La genésis del Superdépor

El Deportivo no sería el Deportivo sin Vicente Celeiro. Así de simple. Su gol en 1988 para evitar el descenso a Segunda B supuso también la pervivencia del club. Alberto García, miembro de la Plataforma Blanquiazul 1906, recuerda aquella agonía que abrió, sin que nadie lo esperara, las puertas de la gloria.

Alberto García Rey.- 22 de mayo de 1988. Todo emergió de repente. La oscu­ridad y las tinieblas dieron paso a una explosión coloris­ta de arte pop. Fue la transformación de una angustiosa situación en una placentera y expansiva sensación de emo­ción, alivio y felicidad que nos liberaba de la cárcel en la que nos encontrábamos. La distopía daba paso a la utopía.  Súbitamente, ese día, canciones como ‘Downrazor’ o ‘Slow Kill’ de los lúgubres Fields of Nephilim dejaron de sonar en mi imaginario musical dando paso al optimismo stoniano que para mí se reflejaba perfectamente en ‘Start Me Up’, un clásico moderno de sus Satánicas Majestades.

Sí. Eso era lo que sucedía. En esa fecha encendíamos el motor para iniciar un camino que nunca antes habíamos recorrido. Nos librábamos de la segura desaparición de mi club, el Real Club Deportivo de A Coruña, y teníamos una nueva oportunidad. El fútbol es así. Del infierno a la gloria en un instante. Un gol lo cambiaba todo. Eso fue lo que logró Vicente Celeiro Leal, delantero del Deportivo. Hom­bre al que le estaré eternamente agradecido por lo sucedido aquella jornada y por su gol. El gol de Vicente. El gol más importante que, en mi opinión, se ha marcado en la historia deportivista. Porque sin él, nada de lo que vino después hu­biera sido posible. Con ese gol, nuestra fatalista trayectoria cambió y se comenzó a escribir la crónica moderna del Dé­por, que terminó conquistando Liga, Copas y Supercopas.

Lo que aconteció en Riazor ese 22 de mayo está plaga­do de múltiples detalles, anécdotas y señales que pasados los años nos regalan un relato de película.  Se jugaba un trascendente duelo que enfrentaba al Deportivo de A Coruña con el Racing de Santander. Había que ganar obligatoriamente. Además el Bilbao Athletic, jugando fuera de casa, tenía que perder en su partido contra el Xerez Deportivo. Si esto no sucedía, daba igual lo que hiciésemos nosotros. Nos íbamos a Segunda B. Y lo que es peor, a la desaparición como entidad. La losa de la deuda pendiente en ese momento, la inexistencia de suficiente masa social deportivista y la incapacidad de generar recur­sos, habían conformado un cóctel con unos efectos de los que ya estábamos advertidos. NO HABÍA FUTURO si se producía el descenso. Correríamos la suerte que otros clubes históricos también habían vivido: desaparecer y refundarse en Tercera División.

PENDIENTES DE XEREZ

Pero no sucedió. Porque ese día se dieron las dos circunstan­cias. El Xerez vencía 2-0 al Bilbao Athletic y el Deportivo, nosotros, ganábamos 1-0 al Racing de Santander, en el último suspiro del partido, quién sabe incluso, si con un gol en fuera de juego del hombre al que todo el deportivismo le está agradecido, Vicente.

Al principio de esa temporada que terminaba tan dra­máticamente, nada hacía presagiar lo que nos iba a suceder. En la temporada anterior, 86-87, el Dépor se quedó a las puertas del tan ansiado ascenso a Primera División. En la pretemporada del ejercicio 87-88, el equipo estaba fuerte y jugaba bien. Nos habíamos reforzado con un fichaje que nos estaba ilusionando: Sagarzazu, hasta entonces jugador de la Real Sociedad.  Pero el 16 de agosto de 1987, esa ilusión se truncó. En un viaje hacia Carral, localidad cercana a A Coruña, para jugar un amistoso de pretemporada, nuestro fichaje, Sa­garzazu, fallecía repentinamente en el autobús del equipo. Este luctuoso suceso afectó de tal modo a la plantilla que la temporada fue aciaga. No ganábamos. No jugábamos con la alegría que habíamos demostrado en la pretemporada. Pasaron dos entrenadores por el banquillo, hasta que llegó Arsenio, tótem del deportivismo y especialista en situacio­nes difíciles. El equipo no remontaba, pero llegábamos con opciones, remotas eso sí, al último partido contra el Racing.  

