Guardiola, una revolución dentro del Brexit

La temporada del City confirmó que el impacto del entrenador catalán en el fútbol inglés ha removido los cimientos más endogámicos de la Premier. El periodista Luis Miguel Hinojal, experto en fútbol internacional, analiza las claves del éxito.

Ilustración Artur Galocha

Luis Miguel Hinojal.- Noel Gallagher, el célebre vocalista de Oasis, es un tipo pasional cuyo instinto se activa de inmediato cuando está cerca de otro espíritu creativo. Tan ferviente hincha del Manchester City como encantado de haberse conocido, Gallagher fue uno de los primeros privilegiados en sentarse cara a cara con Pep Guardiola cuando el técnico catalán aterrizó en Manchester en el verano de 2016. El músico fue el elegido para realizar la primera entrevista con el entrenador para los medios oficiales del club. Gallagher acabó reprochando a Guardiola ciertos gustos musicales del flamante fichaje citizen, como James Blunt, pero el músico también hizo preguntas inteligentes y puso en alerta las convicciones más profundas de Guardiola cuando le interpeló sobre si tenía ideas preconcebidas sobre el fútbol inglés. “Ninguna”, contestó el preparador. “No sé nada de aquí y tengo que aprender todo lo que pueda. Dicen que la forma en la que juegan mis equipos no va a poder tener éxito en la Premier y yo me pregunto por qué no. Siempre he sido capaz de moldear a los jugadores y eso pasará aquí también.

Al final nuestro trabajo consiste en convencer a los chicos de que esta es la mejor forma de cruzar la calle. Los títulos están bien. Levantas el trofeo y… ¿al día siguiente, qué? Creo que el proceso se basa en estar cómodos trabajando con los chicos. Seré feliz cuando en mi relación con ellos decidamos jugar de esa forma y la cosa funcione”. Tres años después Inglaterra, la cuna del fútbol, se rinde ante la mayor revolución futbolística que ha experimentado en siglo y medio de historia. El fútbol inglés ha sido durante muchas décadas un orgulloso reducto endogámico que miraba con desdén cualquier influencia externa que pudiera amenazar su estilo, sus costumbres y una identidad histórica tatuada a fuego en el cerebro de directivos, técnicos, jugadores y aficionados. Los primeros jugadores foráneos que desembarcaron en la liga inglesa a finales de los años 70 eran conscientes de que su nueva aventura era casi un viaje en el tiempo a la prehistoria. Fueron pioneros abriendo horizontes en un país acostumbrado a mirarse demasiado el ombligo.

Los primeros jugadores foráneos que desembarcaron en la liga inglesa a finales de los años 70 eran conscientes de que su nueva aventura era casi un viaje en el tiempo a la prehistoria. Fueron pioneros abriendo horizontes en un país acostumbrado a mirarse demasiado el ombligo.

La emergente pujanza económica de los clubes ingleses, simbolizada en la creación de la Premier League en 1992 marcó un punto de inflexión a la hora de atraer mucho talento foráneo. Los jugadores extranjeros elevaron decisivamente el interés y el nivel de la liga. Pero la evolución definitiva en Inglaterra ha llegado con el masivo aterrizaje de técnicos extranjeros de diverso pelaje que sobre todo en la última década han contribuido definitivamente a convertir la Premier en un producto tan atractivo como ecléctico. Y aun así todavía tienen que luchar contra muchos prejuicios. El mismo verano de 2016 en el que Guardiola conoció a Noel Gallagher, la selección inglesa de Roy Hodgson era humillada en la Eurocopa al caer en octavos de final con Islandia, “un país con más volcanes que futbolistas”, como apreció Gary Lineker. Sam Allardyce fue nombrado nuevo seleccionador en un inequívoco movimiento de involución por parte de la federación. Big Sam, como se conoce a Allardyce por su corpulencia, apenas duró un par de meses en el cargo. Fue destituido tras verse implicado en un monumental escándalo revelado por The Daily Telegraph: fue grabado aceptando un soborno de unos ficticios empresarios asiáticos a los que estaba asesorando sobre cómo saltarse la normativa oficial de fichajes y propiedad de jugadores. Pero Allardyce, un fiel centinela de las esencias más retrógradas del viejo fútbol inglés, sigue teniendo eco y altavoces privilegiados.

La evolución definitiva en Inglaterra ha llegado con el masivo aterrizaje de técnicos extranjeros de diverso pelaje que sobre todo en la última década han contribuido definitivamente a convertir la Premier en un producto tan atractivo como ecléctico

En calidad de tertuliano de la prestigiosa Sky Sports, Allardyce declaró el año pasado que “los técnicos ingleses están considerados como de segunda clase. En su propio país no tienen dónde ir porque la Premier se ha convertido en una liga extranjera dentro de la propia Inglaterra”. Un discurso proteccionista más propio de cualquier furibundo militante del ultraderechista partido UKIP que de un comentarista. Un eslabón más en la desmesura emocional que Inglaterra vive en pleno debate sobre el Brexit. Con esos prejuicios tienen que lidiar los 16 entrenadores no ingleses de la Premier.

