La camiseta no se mancha

El escritor Javier Aznar se confiesa. Guarda en su casa una camiseta de Huntelaar del Real Madrid. No es la única joya de su colección patológica de más de 300 zamarras. Su generación sufrió la revolución de poder poner tu propio nombre en la espalda.

Texto Javier Aznar.- Vengo aquí a hacer una confesión. Escribir esto no me resulta fácil. Pero basta de esconderse. La verdad tiene que salir a la luz. Soy un adicto. Soy un adicto a las camisetas de fútbol. No sé cuántas puedo tener. ¿300? ¿350? Dejé de contar hace tiempo ya. Tengo una del Madrid de Gravesen y otra de la selección española con el 9 de Juan Antonio Pizzi. Creo que esto ya lo dice todo. Son los muertos de mi armario. Literalmente. Porque están todas guardadas (o casi todas) en cajas y en bolsas de deporte en un altillo. Solo tengo a mano las más importantes, como la del Real Madrid de Luka Modric, para cualquier emergencia o pachanga de fútbol 7 para la que se requieran mis servicios. Lo peor es que, de vez en cuando, sigo comprando alguna camiseta nueva. Como la de Croacia de Luka Modric. Pero he conseguido al menos controlar esa pulsión, mis episodios de oniomanía más locos, como cuando me compré la de Huntelaar, recién fichado por el Madrid, en un ataque de euforia, para luego ver cómo era traspasado a los tres meses. ¿Cuándo empezó todo? Difícil de saber.

Desde pequeño, y para horror de mi madre, siempre estuve obsesionado con el fútbol. Con todo lo que orbita alrededor de este deporte. Ella me planchaba con estoica paciencia el campo del Subbuteo, ella soportaba que su hijo se paseara por el patio del colegio donde era profesora uniformado con el chándal oficial de la selección argentina como si fuera Bielsa, ella sufría con los paragüeros y jarrones rotos a causa de segadas a destiempo en el pasillo de casa. Pronto me dio por perdido. Mi padre me solía repetir que el fútbol no era lo más importante del mundo. Mensaje captado. Había que diversificar. Fue entonces cuando también me empecé a interesar por el baloncesto. Y a comprar camisetas de la NBA. Creo que en esta obsesión camisetil hay también una relación difícil de explicar con la publicidad. Hay algo estético, pop, en la publicidad de las camisetas. Puedo recitar sin problema todos los patrocinadores de los principales equipos de los últimos 20 años. Es parte de la cultura de ese fútbol noventero con el que crecí. No puedo evitar pensar en la Fiorentina de Batistuta sin que el logo de 7Up venga a mi memoria, del mismo modo que no me imagino al Flamengo sin Petrobras, al Liverpool sin Carlsberg, al PSV sin Philips, al Ajax sin ABN Amro, al Milan sin Opel, al Celta sin Citroën o a la Juve sin Danone. Cuando algunas de estas empresas quebraban, lo primero en lo que pensaba era en qué pasaría con el patrocinio de esas camisetas.

 

Creo que en esta obsesión camisetil hay también una relación difícil de explicar con la publicidad. Hay algo estético, pop, en la publicidad de las camisetas

Me daban igual las miles de personas que quedaban en el paro, el escándalo de corrupción que implicara o el agujero que supusiese para la economía. Era un monstruo. Si sacaba buenas notas, o por Navidad, o por mi cumpleaños, siempre pedía una camiseta de fútbol. Si ahorraba algo de dinero, todo iba destinado a camisetas de fútbol. Mi contabilidad no contemplaba otra partida de gastos. Odiaba vestir con ropa normal. Mis padres intentaban integrarme en la sociedad, pero yo me negaba. Fui a una fiesta de disfraces en mi colegio vestido de la selección inglesa de fútbol y el público me dedicó una sonora pitada porque acababan de eliminar a España en la Euro del 96. Lejos de intimidarme, me vine arriba con los pitos. Tal era mi grado de locura. Solo me faltó bajarme del escenario mandándoles callar con el dedo índice. Por supuesto, todo coleccionista tiene sus reglas propias. Jamás tuve una camiseta de Raúl. Demasiado mainstream. Nunca podías llevar la camiseta y los pantalones del mismo color. Ir conjuntado era de pardillos. Si llevabas una camiseta con el escudo serigrafiado, la versión falsa, era motivo de puteo en el colegio. Vi cosas que harían vomitar a toda una generación de pedagogos solo porque algún pobre chico había tenido la ocurrencia de venir al colegio con una camiseta de dudosa autenticidad.

Si llevabas una camiseta con el escudo serigrafiado, la versión falsa, era motivo de puteo en el colegio. Vi cosas que harían vomitar a toda una generación de pedagogos solo porque algún pobre chico había tenido la ocurrencia de venir al colegio con una camiseta de dudosa autenticidad.

Había hasta quien se dejaba la etiqueta puesta a modo de salvoconducto. El día que comprendí que tenía un problema de verdad fue una tarde que iba por la calle y en el escaparate de una tienda vi la camiseta aurinegra de Peñarol. Sentí un impulso electromagnético que me empujó contra el cristal. Y no paré hasta conseguirla. Sí, tengo una camiseta de Peñarol. Temporada 2000-2001, con Parmalat en el pecho. No pregunten cómo llegó a mi vida. Simplemente sucedió. La gente me preguntaba si había estado en Uruguay y yo me hacía el interesante para no justificarme. Gracias a esto también aprendí que en España hay una colonia importante de señores mayores uruguayos realmente futboleros que me vitoreaban por la calle.

También tengo la camiseta de Nigeria de USA 94, la camiseta del Glasgow Rangers de Gascoigne y Brian Laudrup o la de la Roma de Nakata. Y una cantidad absurda de zamarras del Manchester United porque ese equipo fue lo más durante mi época (y los pioneros en sacar una tercera y hasta una cuarta camiseta). He vivido los distintos vaivenes de modas: de las camisetas estilo baggy a las más ajustadas. Incluso tengo alguna de esas camisetas apretadísimas de la selección italiana que hacía Kappa y que solo te podías permitir llevar si eras un deportista de élite, torero o tenías 18 años. Recuerdo como si fuera ayer cuando un amigo del colegio, Jorge Cruz, apareció en clase con la camiseta de Brasil y su propio nombre inscrito en ella, con un flamante número nueve a la espalda. No podía dar crédito. ¿Acaso existía una máquina que permitiera poner TU PROPIO NOMBRE en la sagrada camiseta de la canarinha y además con el número que tú quisieras? Creo que ese ha sido, y probablemente sea, el invento más influyente en mi vida.

¿A quién le importan las impresoras 3D o el coche autónomo? Dios bendiga esa máquina que me permitió ser Fernando Redondo aunque solo fuera un rato. El otro día iba andando por la calle y vi que había echado el cierre la tienda de deporte donde siempre compraba mis camisetas frikis de fútbol internacional cuando venía a Madrid en vacaciones. Me produjo una tristeza tontísima que no logré sacudirme de encima durante toda la tarde. Por la noche quedé a cenar con un amigo y le expliqué toda mi historia con las camisetas y con el cierre de esa tienda. Me dijo que las vendiese todas, que seguro que me daban una pasta en eBay por algunas rarezas. Que estaba de moda lo retro y noventero. Le miré un rato, pensando en lo que me estaba contando. “No has entendido nada”, dije. Y seguimos cenando en silencio. .