La liga del infierno nazi

El gueto de Terezin en la República Checa, la antesala de la muerte en Auschwitz, vivió una liga de fútbol entre los presos. Un respiro que la propaganda nazi utilizó ante la Cruz Roja.

Miguel Venegas Bosom Comenzaba el mes de junio y en Terezín el calor ya se sentía en el aire. Era una suerte; pronto volverían los fríos de otoño y así las congelaciones, las neumonías, las infecciones, las gangrenas, las muertes. En el Barracón Dresde no cabía nadie más. En el centro del patio, once líneas pintadas a mano simulaban un campo de fútbol. Siete jugadores a un lado, de verde y blanco, siete del otro, de rojo; Horticultores contra Carniceros. Se jugaba la Liga Terezín, la del gueto, la del Lager. 14 delgados atletas algo mejor alimentados que el público jaleaba subido a las ventanas. Alegría en el aire. Y una cámara grabando. Se rodaba una vida normal en el infierno judío. Terezín queda a menos de una hora de Praga, hacia el noroeste, a pocos kilómetros de la frontera entre la República Checa y Alemania. Hoy es un pequeño pueblo rodeado de antiguas murallas y un fortín a las afueras lleno de memoria y dolor.

 Se jugaba la Liga Terezín, la del gueto, la del Lager. 14 delgados atletas algo mejor alimentados que el público jaleaba subido a las ventanas

Allí los nazis crearon en noviembre de 1941 un gueto para judíos y un campo de trabajo; 50.000 personas donde no cabían más de 5.000. Diez muertes al día por cansancio, malnutrición y enfermedades; 1.000 deportaciones a la semana al campo madre de Auschwitz-Birkenau, donde no había regreso. Terezin era un campo lanzadera; por sus calles pasaron 144.000 personas, de las que sólo se encontraron 17.247 supervivientes. Más de 87.000 fueron deportados a Auschwitz y exterminados allí; 500 kilómetros de camino hasta la muerte.

» PELÍCULA Los nazis rodaron un documental con imágenes del fútbol
para lavar la cara de los crímenes cometidos en el gueto. Fotografía Archivo Beit Theresienstadt

HÉROES
Uno de aquellos reos era futbolista. Paul Mahrer estaba retirado, pero aún era joven cuando las SS lo llevaron a Terezín desde Praga. Había jugado en Berlín, en el Hertha y había hecho carrera en EEUU, donde coincidió con Bela Guttmann. Pero en 1943 la Gestapo lo envió en un tren sellado al nuevo gueto. Mahrer estaba pasado de forma y ligero de fuerzas pero volvió a jugar al fútbol para sobrevivir. Su compañero Milos Dobry lo reclutó para el equipo de los carniceros. “Yo había sido futbolista antes. Me propusieron hacer un equipo y creí que era una buena idea, así que busqué jugadores”. Dobry cuenta su experiencia en el documental ‘Liga Terezin’, producido en Israel, donde acabaron algunos de los supervivientes; ellos tuvieron suerte. “Ser carnicero era un privilegio, porque podíamos comer y los otros no. Hacíamos sopas, buenos caldos con ternera. Era el sueldo por jugar”.

Dobry cuenta su experiencia en el documental ‘Liga Terezin’, producido en Israel, donde acabaron algunos de los supervivientes; ellos tuvieron suerte. “Ser carnicero era un privilegio, porque podíamos comer y los otros no. Hacíamos sopas, buenos caldos con ternera. Era el sueldo por jugar

En Terezín, el juego nació como siempre, de lo espontáneo y un balón, y acabó transformándose en una institución dentro del campo. Se organizó una Liga y una Copa con uniformes, árbitros y público, por supuesto. La Gestapo lo permitió y entregó camisetas de colores y hasta botas de fútbol, y la Primera Liga de Terezín arrancó con diez equipos. Los futbolistas se organizaban por gremios, según el departamento en el que trabajaban en el campo; por la mañana trabajos forzados para los alemanes y por las tardes el balón. Los lunes, de diez a doce, había un pequeño mercado de fichajes; a menudo había que reestructurar algún equipo por la baja forzada de algún jugador, no por lesiones, sino por deportaciones a la muerte...

