La última ‘dancinha’ de Neymar

El genial y controvertido delantero brasileño afronta su presencia en el Mundial como el último gran reto de su sinuosa carrera marcada por su lema: ‘Osadía y alegría’.

Luis Miguel Hinojal.- El auditorio del Museo del Mañana, en el que Carlo Ancelotti confirmaba oficialmente la lista de convocados por Brasil para el Mundial 2026 el pasado 18 de mayo, explotó en un estridente griterío de júbilo cuando el técnico italiano confirmó la presencia en su plantilla de la más mediática de las estrellas brasileñas. El neofuturista enclave elegido por la CBF en la zona portuaria de Río de Janeiro estaba invadido por informadores, artistas, influencers y celebridades de variado pelaje. “¡Olé, olé, olé  olá… Neymaaar, Neymaaar!…”. 

Sólo una figura como Neymar es capaz de transformar el museo de Santiago Calatrava en una réplica bullanguera y carnavalesca de los graderíos de Maracaná. De manera inmediata los informativos, las tertulias futboleras, los medios digitales y, como no, las redes sociales, se vieron invadidas por una ola de encendidas opiniones antagónicas sobre el llamado a filas del delantero de 34 años. En un país bien capaz de discutir con extrema vehemencia cualquier segmento de su propia naturaleza social o política, la presencia de Neymar en la lista se puede interpretar como el enésimo reflejo de la polarización en la que Brasil se ha instalado con escasos elementos que construyan puentes de acuerdo. 

Le expusieron la obligatoriedad de aceptar un nuevo estatus en caso de ser convocado: no se le aseguraría la titularidad, no sería el capitán, sería tratado como uno más y tendría que adoptar las nuevas normas de convivencia de la concentración, como limitar la exposición en redes sociales.

LESIÓN 
En octubre de 2023 en un partido por las eliminatorias mundialistas ante Uruguay en Montevideo, Neymar sufrió una grave lesión en su rodilla izquierda. Fue su último antecedente con la selección. Llevaba apenas dos meses en el Al-Hilal de la liga saudí, su primer destino tras salir del PSG en agosto de ese año. En enero de 2025 rescindió su contrato con el club árabe tras jugar apenas cinco partidos en 15 meses para regresar a su cuna, al Santos. Su objetivo era jugar y prepararse para disputar su cuarto mundial. El fútbol brasileño le recibió con las mismas patadas y el mismo ruido de fondo que el jugador había padecido antes de fichar por el Barcelona en 2013 tras una fabulosa eclosión en el club del litoral paulista. Volvía a jugar en un campeonato en el que no se hacen prisioneros, en el que se celebran los detalles técnicos, pero también se abusa de la fricción con mucha permisividad arbitral, sobre terrenos que a menudo conspiran contra el juego y en el que la torcida de cada equipo, según el resultado final, juzga a propios y rivales como en un circo romano y sin distinciones. Neymar, con un físico lastrado por la prolongada inactividad, sufrió varias lesiones musculares, tuvo dificultades para mantener una secuencia relevante de partidos y protagonizó controversias dentro y fuera del campo en un 2025 que terminaría con el hijo pródigo ayudando a salvar al Santos del descenso con goles decisivos en las últimas jornadas del Brasileirao y con un menisco desgarrado que necesitó suturar con una cirugía en navidad.*

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