ECOSISTEMA ESPECIAL
El escepticismo de los fundamentalistas de la autarquía alcanzaba de lleno a Guardiola. En muchos medios ingleses había dudas sobre si sería capaz de imponer su estilo en un ámbito tan singular como la Premier. Una liga en la que las gradas parecen estar en estado de ebullición durante 90 minutos alentando un ritmo de juego a menudo frenético. Donde el vigor físico, el ardor guerrero y la velocidad son norma común en casi todos los equipos, y cualquier conjunto capaz de aspirar al título sabe que los rivales más modestos le harán pasar por la silla del dentista cada fin de semana. La meteorología también juega porque el general invierno es largo y condiciona muchos partidos, y la particular visión del reglamento por parte de los árbitros, muy permisivos con el contacto, a veces degenera en una dispensa peligrosa. Un ecosistema muy especial. Hoy la Premier alberga un saludable crisol de estilos distintos que contribuyen a su interés mediático, lo que repercute en la economía de los clubes y en sus posibilidades de reclutar a muchos de los mejores jugadores y técnicos.

La meteorología también juega porque el general invierno es largo y condiciona muchos partidos, y la particular visión del reglamento por parte de los árbitros, muy permisivos con el contacto, a veces degenera en una dispensa peligrosa. Un ecosistema muy especial.

Cuatro equipos ingleses han copado las finales europeas. Y ninguno, ni el vertiginoso Liverpool de Jurgen Klopp, ni el elástico Tottenham de Pochettino, ni el aseado Chelsea de Sarri, ni el remodelado Arsenal de Unai Emery han podido conquistar ni un solo título doméstico en este curso. Antes de la final de la Champions en Madrid Mauricio Pochettino aseguró que, más allá de quién saliera ganador, el Manchester City seguiría siendo el mejor equipo de Inglaterra. Jurgen Klopp en plena celebración del título europeo en el Metropolitano aseguró haber recibido una llamada de felicitación de Guardiola a la que el técnico germano respondió con la promesa explícita de que el próximo curso Liverpool y City seguirán “pateándose el trasero, y a ver qué pasa”, en referencia al portentoso duelo que ambos equipos mantuvieron hasta la última jornada de la Premier. Los de Guardiola acabaron levantando el trofeo. Igual que la Charity Shield, la Copa de la Liga y la FA Cup en una temporada maravillosa.

Los escépticos, o los críticos con intereses muy alejados del juego, dirán que no ganó la Champions. Como si el City disputara cada año una final continental. Como si la mastodóntica inversión económica del club (de cualquier club de la élite continental) asegurara matemáticamente el cetro europeo. El dinero compra jugadores y moderniza infraestructuras, pero las ideas no tienen precio. La Champions se le resiste a Guardiola desde que la ganó dos veces con el Barcelona. También con el conjunto azulgrana padeció una dolorosa eliminación en 2012 cuando Messi falló un penalti ante el Chelsea en semifinales. Con el Bayern de Munich sufrió una decepción similar en 2016 ante el Atlético de Madrid: otro penalti, el que Oblak detuvo a Muller, tuvo mucho que ver. Y qué decir de la eliminatoria de cuartos de la última Champions ante el Tottenham, con Lloris deteniendo un penalti al Kun Agüero en la ida y el VAR dictando sentencia en el encabritado partido de vuelta en el Etihad Stadium, concediendo un polémico tanto de Llorente que condicionaba casi definitivamente la eliminatoria y anulando con justicia un gol a Sterling que habría clasificado al City en el último suspiro del duelo.

Los escépticos, o los críticos con intereses muy alejados del juego, dirán que no ganó la Champions. Como si el City disputara cada año una final continental. Como si la mastodóntica inversión económica del club (de cualquier club de la élite continental) asegurara matemáticamente el cetro europeo.

La imagen de Guardiola pasando de la euforia al desconsuelo en apenas unos segundos es un icono de la Liga de Campeones, donde una mala noche o un capricho de la fortuna se pagan caro. Al fin y al cabo parte del encanto del torneo es que privilegia la influencia de los detalles por encima de la regularidad. Esos crueles golpes han compuesto una especie de narrativa del fracaso muy desarrollada en ciertas trincheras contra la que Guardiola sigue luchando. Lo que Guardiola ha construido en Manchester es algo inequívocamente amarrado a la grandeza. Su equipo, un grupo de fantásticos futbolistas que demuestran su lealtad a la causa con la fe del converso y un grado de convicción colectiva descomunal, cerró la temporada goleando por 6-0 al Watford en la final de la FA Cup. Sobre el césped, en plena celebración del título y mientras el resto de jugadores eran ovacionados por el público, se vio al entrenador aleccionando con vehemencia a Raheem Sterling sobre alguna cuestión táctica de un partido en el que el City había abrasado literalmente a su rival.