ZORRO

Y ahí, Arsenio, apodado “el Zorro”, mostró sus habilidades. Una de ellas fue que, aunque la Federación obligaba a que todos los encuentros de esa jornada se iniciasen a la mis­ma hora, ¡nuestro partido no lo hizo! Arsenio retrasó, sin motivo, 11 minutos la salida al campo de nuestros jugadores. Así, jugamos con varios minutos de diferencia respecto al otro duelo decisivo y cuando éste finalizase, sabríamos si aún teníamos opciones o no de salvarnos.  Las malas y torticeras lenguas sostienen que, al mismo tiempo, en el estadio Domecq de Xerez había una perso­na con una bolsa de El Corte Inglés en la que había seis millones de pesetas, para repartir entre los jerezanos, en caso de que los andaluces cumpliesen con su cometido y el Dépor ganase.  Nunca se supo si esta leyenda fue cierta. Lo que sí fue cierto es que el Xerez hizo lo que necesitábamos en A Coruña, venciendo por 2-0 a los cachorros, que nos valía en caso de victoria de nuestro equipo. Pero en ese momen­to, el marcador en Riazor estaba 0-0. Pedro Alba, portero cántabro, estaba realizando el partido de su vida y a pesar del constante bombardeo, no había quién le hiciese un gol. Hasta que en el ocaso del encuentro, en el minuto noventa y tantos, un balón caído del cielo terminó en el área, a los pies de Vicente, que se acomodó el esférico a su derecha y lo golpeó (yo creo que no fue consciente ni de cómo lo hizo), y batió por raso, ¡AL FIN!, la infranqueable portería santan­derina. No sé qué pudo sentir Vicente ese día. Glorioso, magnífico y querido Vicente.

GRANDE VICENTE

Él era nuestro 7. Procedía de nuestra cantera habiendo debutado en 1981 y no conocía otro club que no fuera el Dépor.  Inmediatamente, tras el gol, inició una frenética carrera en la que, instintivamente, fue despojándose de la camise­ta, apartando a los recogepelotas que se interponían en su camino queriendo abrazarle, en pos de alcanzar la comu­nión con la grada. Algo que logró escalando, camiseta en mano, las vallas que entonces existían en la Curva Mágica de Riazor y regalando su zamarra a la grada de General.

El fondo donde se ubicaban y se ubican los hinchas más fieles del estadio, Riazor Blues, que entonces apenas tenían un año de existencia. Allí, en una imagen que vale más que 1.000 palabras, se escenificó el fútbol: Equipo, Pasión e Hinchas, fundidos en un eterno abrazo. Confieso que yo, un adolescente en ese momento, siempre había tenido un comportamiento equilibrado en los campos de fútbol donde había estado. Pero ese día, cuando marcó Vicente, algo se apoderó de mí e inconscientemente recorrí a la carrera parte de la semivacía grada de General, sorteando cualquier obstáculo que podía encontrar y me en­caramé a la valla, gritando sin fin como un poseso la palabra mágica del fútbol: ¡¡¡¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOL!!!!!!

Ese momento me mantuvo suspendido, flotando, cam­biando toda la fatalidad que hasta entonces como depor­tivista me había acompañado. Instantes después, el árbitro pitaba el final. El Dépor, mi Dépor, se había salvado. Emocionante. Único. Irrepetible. Casi puedo afirmar que me acuerdo perfectamente de todo lo que sucedió ese día, desde que me levanté hasta que me acosté. Me acuerdo, incluso, del olor del césped. Me acuerdo del olor a puro y carajillo del descanso. Y también me acuerdo de la pena que sentí por no haberlo vivido con mi padre. La persona que me inoculó el veneno del fútbol y mi afición por el Real Club Deportivo de A Coruña, que ese día por motivos labo­rales, no pudo acompañarme en Riazor como siempre hacía.

MAURI

Pero la historia no acaba ahí. Años después, revisando y observando fotografías de este partido, caí en una concreta, tomada en un instante inmediatamente posterior al mo­mento del gol de Vicente. Está hecha a pie de campo, desde el fondo, cuando nuestro héroe, Vicente, comienza su carrera de celebración, imparable hacia la hinchada. En la instan­tánea, se observa al portero y varios jugadores del equipo montañés, decepcionados por el gol recibido, excepto uno de ellos que aparece al fondo de la imagen con una sonrisa y cerrando los puños en señal de victoria ¿Cómo? ¿Un jugador del Racing celebrando el gol del Dépor? Pues sí.

Era Mauri. Querido Mauri. Coruñés, exjugador del Dépor que en ese momento jugaba en Santander. Impagable su cara de felicidad al ver como el equipo de sus amores, de su vida, había salvado el match ball que lo podía condenar a desaparecer. Así transcurrió ese momento, que para mí fue el punto de inflexión de la trayectoria vital de mi club. Algo que cam­bió nuestro destino, y que tengo muy presente cada vez que rememoro grandes victorias posteriores como la Liga 99-00, la Copa del 2002 o la épica remontada de la Champions League de 2004 al AC Milan. Este es mi pequeño tributo a uno de los héroes de mi infancia y pubertad. Hay algo de Vicente cada vez que grito Forza Dépor en Riazor.