La tragedia de Heysel

Manuel Ruiz Rico - Cada 29 de mayo el fútbol recuerda a los 39 muertos de la final de la Copa de Europa en Bruselas entre Juventus y Liverpool. 

TEXTO. Manuel Ruiz Rico

Iba a ser la final de la década y fue la muerte en directo. La final de la Copa de Europa de 1985 que enfrentó a Liverpool y Juventus estaba destinada bien a ratificar casi diez años de predominio británico aplastante en la competición, bien a ponerle fin y señalar así el inicio de la hegemonía italiana en el balompié europeo. La expectación era máxima y aunque sucedió lo segundo, resultó ser lo de menos porque lo que acabó pasando en el estadio de Heysel de Bruselas fue que se vivió uno de los días más oscuros del fútbol mundial. Dos horas antes del inicio del partido una avalancha de hooligans ingleses en el interior del estadio causó la muerte de 39 personas (32 de ellas, hinchas italianos) y dejó un reguero de 458 heridos. “No hay nada que celebrar, es un día catastrófico para el fútbol”, declaró el capitán juventino, el francés Michel Platini nada más acabar el encuentro. “No conocíamos la magnitud de la tragedia que acababa de ocurrir y por eso jugamos, porque nos obligaron a ello”, ha asegurado 30 años después uno de los dos delanteros del equipo italiano aquella noche, Paolo Rossi. Las imágenes de la época son todavía espeluznantes, incluso las previas a la tragedia porque tienen la cualidad de mostrar a gente yendo y viniendo con una sonrisa en la cara y exhibiendo una inquietante tranquilidad que el espectador sabe que en breve va a saltar trágicamente por los aires. En unos minutos, muchos de los que aparecen entrando al estando acabarán siendo aplastados en masa en la curva del estadio en la que se hallaba el ya tristemente famoso sector Z de Heysel. Parece el título de una película de terror: el sector Z. Fue la zona de Heysel que resultó clave en la tragedia. Eso, y un fenómeno que por aquellos años era bien conocido y que ese día alcanzó su paroxismo: el del hooligan inglés.

Hicieron falta 39 muertos y casi medio millar de heridos para que las autoridades se concienciaran de que había que ponerle coto para siempre. La mañana del miércoles 29 de mayo de 1985, 6.000 hooligans hinchas del Liverpool desembarcaron procedentes de Inglaterra en el puerto belga de Ostende. Fueron escoltados por 560 policías. Desde Ostende tomaron un tren que los llevó a Bruselas, donde a las ocho de esa tarde comenzaría la final. El dispositivo de seguridad preveía que sobre las cinco los aficionados del Liverpool alcanzarían las inmediaciones de Heysel. Allí, en el entorno del estadio, la reventa hacía su agosto y ofrecían entradas para el partido a diez veces su precio. Y aun así las vendían a mansalva. La expectación lo merecía. Equipos británicos habían ganado consecutivamente todas las Copas de Europa desde 1977 hasta 1984; el Liverpool, hasta en cuatro ocasiones. Ese año le llegaba el turno a los diablos rojos de Bruce Globbelaar, Ronnie Whelan, y, sobre todo, los delanteros Kenny Dalglish e Ian Rush. Enfrente, la Juventus de Turín era capitaneada por el mejor jugador de la época, el francés Michel Platini, y alineaba en la delantera al polaco Boniek y al mítico Paolo Rossi. La mitad del equipo se había proclamado campeona del Mundial de España de 1982, donde precisamente Rossi logró la Bota de Oro. La mayoría de las entradas compradas fuera del circuito normal de venta eran para asientos en el fatídico sector Z, previsto, en principio, para los aficionados neutros. Según había previsto la organización, los hooligans ocuparían un fondo y los aficionados de la Juventus, el contrario, de modo que quedarían unos a un extremo del otro. Cientos de italianos compraron sin saberlo entradas en el sector Z y acabaron sentados en el mismo fondo que los hinchas británicos, en una zona contigua. “Sólo estábamos separados por una valla que podía saltar una gallina, y a nuestras espaldas estábamos cercados por un muro”, ha recordado durante el triste aniversario el italiano Simone Stenti, que entonces era un estudiante de 22 años.

