El fútbol en la Primera Guerra Mundial: 'Balones y granadas'

‘La gran final de la Copa europea: East Surrey contra los Bávaros’, escribió el capitán de 21 años Wilfred Nevill en su diario. La batalla decisiva de la Primera Guerra Mundial, de la que se celebra estos días el 100 aniversario del armisticio, se puso en marcha con el lanzamiento de cuatro balones que debían ser depositados en el objetivo de la ciudad de Montauban (Francia) en 1916.

Texto Alberto Cabello | Fotografía Surrey Infantry Museum.- Un millón y medio de granadas y cuatro balones de fútbol cayeron sobre el territorio controlado por las tropas alemanas en suelo francés en los primeros días de la Batalla del Somme en julio de 1916, el enfrentamiento decisivo de la Primera Guerra Mundial y, sin duda, el más costoso en bajas. Si los explosivos ablandaron la resistencia enemiga antes de la ofensiva franco-británica en los alrededores de la villa de Montauban, las pelotas de cuero envalentonaron el ánimo de los jóvenes soldados que estaban dispuestos a enfrentarse a la muerte sin defensa ni portero. Horadada media Europa por kilómetros y kilómetros de trincheras después de dos años de conflicto, el bando aliado decidió salir de su agujero y organizar un gran ataque a lo largo de todo el frente controlado por las tropas alemanas: rusos, por el este, y franceses y británicos, por el oeste, planearon su día D con varios meses de antelación.

El capitán del 8º Batallón del Regimiento de East Surrey, Wilfred Nevill, barruntaba ya desde la primavera que antes de que acabara el verano tendría que ponerse al frente de sus hombres para romper la línea de defensa enemiga. El joven militar de 21 años debía encontrar la manera de que su tropa, tanto o más joven que él, cargara con todo su brío contra las fuerzas del Kaiser sin amedrentarse al caer en la cuenta de las escasas probabilidades de salir vivo de aquel laberinto de alambradas y agujeros. A pesar de la tormenta de la artillería francesa durante las horas previas al ataque, la tropa era consciente de que a algo más de una milla le esperaba el infierno. Nevill imaginó el campo de batalla como uno de fútbol y a sus soldados como el equipo obligado a atacar para marcar gol en campo contrario. Así, en su petate de camino a Francia, el capitán guardó los cuatro balones de cuero que se convertirían en la señal para iniciar el avance de su batallón. No era la primera vez que el once contra once intervenía en la Primera Guerra Mundial.

Nevill imaginó el campo de batalla como uno de fútbol y a sus soldados como el equipo obligado a atacar para marcar gol en campo contrario.

En diciembre de 1914, soldados británicos y alemanes, atrincherados en Bélgica, celebraron las fiestas navideñas con una tregua, que incluía partidos entre ambos bandos en tierra de nadie. El estallido del conflicto no detuvo la temporada de liga de 1914/15 en Inglaterra. Los jugadores profesionales estaban obligados a cumplir sus contratos con los clubs y no podían ser llamados a filas, a no ser que la directiva concediera un permiso. El futbolista era un apetitoso recluta y sir Arthur Conan Doyle hizo una proclama para su alistamiento: “Hubo tiempo para juegos, para los negocios y para la vida doméstica. Pero ahora sólo es tiempo de una cosa, y es la guerra. Si un futbolista es fuerte, déjale servir y marchar al campo de batalla”. Los miembros del Comité de Reclutamiento aprovechaban los descansos de los partidos para intentar convencer a los deportistas. Gracias a este método, y después de una visita al estadio de Upton Park, consiguieron el sí del portero del West Ham, Joe Webster. Se incorporó a uno de los batallones del Regimiento de Middelsex, que fue conocido como el de los futbolistas, dado el gran número de profesionales con el que contaba.

Los miembros del Comité de Reclutamiento aprovechaban los descansos de los partidos para intentar convencer a los deportistas. 

Dieciséis jugadores de la primera plantilla del Hearts of Midlothian escocés se presentaron voluntarios en la Armada Británica y durante meses compaginaron los entrenamientos del equipo con la formación militar. Con sólo una derrota en los primeros dieciséis partidos de liga, el cansancio terminó por pasar factura y el título fue a parar al Celtic de Glasgow. Sólo en las primeras 24 horas murieron 20.000 británicos en el Somme, entre ellos los futbolistas del Hearts Harry Wattie, Duncan Currie y Ernie Ellis. Donald Bell, del Newcastle, fue condecorado con la Cruz Victoriana por su valentía en combate, aunque tampoco sobrevivió al horror del Somme.

WILFRED NEVILLE Era un oficial vinculado al Regimiento de Surrey del Este en la Primera Guerra Mundial.

Horas antes del inicio del combate, Nevill reveló el plan a sus hombres: repartiría los balones entre sus cuatro pelotones y cada uno tendría la misión de llevarlo hasta campo enemigo hasta marcar un hipotético gol en Montauban. “La Gran Final de la Copa Europea: East Surrey contra los Bávaros”, escribió el capitán en uno de ellos. En otra el mensaje era “sin árbitros”. A las 7.27 de la mañana del 1 de julio de 1916, Wilfred Nevill salió de su trinchera y dio la señal para iniciar el avance pateando la pelota en dirección a las alambradas alemanas.

Llegó hasta tierra de nadie con una granada en la mano y cuando se puso a tiro de los rifles enemigos fue alcanzado por un disparo en la cabeza muriendo en el acto. Bobby Soames, otro de los encargados de golpear uno de los balones, tampoco sobrevivió. Murió el capitán, pero sus soldados consiguieron llevar la pelota hasta la portería alemana. Todos los objetivos que se habían propuesto en el sector en el que combatió el Regimiento de East Surrey fueron tomados e incluso se avanzó más de lo previsto al sur del río Somme. “En medio de la masacre nuestros camaradas valientes caen donde la sangre corre como el agua.

Bobby Soames, otro de los encargados de golpear uno de los balones, tampoco sobrevivió. Murió el capitán, pero sus soldados consiguieron llevar la pelota hasta la portería alemana

Conducen el balón, para ellos el miedo a la muerte es una expresión vacía. Fieles a la tierra que los parió los de East Surrey jugaron el partido”. El ‘Daily Mail’ dedicó este poema a esta hazaña de sus soldados. Existen pruebas materiales de la ocurrencia del capitán de East Surrey puesto que los supervivientes del combate se afanaron en encontrar los balones que los batallones habían lanzado hacia los dominios alemanes y hoy se conservan en dos museos británicos. Un tercero se encuentra en una taberna francesa, en las proximidades del lugar de los hechos. •

VÍDEO Peter Shilton, el internacional inglés con mayor número de partidos con la selección (125), recuerda la figura de Nevill en el homenaje a los caídos por la Primera Guerra Mundial.