Un indicativo del nivel de las obligaciones que marca Guardiola y su sofisticado modelo de juego. La primera exigencia que ha impuesto el Manchester City en los dos últimos cursos es la competitiva. Cualquier equipo que quiera pelear por la Premier se ve ahora abocado a una realidad tangible, porque seguramente tiene que hacer un cálculo que le conduzca a un registro estratosférico. Sumar una cifra cercana a los cien puntos para batir a un equipo que llegó a tener en diciembre siete de desventaja con respecto al admirable Liverpool de Klopp, y que encadenó 14 victorias consecutivas en la recta final. Cuatro meses caminando sobre el alambre, asumiendo el riesgo que va implícito en el juego hasta límites irracionales, sin margen de error y con un fútbol de altos vuelos. Atributos de un competidor absolutamente feroz. También está la exigencia del público. La afición inglesa ha catado la alta cocina y ya es difícil que se conforme con pescado rebozado y patatas fritas. Los hinchas han descubierto en el City un fútbol de matices infinitos, el mejor que nunca se ha visto en su campeonato. Y eso también eleva el nivel de la Premier a una cota de excelencia sin antecedentes.

Cualquier equipo que quiera pelear por la Premier se ve ahora abocado a una realidad tangible, porque seguramente tiene que hacer un cálculo que le conduzca a un registro estratosférico.

Para derrotar al campeón hace falta mucho trabajo y no parecen servir las soluciones simples, ni encerrarse atrás encomendándose a la diosa fortuna. El City se ha acostumbrado a ese escenario en el que el rival se defiende con casi todos sus efectivos empotrados en el área. El científico barcelonés Jorge Wagensberg dijo una vez que “la técnica es el conjunto de automatismos capaces de liberar el espíritu creador”. Los de Guardiola se arman de paciencia y exhiben su vasto repertorio de recursos colectivos e individuales para poner en práctica largas maniobras envolventes que suelen acabar derribando el muro. Y siempre con un encomiable nivel de audacia.

Los de Guardiola se arman de paciencia y exhiben su vasto repertorio de recursos colectivos e individuales para poner en práctica largas maniobras envolventes que suelen acabar derribando el muro. Y siempre con un encomiable nivel de audacia.

Crear antídotos contra esa fórmula de belleza, eficacia y atrevimiento es el gran desafío para el resto de los técnicos. Marcelo Bielsa afirma que “la belleza del juego que construyen los equipos de Guardiola son inimitables porque construye equipos de autor. Su capacidad de generar un estilo que uno sólo percibe en sus equipos excede a los jugadores que dirige”. Bielsa fue uno de los oráculos a los que acudió Guardiola cuando su condición de entrenador apenas se estaba gestando. Como César Luis Menotti, que una vez le dijo en Buenos Aires: “¿Sabés que vos sos uno de los pocos entrenadores del mundo, no sé si alcanzan con los dedos de una mano, que abre la puerta del vestuario, dice buenas tardes y todos saben cómo tienen que jugar?”. La plantilla del City parece haber firmado un contrato de adhesión incondicional al ideario de su líder. A cambio, todos ven multiplicado su rendimiento y todos acaban descubriendo nuevos matices del juego e incorporando una gama de recursos y herramientas que ejercen como el verdadero disparador de la eficacia en un equipo esplendoroso.

BIG DATA
Hay grandes técnicos capaces de alterar la fisonomía de un equipo o incluso transformar su espíritu. Pero en la historia del fútbol hay pocos entrenadores capaces de alterar la percepción global que se tiene sobre toda una liga gracias al juego de su equipo. Ese es el auténtico lugar de un transformador como Guardiola. No sólo marca un fabuloso nivel de exigencia para sus rivales, sino que lo hace con la convicción de que el juego de su equipo tiene que trascender más allá de los títulos. El Big Data y las estadísticas afirman que los jugadores del City han sumado 26.581 pases en los 38 partidos de la última liga, 2.388 más que en la anterior. También observan que el City acumuló 198 puntos entre los dos últimos campeonatos anotando 201 goles.

El Big Data y las estadísticas afirman que los jugadores del City han sumado 26.581 pases en los 38 partidos de la última liga, 2.388 más que en la anterior. También observan que el City acumuló 198 puntos entre los dos últimos campeonatos anotando 201 goles.

Pero hasta que no se invente un término para bautizar los números con mayúsculas, habrá que proclamar que la grandeza del City va más lejos que sus récords. Igual que hizo su maestro Cruyff, Guardiola ha logrado algo tan trascendental como modificar la mirada del público. Le ha mostrado lo que jamás había podido imaginar ni en el mejor de los sueños. Quizás porque lo más difícil no es ganar, ni reformular a lo grande un modelo de juego, sino hacerlo mientras se está llevando a cabo una de las más colosales revoluciones del fútbol. El 12 de mayo el City levantó el trofeo de campeón en la última jornada. La celebración en el vestuario del Amex Stadium contó con la visita de un exultante Noel Gallagher, recibido por el coro de los jugadores del City cantando a capella el emotivo tema de Oasis ‘Wonderwall’. Poco después el cantante, con el alma calada por las emociones del hincha que lleva dentro, recibió lleno de orgullo e ilusión una confidencia de Guardiola: “La próxima temporada seremos aún mejores”. •