A las cinco de la tarde las puertas de Heysel se abrieron y el estadio comenzó a llenarse y una hora después ambos equipos ya habían llegado al estadio. En ese momento 60.000 personas abarrotaban el recinto. Nada parecía fuera de lo normal, pero la semilla de la tragedia ya había sido plantada, la mina ya había sido colocada; sólo tenía que llegar alguien y pisarla. Y así fue. Ocurrió a las siete y cuarto de la tarde. Un grupo de hooligans febriles advirtieron la enorme cantidad de hinchas italianos que había en el sector Z aledaño y empezaron a saltar la valla que separaba ambas zonas. La carga inglesa fue creciendo y se convirtió en una masa incontrolable que invadía el sector contiguo. Los italianos recularon pero estaban rodeados por paredes de cemento. No había escapatoria. El sector Z era un matadero. Ante el pánico por escapar de la masa acabaron aplastándose unos a otros. “Los hinchas del Liverpool comenzaron a lanzarnos de todo, botellas, palos, líquidos… Nos invadió el pánico. Los aficionados ingleses se volcaron sobre nosotros y golpeaban a cuantos se cruzaban en su camino”, recuerda Stenti, que salvó la vida porque logró escapar, junto a su padre, por la ventana de un baño. El dispositivo policial no era ni de lejos adecuado y además los agentes tardaron una eternidad en reaccionar. Sólo había medio centenar de ellos en el interior del estadio. Finalmente, la intervención de los gendarmes, completamente inútil por otra parte, se produjo a los 20 minutos de la primera carga de los hooligans.

El sector Z era ya un escenario de guerra. “Cuando entro en el estadio”, recuerda Francis Boileau, jefe del dispositivo policial, “me encuentro de cara con el sector Z. Había miles de personas aplastadas unas contra otras. Los hinchas del Liverpool cargando contra los italianos y éstos aplastados contra el muro… Veíamos, impotentes, cómo se aplastaban unos a otros, gente tirada que había sido pisoteada minutos antes y que ahora estaba muerta”. La policía decide no difundir la información en el estadio para evitar una venganza masiva. La final se retrasa. Ya son más de las ocho, la hora prevista del inicio del partido. Los minutos pasan, los muertos son evacuados y el sector Z desalojado completamente. Los jugadores de ambos equipos salen al terreno de juego a contemplar el escenario, pero dicen que no tenían toda la información. “Tuve que rechazar mi creencia moral de que había que cancelar la final. Dadas las circunstancias, había que continuar”, explica ahora el árbitro de la final, el suizo André Daïna, cuyo historial internacional era escaso y que ese año era el de su retiro. De la misma opinión fue el presidente entonces de la UEFA, Jacques Georges: “Tras una reunión con las autoridades y la Federación belga y el alcalde de Bruselas, decidimos continuar porque si suspendíamos el partido y echábamos a esas 60.000 personas a las calles de Bruselas no hubiéramos tenido 39 muertos sino muchos más”, declaró entonces. La final comenzó una hora y media después de lo previsto, a las diez menos cuarto de la noche. “Jugamos el partido pero el fútbol había desaparecido de la final”, declaró Platini, autor del gol de la victoria, a la mañana siguiente de la tragedia, con la copa de Europa en la mano pero ya plenamente consciente de la magnitud de los hechos.

La UEFA sancionó al Liverpool a seis años sin jugar competiciones europeas y al resto de clubes ingleses, a cinco años; durante diez años, Bélgica no recibió ningún acontecimiento deportivo de envergadura; a partir de ese día, las medidas de seguridad para los partidos de alto riesgo se tomaron en serio. Todo esto fue parte de la cadena de consecuencias. Pero también porque nadie en la UEFA (aunque fuera condenada y obligada a pagar parte de los siete millones de euros de indemnización a las familias de las víctimas) ni en las autoridades belgas asumió ninguna responsabilidad. 14 hooligans fueron hallados culpables por los hechos y apenas cumplieron tres años de cárcel puesto que el juez admitió el argumento de homicidio involuntario presentado por la defensa. Cuatro años más tarde, en 1989, durante la celebración en Sheffield de una de las semifinales de la Copa de Inglaterra entre el Nottingham Forest y otra vez el Liverpool, el exceso de aforo incontrolado en el estadio de Hillsborough costó la vida a 96 personas. En 1995, el estadio de Heysel fue remodelado y rebautizado como Rey Balduino “y si hoy preguntas por Heysel la mayoría de la gente no lo recuerda”, se lamenta Stenti. En Anfield ni siquiera hay nada que recuerde la tragedia del 85, aunque ambos clubes han jugado un amistoso de confraternización en recuerdo de las víctimas. En Heysel el fútbol puso fin a su edad de la inocencia.