociale de Giorgio Almirante, no les hacía falta pronunciarse para dejar clara su oposición. Se puede aventurar que pocos jugadores del plantel lazial eran entonces favorables al “sí”; Mario Frustaluppi, el director del mediocampo, socialista, o el central Giancarlo Oddi, del humilde barrio de Tufello, con mayoría de votantes comunistas, eran algunos de ellos. Pero horas antes del partido, en el interior del estadio, la preocupación entre aquellos hombres sobre si podrían o no divorciarse en el futuro ocupaba un espacio mínimo. El sonido estruendoso que llegaba al vestuario les subrayaba lo que se iban a jugar más tarde. El recinto retumbaba desde cuatro horas antes el inicio agitado por 80.000 personas, cuajado de banderas y bufandas biancocelesti. Emigrantes en Canadá, Australia o Brasil habían sacado billete de avión para vivir aquel día. Los pasillos de acceso intransitables y la atmósfera de locura eran garantía de desastre ante algún incidente que obligara al desalojo; aún hoy, el de aquel partido sigue siendo el récord de asistencia a cualquier acontecimiento deportivo en el estadio Olímpico.

Martini, con la camiseta del día título, era líder de la facción enemiga del portero Pulici, que posa (última foto) con la camiseta del día del título.

Cuando los jugadores asomaron la cabeza por el túnel para observar el ambiente sintieron que no podían defraudar a aquella gente. El último partido en casa. Era el día. Ningún compañero reparó en que en esas circunstancias su portero pudiera estar especialmente nervioso. Al menos, no más que cualquier guardameta ante un partido trascendente, en los que un error propio desbarata ilusiones y provoca lágrimas. Internacional en categorías inferiores italianas, de buena planta y a la vez ágil, Felice Pulici, firmado dos cursos antes del Novara, había jugado a sus 28 años una de las mejores temporadas de su vida. Natural de Sovico, 30 kilómetros al norte de Milán, su carácter estaba lejos del caliente modo de desenvolverse de los futbolistas romanos o del sur de Italia. Porque Pulici era rara avis en esa Lazio. Uno de los escasos universitarios del equipo, entonces ya estaba licenciado en Derecho. Católico practicante, asiduo a las misas dominicales del Padre Lisandrini, el capellán del club, en lo ideológico se definía de centro-derecha. En cuanto a las armas, jamás tocó ninguna. Le producían aversión. Hubiera sido entendible que tratara de mantenerse alejado de la división encontrada en el equipo a su llegada. O que hubiera congeniado con el grupo de Martini y Re Cecconi, ambos del norte de Italia y probablemente más afines a él en modo de ser. Pero Felice conectó con el grandullón de Giorgio. De Chinaglia le hacían gracia sus estallidos de ira, y le gustaba picarle con su presencia o no en la selección nacional. Admiraba además su forma de entregarse en el campo y le consideraba noble. Forjaron tanta amistad que, cuando Long John marchó al Cosmos neoyorquino dos años después en una especie de espantada, Chinaglia le escribió una carta con aroma a disculpa que Pulici todavía conserva.

En el vestuario que compartía con el grupo de Chinaglia y Wilson en la Ciudad Deportiva de Tor di Quinto, Pulici vivió un episodio de tensión disparatada ininteligible en cualquie otro equipo. Después de un entrenamiento en solitario de portero junto a Maestrelli, marchó a las duchas pensando que estaría solo. Allí se topó con Luigi Martini, al que su pelea con la calvicie había retrasado. El defensa trataba de reordenar su cabello con ayuda de un secador unido a la pared porque el que había en el otro vestuario andaba averiado. Felice, sin hablar a Luigi (los miembros de los dos bandos se dirigían la palabra nada más que lo necesario), entendió que el lateral izquierdo no debía estar allí: violaba un recinto sagrado. Después de unos instantes, procedió a desenchufar el secador; “te tienes que ir”, soltó sin mirar al otro, y continuó desvistiéndose. A Martini le costó un minuto comprender lo ocurrido. Agarró una botella de cristal que rompió contra una pared y se abalanzó sobre él. Al escuchar gritos, el entrenador Maestrelli y sus ayudantes entraron en la estancia, encontraron a Martini con la botella rota cerca del cuello de Felice, que trataba de sujetarlo. Tras reducirlo, se procedió a una charla con ambos juntos y por separado. Las aguas parecieron amansarse.

