José María Aznar, lateral derecho

A veces basta con el comportamiento de un jugador en el campo para hacer una radiografía de su personalidad. Egoísta, generoso, egocéntrico, humilde, líder, gregario... No sabemos la posición del expresidente del Gobierno en el equipo de ‘Ingreso B’ del Colegio de El Pilar de Madrid.

*Manuel Jabois.- El segundo niño de pie por la izquierda se frota las manos como un inspector de Hacienda y tiene una de esas sonrisas que con el tiempo puede mandarte a Irak. Es José María Aznar y el niño que le pasa la mano por el hombro con sonrisa bonachona y cara de san bernardo es Juan Villalonga. Ahí está una década de la historia de España: el que descolgaba el teléfono y el que cobraba la factura. Aznar tiene sonrisa de malo de cómic, como anticipando los penaltis o los impuestos; así se frota las manos Montoro en el Congreso cuando la oposición le nombra sin querer y pasa a ordenar paralelas mentalmente.

Si uno pega la mirada a la foto observa ya el rasgo más característico de Aznar: el no-bigote, una recuperación proustiana que hizo en los últimos tiempos para dar continuidad histórica al 96, el año que ganaron peligrosamente. En esta foto de las memorias de un niño de derechas hay un detalle: la clase que posa con el portero sosteniendo el balón, grande como una sandía, se llama Ingreso B. A veces el pasado se revuelve y echa a andar como un zombi para repetirse. No hay datos de la táctica ni de la posición que Aznar ocupa en el campo. Por el gesto parece el segundo entrenador de Bobby Robson, un niño alegre que anticipa la política desacomplejada y ruidosa; ya parece estar diciendo que para qué fingir, a estas alturas.

Como todo es relativo, especialmente en la infancia, quizás entre las manos guarde un pajarito al que alimentar o asfixiar dependiendo de cómo vaya el partido. Todos miran a la cámara en esa imagen entrañable de la élite creciendo entre muros. El tiempo le daría color a la foto; los dos compañeros de clase, Jose María y Juan, terminaron acumulando tanto dinero y tanto poder que se distanciaron por una tontería, o sea por un divorcio. Antes les dio tiempo a convertir el patio de recreo en una España a medias en la que para hacer fortuna había que dejarles el balón y permitir que marcasen ellos todos los goles. Lo hicieron, y tras hincharse, se fueron. Menos del colegio, donde a todos nos encierran cada cierto tiempo. •

*artículo publicado en nuestro número 17.