Laporta: «Cruyff nos hizo más felices»

Nací en el Paseo de Sant Joan de Barcelona cinco días después de mi onomástica, el 29 de junio de 1962. Por aquél entonces este paseo del Eixample barcelonés no era la zona urbanizable actual y aún era factible encontrar espacios donde mis amigos y yo podíamos disponer de terrenos de juego para practicar el fútbol

-MI RECUERDO DE FÚTBOL-

Joan Laporta.-  Empiezo así mi relato porque, como habrán intuido, mi primer recuerdo de fútbol es precisamente en este paseo y en aquella época, finales de los sesenta, principios de los setenta. Mi primer “estadio” urbano, el de las cazadoras para marcar la línea de gol, estuvo marcado por desniveles notorios, piedras en el campo, espontáneos perros que también querían perseguir el esférico y, claro está, la atenta mirada de las madres que desde ventanas y balcones nos reclamaban que subiésemos a cenar. Fueron nuestras primeras espectadoras y las que decían cuándo terminaban los partidos durante nueve meses, los restantes tres meses de vacaciones escolares coincidían con otros interminables campeonatos en otro “estadio” de gran recuerdo, la playa de Castelldefels, con aquellos equipos que formábamos amigos y vecinos -que serían lo mismo porque mis vecinos de Castelldefels eran –y continúan siendo- mis amigos. Y las madres, siempre las madres, que continuaban allí, fieles a nuestros encuentros de sudor, sal y arena que se mezclaban con el inconfundible aroma de pinedas cercanas, una perfecta armonía de paz y belleza que sólo rompía el estruendo de los aviones que salían y llegaban del cercano aeropuerto de El Prat.


Dicen, y prefiero utilizar la tercera persona, que no le daba mal al toque del balón. Y admito, y aquí sí asumo la primera persona, que jamás quise perder un partido por muy amistoso, fraternal y estival que fuera. Mucha pasión y algo de talento unieron fuerzas para pedir a mis padres que me dejaran realizar una prueba para ingresar en los infantiles del equipo de mi corazón, el Barça. Superada la prueba, participé en algunos torneos organizados por el Club con los equipos alevines hasta que pasé a formar parte de la Penya Cinc Copes, un equipo cuyo nombre honra una de las mejores etapas de la historia del Barcelona, la de aquel equipo que tuvo una de las delanteras míticas que Serrat siempre nos recuerda en su canción “Temps era temps”: Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. Yo le añado Jordi Vila, que jugó más que Moreno, pero tuvo la desgracia de que a Serrat no le rimaba musicalmente. Vila fue, por cierto, un jugador de gran talento y olfato de gol nacido en Santpedor, cuna de otro ilustre barcelonista que ustedes conocen bien.


De la Penya Cinc Copes pasé a la Penya Anguera, que jugaba en la Escuela Industrial, y de allí al Sant Ignasi hasta recalar en el juvenil del Sant Andreu, donde compartí vestuario con el actual presidente del Barça, Sandro Rosell, que tampoco le daba mal a la pelota. Era 1979 y el entrenador del primer equipo, Aloy, debió fijarse en mis habilidades ofensivas porque me propuso hacer la pretemporada con los “grandes” en Bagneres de Luchon durante el mes de agosto. Pero, pecado de juventud, a los 17 años recién cumplidos, preferí subir mi moto en un barco rumbo a Ibiza… Fue el final de mi presunta prometedora carrera como futbolista. Además, en diciembre me rompí los isquiotibiales y mi sueño de ser futbolista profesional. Jugué entonces en algunos equipos amateurs y defendí los colores de la facultad de Derecho de la UB, más que nada por disfrutar de un deporte que amo con devoción. Muchos años después, ya como presidente del Barça, tuve el honor de jugar algunos partidos con los veteranos del Barça, unos de los instantes de mayor felicidad que tuve como máximo responsable de la entidad.


Les he contado mi recuerdo de fútbol activo, pero no me olvido de las primeras sensaciones como espectador de mi equipo, el Barça. No recuerdo exactamente la primera vez que fui al Camp Nou, sí sé que acudí con mi padre y mi abuelo, y seguramente antes incluso que empezara a dar los primeros pasos. Eran mediados sesenta, eso seguro, una década complicada deportivamente para el Barça, aunque por ello jamás dejé de emocionarme ante las tardes de domingo que tocaba ir en aquél colosal estadio. Recuerdo las habilidades de Rexach, Pujol y Fusté, la gallardía de Eladio y Gallego, la serenidad de Sadurní… Quizás no ganaban títulos, pero eran mis ídolos. Eran los míos. Los héroes de un niño nacido en el tardofranquismo, educado en el barcelonismo y en el catalanismo, un chaval que se emocionaba al escuchar a su padre contar que el Barça es más que un club porque detrás del equipo hay todo un pueblo y un escudo que representa unos valores.


Pero nada de lo que viví en los primeros tiempos en el Camp Nou se puede comparar con la experiencia de aquél verano del 73 cuando llegó él. El deseado, el hombre que cambiaría nuestra mentalidad, nuestra manera de ver y vivir el fútbol, nuestro Barça. Hablo de Johan Cruyff. Todos los chicos de mi barrio y creo que todos los culés queríamos ser Cruyff, jugar como él, andar como él, vestir y peinarnos como él.

El holandés nos hizo un poco más felices y lideró una liga que los de nuestra generación jamás habíamos visto ganar al Barça. ¡Y qué Liga! Recuerdo vivir emocionado junto a mi padre ante el televisor de casa el 0 a 5 que el Barça le endosó al Madrid en Chamartín la noche del 17 de febrero de 1974. Aquél partido en blanco y negro nos marcó para siempre. En el fútbol y en la vida. Con Cruyff todo parecía posible. Nos hicimos más fuertes. Crecimos en la victoria. Pasados cuarenta años de aquel momento, cada vez que tengo el privilegio de estar con mi amigo Johan, pienso en lo mucho que nos ha dado, quizás sin que él sea del todo consciente de tal grandeza. Una vez dije que si volviera a nacer querría ser Guardiola, otro de los grandes de nuestra historia, porque no me atrevía a decir que querría ser Cruyff.


Creo sinceramente que los barcelonistas debemos estar agradecidos a un holandés que revoluciono todo, el Barça y el mundo del fútbol. Las mejores etapas de la historia del Barça se han vivido cuando el equipo ha aplicado el método -quizás mejor llamarle filosofía- de Johan. Fue un jugador maravilloso; un entrenador que construyó un equipo de ensueño y ha sido el maestro de dos alumnos aventajados que tuve como entrenadores en mi mandato en el Barça, Frank Rijkaard y Pep Guardiola. Cruyff es, en mi opinión, el personaje más importante de la historia del Barça de las últimas décadas. Y mis primeras emociones van asociadas a su regate, a su vuelo ante Reina, su gol en Chamartín la noche del 0-5... Sí, mis primeros recuerdos de fútbol son un bello triángulo entre el paseo de Sant Joan, la playa de Castelldefels y el cambio de ritmo de Johan Cruyff.