La Quinta del Buitre y el ojo clínico de los maestros

El periodista Julio César Iglesias publicó hace más de 30 años un artículo en ‘El País’ elogiando a una generación de jóvenes del Madrid. Su reflexión marcó una época fotografiada por Raúl Cancio. Este 18 de junio se cumple un nuevo aniversario de Querétaro, la fecha más importante de Butragueño con la selección en medio de la época dorada de la Quinta.

Luismi Hinojal.- Hubo un tiempo en el que ese lugar donde ahora violan el horizonte norte de Madrid cuatro imponentes rascacielos solía a hierba, a barro y a sueños de gloria. Bajo la austeridad y el frío polar de la vieja Ciudad Deportiva del Real Madrid trabajaba un pequeño ejército de operarios cualificados. Por algo llamaban “La Fábrica” a su lugar de trabajo. Eran personas que fueron transmitiendo un estilo propio de hacer las cosas entre las distintas generaciones de técnicos de la cantera madridista. Miguel Malbo fue el pionero en diseñar, allá por los años 50, una infraestructura y unos métodos de trabajo que luego aplicaron durante décadas los técnicos de la cantera madridista. Gente como Alberto García Collado, Vicente Del Bosque, Antonio Mezquita y muchos otros más que gestionaron durante muchos años la más prolífica factoría de jugadores del fútbol español. Alérgicos a cualquier foco que no fuera el de los campos de entrenamiento, cuidaron con esmero, cariño y una extraordinaria capacidad de trabajo la formación de cientos de jugadores, sin olvidar que detrás del futbolista existe también una persona que está creciendo.

La cabeza que ilustra la portada del número seis de Líbero (la de Del Bosque) tiene todavía hoy registrados en su privilegiada memoria los nombres, posiciones e incluso clubes de procedencia de cientos de chavales que pasaron por ese lugar. Un ínfimo porcentaje de ellos llegaron al primer equipo del Real Madrid o a su celebrada selección nacional. Los técnicos del fútbol base del Real Madrid siempre creían en la fuerza de la juventud y en el producto autóctono cuando el club miraba lejos de la Castellana para enderezar su rumbo o paliar los efectos de alguna crisis deportiva puntual. Y en los primeros 80 los gestores de la cantera blanca recibieron el mayor de los reconocimientos posibles: La eclosión de una camada de jugadores tan diferentes como complementarios y brillantes que iban a modificar radicalmente el panorama del club y de todo el fútbol español, que pasó de jugarse con pelotazos en blanco y negro a descubrir el juego a todo color, enterrando para siempre el dañino mito de la furia. Trascendieron lo futbolístico para convertirse en un fenómeno social mientras todo el país trataba de asimilar los complejos tiempos de la transición política. Pero no fue sólo “La Quinta” la que inició esa revolución. También periodistas con ojo clínico como Julio César Iglesias.

Un tipo que ha hecho de la insistencia una bandera y de la curiosidad una forma de vida. Eso le lleva a interesarse por igual en el último garoto habilidoso que comienza a pelotear en cualquier estadio del litoral de Sao Paulo que en cualquier chico de provincias que aterriza en el sistema de formación del Real Madrid. Y lo hace antes y mejor que nadie. Su mérito no es menor. Al fin y al cabo descubrió y bautizó a “la Quinta” mientras lidiaba con los nuevos ministros socialistas o cualquier bomba de ETA dinamitaba vidas y a la vez la escaleta de sus programas vespertinos en RNE. Y para ilustrar los cambios, en política, en fútbol o en cualquier ámbito de la vida, nada mejor que la mirada de Raúl Cancio armado con su sabiduría y su vieja Leica. Nadie supo captar como él esa extraña figura de Butragueño congelando el tiempo en el área mientras los defensas se rendían hipnotizados. Los técnicos del Madrid le pusieron paciencia al asunto. Los periodistas nombre, imagen y jerarquía de leyenda a un grupo de futbolistas irrepetible que representa el génesis del cambio más importante en la historia del fútbol español. Mil gracias, maestros.