Aquel 12 de mayo, poco antes de las cuatro de la tarde, Pulici saltó al estadio Olímpico, de negro como siempre, junto a Martini, la calva tapada a duras penas con el pelo más largo de los costados, dispuestos a dar todo el uno por el otro y por sus nueve compañeros. Lo que Martini y el resto ignoraban al formar para la fotografía era la preocupación que atravesaba los pensamientos del portero, y que iba más allá de lo que se jugaría en la cancha. La familia de Felice vivía con él en Roma, pero su mujer se había trasladado a su Sovico natal para estar junto a sus padres porque se encontraba en avanzado estado de embarazo del segundo hijo de la pareja, el primer niño o la segunda niña; entonces, el sexo del bebé era algo que se desconocía hasta el momento del nacimiento. Como cada domingo, y aquella jornada más si cabe, Pulici había tratado de hablar por teléfono con ella, algo que era una especie de cábala y que contribuía a tranquilizarle. Pero, malditos tiempos de línea fija, le había sido imposible. Felice intentaba que los nervios no se apoderaran de él antes de un partido tan relevante, pero le costaba. Le ilusionaba de modo especial la idea de ser padre de un varón, pero ahora se imponía la inquietud por algún posible contratiempo. Nadie en casa de sus suegros había
respondido al aluvión de llamadas, que debió interrumpir al llegar al estadio. Rodó la esfera.

Luigi Martini

El público del Olímpico no paraba de gritar y el césped estaba perfecto. Pero las ocasiones no  llegaban. El sol calentaba inconmovible, la defensa del Foggia se cerraba. Y aunque todos sufrían, nadie en la grada sabía lo que pasaba por la mente del tipo de negro enmarcado entre tres palos, enjaulado en una doble angustia solitaria. Alerta, pendiente de ayudar con su trabajo para un desenlace feliz a lo que ocurría ante él, pero incapaz de influir sobre lo que pudiera estar pasando a 600 kilómetros de allí. Cuando, cero a cero en el descanso, el equipo (ahora todos juntos) se juramentaba para salir adelante, Pulici buscaba con la mirada algún gesto. Nada de parte de ningún empleado del club. Las piernas de todos tiemblan, la adrenalina se acelera, se escuchan gritos de ánimo. Felice resopla y regresa al campo. Las cosas iban a torcerse más cuando, a los cinco minutos, después de un cabezazo de un delantero rival en un salto, Martini cae al suelo y lanza un alarido. Está rota la clavícula y tiene que marcharse. La noticia, en lo personal, es casi trágica: el lateral tenía muchas opciones de estar en la lista del Mundial de Alemania que se jugaba ese año, como Wilson, Re Cecconi, Chinaglia (que serán convocados) o el propio Pulici (que quedará fuera). El defensa sale ovacionado y por su propio pie. El doctor Renato Ziaco, que le ayuda a sujetarse el brazo, regresa pronto al banquillo.

Muy poco más tarde, tendido en la enfermería mientras agarra su clavícula, Martini escucha un enorme grito, parece que alborozado, que procede del estadio. En ese momento solo le acompaña un masajista, Luigi Trippanera, que se aleja a preguntar. Regresa nervioso para explicarle que hay penalti a favor de la Lazio. “¿Te duele?”, pregunta. “A morir”, replica Martini como puede. “Tranquilo, no es nada. No te muevas,ahora vengo”. Solo, tumbado en un pequeño cuarto, un labio mordido, el tipo duro con el hueso roto sonríe cuando escucha un grito de gol. Antes de que le trasladen al hospital, Trippanera le confirma que Chinaglia ha transformado una rigurosa mano en el área rival.Aunque el atacante Garlaschelli será expulsado minutos más tarde, la Lazio, con un elemento menos, se las ingeniará para que no ocurra nada en lo que resta. Pulici siente la cercanía de la gloria, pero no es capaz de abstraerse de lo que le pueda ocurrir a su mujer. Sin necesidad de ninguna intervención exigente, pero en máxima tensión, se suceden los minutos más largos que se recuerdan para un portero hasta el silbido definitivo. Y llega la macroinvasión de campo de un público zambullido en el éxtasis de la primera liga. Desde la parte más alta del estadio los jugadores solo se entrevén por el azul claro del uniforme, casi imposible distinguirlos entre la marabunta de aficionados.

Entre lágrimas, celebra el título en la ducha, da gracias al cielo, y pide a los que salen del vestuario que le disculpen porque deberá ausentarse de la celebración.