HÉROES
Uno de aquellos reos era futbolista. Paul Mahrer estaba retirado, pero aún era joven cuando las SS lo llevaron a Terezín desde Praga. Había jugado en Berlín, en el Hertha y había hecho carrera en EEUU, donde coincidió con Bela Guttmann. Pero en 1943 la Gestapo lo envió en un tren sellado al nuevo gueto. Mahrer estaba pasado de forma y ligero de fuerzas pero volvió a jugar al fútbol para sobrevivir. Su compañero Milos Dobry lo reclutó para el equipo de los carniceros. “Yo había sido futbolista antes. Me propusieron hacer un equipo y creí que era una buena idea, así que busqué jugadores”. Dobry cuenta su experiencia en el documental ‘Liga Terezin’, producido en Israel, donde acabaron algunos de los supervivientes; ellos tuvieron suerte. “Ser carnicero era un privilegio, porque podíamos comer y los otros no. Hacíamos sopas, buenos caldos con ternera. Era el sueldo por jugar”.

En Terezín, el juego nació como siempre, de lo espontáneo y un balón, y acabó transformándose en una institución dentro del campo. Se organizó una Liga y una Copa con uniformes, árbitros y público, por supuesto. La Gestapo lo permitió y entregó camisetas de colores y hasta botas de fútbol, y la Primera Liga de Terezín arrancó con diez equipos. Los futbolistas se organizaban por gremios, según el departamento en el que trabajaban en el campo; por la mañana trabajos forzados para los alemanes y por las tardes el balón. Los lunes, de diez a doce, había un pequeño mercado de fichajes; a menudo había que reestructurar algún equipo por la baja forzada de algún jugador, no por lesiones, sino por deportaciones a la muerte. Víctor Gómez es historiador, divulgador y profesor, y ha estudiado el fenómeno del fútbol en los campos nazis, donde el caso de Terezin es único. “Hubo fútbol en casi todos los campos de concentración. Los nazis tenían equipos de soldados y a veces organizaban partidos contra los presos, muy desiguales y amañados, como el caso del FC Star en Kiev o el que se refleja en la película ‘Evasión o victoria’.

 “Hubo fútbol en casi todos los campos de concentración. Los nazis tenían equipos de soldados y a veces organizaban partidos contra los presos, muy desiguales y amañados, como el caso del FC Star en Kiev o el que se refleja en la película ‘Evasión o victoria’.

Pero Terezin es un caso único porque fueron los judíos los que organizaron un campeonato oficial para los propios presos”. Tras la primera liga, se disputó una copa, en 1943. La ganaron los Cocineros, de quienes se sospechaba que estaban mejor alimentados que todos los demás. El testimonio permanece gracias a los periodistas de la época, los jóvenes que crearon el Kamarad, una revista que circulaba en el pabellón de los niños, clandestina, que mezclaba los testimonios del sufrimiento con las crónicas de los partidos de liga, a mano y con dibujos de colores. Los cronistas escribían de los héroes del fútbol, que no siempre metían goles, sino que ponían una sonrisa a la derrota de todos. “Es necesario mencionar, en honor y tributo al colegiado Döefler, que se tiró sobre el terreno de juego a fin de divertir al público”, relataba un cronista bajo el seudónimo Zgeb. Otto Döefler combinaba el deporte con el humor, como un Globetrotter en el infierno; como la mayoría de ellos, Döefler murió en Auschwitz cuando terminó todo.

El testimonio permanece gracias a los periodistas de la época, los jóvenes que crearon el Kamarad, una revista que circulaba en el pabellón de los niños, clandestina, que mezclaba los testimonios del sufrimiento con las crónicas de los partidos de liga, a mano y con dibujos de colores. 

La segunda liga quedó en el aire por el final de la guerra, y del campo. La ganaron los Carniceros, a falta de dos partidos, con Mahrer como estrella. Él sobrevivió y se marchó a América cuando recuperó la libertad, pero nunca olvidó su peor fútbol. “Vivíamos en la incertidumbre. Sabíamos que teníamos que estar preparados en todo momento para la deportación, en un plazo de dos o tres horas”. Muchos años después, contó lo vivido en el libro ‘Fútbol con estrella amarilla’, de Frantisek Steiner. “El fútbol era para nosotros como una caricia en la antesala del infierno”.

