Julio Ocampo.- Uno de los mundiales más icónicos de la historia contemporánea es, sin duda, el de Italia ’90. Lo ganó Alemania Federal en una final horrible contra la Argentina de Maradona, disputada en el Olímpico de Roma. El seleccionador teutón era Franz Beckenbauer, héroe eterno sensible y elegante. Capaz, junto al Lobo Zagallo (Brasil) y Didier Deschamps (Francia) de ser campeón del mundo como técnico y jugador.
El Kaiser lideraba un grupo de futbolistas esbeltos y modernos con ganas de mandar un mensaje al mundo. El país, tras la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989), comenzaba a redescubrirse. Ambas Alemanias aprendían a caminar juntas de la mano, hecho que oficialmente sucedería un par de meses después de vencer el Mundial. Concretamente el 3 de octubre de 1990.
Al final, ese gol de Brehme de penalti -ante Sergio Goycochea- a falta de cinco minutos abría definitivamente las puertas de la nueva ola geopolítica. Fue el gran catalizador. Luz en la oscuridad… Y es que los alemanes ya no metían miedo por invadir -nuevamente- Polonia, sino por el acervo mensaje de paz y revolución que traían, también en el fútbol. Así lo explica Jurgen Klinsmann (Stuttgart, 1963) por videoconferencia desde California, ciudad donde vive con su familia y trabaja como tertuliano y embajador futbolístico (dirigió hasta 2024 Corea del Sur). Para quien no lo recuerde, fue un delantero centro de culto criado en el horno de pan que gestionaban sus padres. Aprendió la profesión, sí, y eso es algo que no se puede explicar. Tampoco su exquisita y compleja calidad dinamitando el área… Y mucho más. Quizás, demasiado.
Usted también ganó la Eurocopa del 96, pero esto va de mundiales. Descríbame el de Italia cuando anotó tres goles. Uno decisivo contra Países Bajos en octavos.
Fue muy especial para nosotros. En realidad, cada Mundial tiene su encanto, sus historias memorables, sus momentos únicos… Qatar con Messi, Rusia con Mbappé… Siempre brilla una estrella o varias; siempre hay instantes imborrables en la cabeza de los aficionados. En Italia 90 nos tocó a nosotros. Éramos muy buenos, además beneficiados por la caída del Muro. Por fin esa Alemania unificada, en parte gracias a Gorvachov en Rusia. Teníamos un bloque nuevo, unido, con fuerzas y energías renovadas. Eso marcó la diferencia, sin duda.
«Creo que cada selección representa -a nivel futbolístico- las características, la idiosincrasia de un país. Refleja su ADN, su sangre, su forma de vivir en todos los ámbitos de la sociedad. Alemania piensa mucho al ataque, claro. Somos gente paciente y propositiva, que no busca defenderse en nada»
Italia se llenó de alemanes. También del Este. Se abrieron las fronteras. Pizza y cerveza para todos.
Recuerdo que en muchos partidos (hasta semifinales contra Inglaterra, ya en Turín) nos tocó jugar en San Siro. Casi 50.000 aficionados que arribaron de nuestro país. Para nosotros fue algo increíble. Enseguida comprendimos todo lo que estaba sucediendo. Era la nueva ola alemana, certificada con el Mundial. Increíble. Se habló durante muchos años, porque supuso el inicio de un camino. Magia pura… Por eso estoy encantado cada vez que comienza una nueva edición. Es apasionante, rica de incertidumbre. La vida misma. *
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