Poco a poco, todos van perdiendo la maglia camino del vestuario. Todos menos uno: ya fuera por ir de negro o por correr como poseído en busca de noticias, Felice Pulici es el único jugador que llega al vestuario con el torso cubierto. Allí encuentra al responsable
del estadio Olímpico, que antes de que pregunte le saca de dudas: “Llamó tu suegra, todo bien, es un niño”. Ahora sí. Felice sabe que ese será el día más feliz de su vida. Entre lágrimas, celebra el título en la ducha, da gracias al cielo, y pide a los que salen del vestuario que le disculpen porque deberá ausentarse de la celebración. En las tripas del estadio Olímpico, un hombre emocionado saborea lo ocurrido mientras se viste. Es campeón de liga, tiene su esperado hijo varón. No falta mucho para las siete de la tarde. Su idea es conducir su auto durante casi cinco horas hasta el hospital de Milán en el que le esperan su mujer y su recién nacido. Pero al ponerse los calcetines, Felice repara en una inesperada ausencia: no están sus zapatos. Allí no queda ya casi nadie, ninguno de sus compañeros. Sin embargo, en el banco de al lado, un par de ellos más pequeños que los suyos parecen burlarse de él. Pulici adivina lo sucedido: los enfermeros que han marchado en ambulancia con Martini le han vestido como han podido, han recogido sus cosas, y han tomado sus zapatos confundidos con los de su compañero. ¿Cómo es posible?

Felice trata de introducir sus pies en el calzado de Martini. Tarea inútil. Vestido pero descalzo, con los zapatos del compañero en la mano, sale hacia fuera. Sabe que es
domingo, que la ciudad está colapsada y que todas las tiendas están cerradas. Mientras piensa en una solución, aún en la parte exterior del recinto del Olímpico, se cruza con otra
ambulancia y consigue detenerla. Imagina que su compañero ha sido trasladado casi con toda probabilidad al Hospital San Giacomo, y pide que le dirija allí al extrañado conductor de la ambulancia: “Por favor, no me pasa nada, yo le explico”. Como tantos compañeros de equipo, Pulici conoce la clínica donde trabaja el doctor Ziaco casi a la perfección. Un trayecto sorteando a coches que tocan el claxon, las gracias al improvisado taxista, y enfila la primera planta, hasta la sala de radiografía. Ha acertado. Al entreabrir la puerta, tumbado de espaldas, se aparece Luigi Martini, y con él su inevitable calva. A un lado, junto a una silla con ropa, un calzado sin duda muy grande para ese paciente. Complacido, el portero se agacha, e intercambia los zapatos de su compañero-enemigo por los de su pertenencia. Pero antes de marcharse, piensa algo. Pulici se adelanta y se dirige al camarada herido: “¿Cómo estás, Gigi?”. Martini, quizá aturdido por todo lo ocurrido o bajo los efectos de algún calmante, no se extraña de verle. Le explica que está feliz por el título, que seguramente sufre una fractura y que estará un tiempo de baja. “Gigi, verás que todo pasa rápido. Suerte y ánimo”. “Gracias, Felice”.

Al escuchar gritos, el entrenador Maestrelli y sus ayudantes entraron en la estancia, encontraron a Martini con la botella rota cerca del cuello de Felice, que trataba de sujetarlo

Más que satisfecho, cierra la puerta y se calza sus zapatos en una silla, con la idea de largarse de allí cuanto antes a por su auto. Al levantarse, observa que una figura conocida
avanza desde lejos hacia él por el pasillo. Es el doctor Ziaco, que parece exultante por el campeonato conseguido, y que con gestos le pide que no se mueva. Cuando llega a su lado, le pone la mano en el hombro. “Eres un buen tipo, Felice. El único que no está en la fiesta y ha venido a interesarse por la lesión de Luigi”. Pulici duda sobre si contar toda su historia, pero tiene prisa. Y con una enorme sonrisa, el feliz Felice suelta: “Doctor, en un momento como este, mi deber era estar aquí con mi compañero”. P.D. Felice Pulici y Luigi Martini fueron compañeros tres años más en la Lazio, hasta 1977, cuando el portero marchó al Monza. Martini se dedicó a los negocios y la política, llegando a ser diputado de la Alleanza Nazionale, hija del Movimento Sociale de Almirante. Amante de la aviación, practicó el paracaidismo y obtuvo la licencia de piloto. El abogado Pulici entrenó al equipo Primavera de la Lazio en 1983. También fue director general del club y directivo del mismo en distintos períodos entre 1994 y 2004. En uno de sus vuelos como dirigente de la Lazio con la compañía Alitalia, fue invitado a la cabina por una azafata. Allí se encontró con el comandante Martini, que le saludó de forma efusiva. Esa noche cenaron juntos y repasaron anécdotas. •

*Artículo publicado en nuestro número 18.