» TEREZIN
Imágenes de los partidos de equipos formados
por los gremios profesionales.

PROMINENTES
Terezín nunca fue un campo como los demás. Algunos de los artistas judíos más importantes de Europa se concentraron allí en 1942 y las SS aprovecharon para decirle al mundo que los reos estaban bien, incluso a pesar de la guerra. Algunos vivieron con orgullo la deportación, porque eso significaba estar entre los “Prominentes”, los presos elegidos de la élite de la sociedad condenada por los nazis, como si la humillación dejara un espacio para mantener las clases.  Allí desfilaron las hijas de Freud o las hermanas de Kafka, el cineasta Kurt Gerron o el músico Hans Krasa, el Mozard de la época. Según Víctor Gómez, “no estaban allí por su condición de artistas, sino porque venían de Praga que en los años 30 era un gran centro cultural europeo, también por su cercanía a Viena. Pero Goebbels lo aprovechó para esconder el horror tras un escaparate de cultura”. Alemania permitió que en Terezín se escribiera poesía, se pintara, se dieran algunos conciertos de música y se organizase una liga de fútbol oficial.

Alemania permitió que en Terezín se escribiera poesía, se pintara, se dieran algunos conciertos de música y se organizase una liga de fútbol oficial.

En algún momento lo usaría en su beneficio. Y ocurrió en junio de 1944, cuando la Cruz Roja Internacional visitó Terezín para comprobar la forma de vida de los prisioneros. Los nazis la llamaron “La ciudad regalada a los judíos” y corrieron a montar su atrezo para la gran visita del mundo exterior. Aceleraron las deportaciones para aligerar el hacinamiento del campo, las literas pasaron de tres ocupantes a dos y se les dio una mano de pintura a las calles. A los presos les dieron pan y verduras y les obligaron a sonreír, a pasear y hasta a darse arrumacos con alguna pareja. En la plaza se interpretó el Requiem de Verdi, con 2.000 prisioneros como público, y en el patio de Dresde se jugó un partido de la Liga de fútbol. Una cámara de cine lo grabó todo. Aquella población presidiaria estaba preparada para la imagen del reo modélico y culto, y además deportista, y el sainete terminó con éxito frente a las cámaras. Los inspectores de Cruz Roja firmaron su veredicto y le dijeron al mundo que allí se vivía “en perfectas condiciones humanitarias”. Y Hitler ganó otra batalla. Poco después, nueve de cada diez personas que aparecían en la película fueron asesinadas en Auschwitz.

Los nazis la llamaron “La ciudad regalada a los judíos” y corrieron a montar su atrezo para la gran visita del mundo exterior. Aceleraron las deportaciones para aligerar el hacinamiento del campo, las literas pasaron de tres ocupantes a dos y se les dio una mano de pintura a las calles

Los nazis aceleraron su “solución final” cuando la guerra llegaba a su fin, por lo que los últimos meses del campo se multiplicaron las deportaciones. El 9 de mayo de 1945 el Ejército Rojo liberó Terezín. Cinco días antes, los alemanes lo habían dejado en manos de la Cruz Roja y habían tratado de borrar todo rastro de terror. El campo del barracón de Dresde quedó intacto. Hoy ese barracón está casi en ruinas, como parece estarlo la ciudad entera, que tiene 3.000 vecinos y algunas calles solitarias. Un pueblo gris con disfraz de posguerra, como refugiado en el pasado. En el centro hay una plaza y una iglesia católica, y cerca un monumento a la juventud. Detrás de la muralla, un cementerio presidido por una inmensa Estrella de David, y miles de cadáveres enterrados. Y detrás el fortín, la cárcel donde se moría o se iniciaba el último viaje en tren. Y allí la icónica leyenda del cinismo nazi, “el trabajo os hará libres”, dominando el patio.

La Federación Checa de Fútbol dio validez oficial a los torneos que se disputaron en Terezín durante la ocupación y los incorporó a sus anales en 2013. Dos ligas y una copa que se ganaron a la muerte y que salvaron vidas, en plena pesadilla nazi. Una pesadilla a la que cantó Silvio Rodríguez en 1968 con una canción que nunca olvida. 

Una pesadilla blanca
Para hijos de Judea
Con rara estrella y rostro de hambre.
Terezín, Terezín, Terezín, pelota rota •

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