'Le llamábamos Panucci' por Javier Aznar

Probamos distintas carrerillas y celebraciones en cada lanzamiento de falta. Lo vivía todo muchísimo y me recordaba en intensidad a Tom Cruise en Jerry Maguire, película que vi tres veces en un mismo fin de semana.

Javier Aznar.- Le llamábamos Panucci, pero en realidad no se parecía en nada al futbolista italiano. Esa es la verdad. Puede que el pelo sí lo llevara un poco parecido, yo qué sé. Teníamos 11 o 12 años, nuestro universo de referencias era limitado. El caso es que ya se quedó con ese apodo secreto. Nos hacía mucha gracia.
Nuestro Panucci era moreno, con el rostro chupado, y solía llevar unos vaqueros con un roto a la altura de la rodilla, detalle que a mí me parecía de lo más estiloso. Era mayor que nosotros. Tendría 17 años. O 24. Ni idea. Solo sé que ya se afeitaba y que tenía moto, lo cual ya marcaba una diferencia insalvable. Una mañana, cuando todavía no le conocía, le vi jugando un partido con las Lotto de Demetrio Albertini y ya se ganó mi respeto para siempre. 

Un sábado fui a casa de Héctor a pasar todo el día. Era principios de verano, y se notaba la sal en el aire cuando bajé del autobús en Valdenoja. Caminaba con esa desbordante sensación de libertad que te dan los pequeños atisbos de independencia cuando todavía eres un niño. Llevaba en la mochila una portería de fútbol desmontada, roja, que me habían regalado por Navidad, y la colocamos en el patio.

DEAN» Ilustración de Alfredo Quintana @tinttorera

No había nadie. Solo se escuchaba el eco eterno de nuestros pelotazos rebotando por los soportales del edificio.

En un acto de atrevimiento, llamamos al telefonillo de la casa de Panucci, que vivía en uno de aquellos portales. Bajó a regañadientes, todo delgado él, con su polo desgastado y su cara de recién despertado. Solo tenía un rato para nosotros. Había quedado luego. Creo que con una chica. O eso nos dijo.

Usábamos las columnas y pilares del patio a modo de jugadores en la barrera. Y se quedaba flotando luego en el ambiente un olor a goma quemada del balón de plástico.

Pero al final se quedó con nosotros toda la mañana y toda la tarde, jugando a tandas de faltas en nuestra portería, intentando efectos imposibles a los que recuerdo que ponía nombres ridículos: el rodillo, la banana, la bomba inteligente, la folha seca do Brasil (con acento portuñol). Ni Forlán con el Jabulani se atrevió a soñar con aquellas combas. Usábamos las columnas y pilares del patio a modo de jugadores en la barrera. Y se quedaba flotando luego en el ambiente un olor a goma quemada del balón de plástico. Probamos distintas carrerillas y celebraciones en cada lanzamiento de falta. Panucci lo vivía todo muchísimo y me recordaba en intensidad a Tom Cruise en Jerry Maguire, película que había alquilado recientemente y que vi tres veces en un mismo fin de semana.

Pero lo que mejor recuerdo fue que nunca nos trató con la clásica condescendencia de un mayor.

Ese día, sin saberlo todavía, metí algunos de los mejores goles de mi vida. Aunque apenas hubiera testigos. Fue un día perfecto, como esa canción de Lou Reed.


¿ANDRÉS?» Ilustración de Alfredo Quintana @tinttorera

Tal vez me pilló todo justo en una de esas semanas en las que todavía se te está formando la personalidad, el carácter, cuando una interacción casual con un desconocido puede dejarte una huella indeleble, como en cemento fresco.

No solo no recuerdo el nombre real de nuestro Panucci; es que ni siquiera sé si lo llegué a saber alguna vez. ¿O era Andrés? Da igual. Pero cada vez que paso cerca de un patio con chicos jugando, solo con escuchar el inconfundible eco de los balonazos, me acuerdo de nuestro Panucci y de aquel día interminable tirando faltas. 

No volví a ver nunca más a Panucci y perdí el contacto con Héctor. Un día creo que lo vi en moto, cerca de la Primera, aunque a lo mejor esto ya es un falso recuerdo. O tan solo mis ganas de creer que nos volvimos a cruzar alguna otra vez.

No volví a ver nunca más a Panucci y perdí el contacto con Héctor. Un día creo que lo vi en moto, cerca de la Primera, aunque a lo mejor esto ya es un falso recuerdo. O tan solo mis ganas de creer que nos volvimos a cruzar alguna otra vez.

Los goles de falta son mis favoritos porque siempre hay algo de promesa en ellos: tienes que superar un obstáculo, y existen escasas probabilidades de éxito. Necesitas muchos elementos al mismo tiempo: la fuerza, el efecto, la altura, el golpeo, hacer insuficiente la estirada del portero. Pero si lo consigues puedes marcar el gol de tu vida.

Como hice yo con Panucci.

Hay personas por ahí que van regalando días perfectos a los demás y nunca llegan a saberlo. Y un día feliz es una cosa muy seria. •