Leyenda sin corbata

Del milagro a la constatación de la realidad. Hace casi 40 años, un grupo de jugadores de la cantera guipuzcoana, se proclamó campeón de Liga por segundo año consecutivo. Sus protagonistas más ilustres rescatan a la mejor Real Sociedad de su historia.

Texto Ángel Luis Menéndez | Fotografía Amaia Zabalo y Museo Real Sociedad .- No podía pedir más. Con 21 años había debutado apenas seis días antes en la élite. Fue un inolvidable 8 de abril de 1979, después de un viaje eterno de San Sebastián a Madrid sentado solo en uno de los asientos traseros del autobús. Los nervios, única compañía del novato durante kilómetros y horas, se esfumaron en cuanto pisó la hierba de Vallecas luciendo la zamarra y el escudo del único club de su vida, la Real Sociedad. Fue el estreno ideal, victoria por goleada (0-4) fruto de una soberbia actuación colectiva. Ahora estaba a punto de actuar en casa y ante los suyos, de vestir por primera vez de blanquiazul en Atotxa, de sentir el ensordecedor cosquilleo en la nuca de su gente. Hasta que el sueño mutó en pesadilla cuando, a los 35 minutos, vislumbró en la banda la tablilla con el número 5, el suyo. Han pasado 33 años, pero a Alberto ‘Bixio’ Górriz no se le ha olvidado todo lo que vino después.

“Nos visitaba el Sevilla, perdíamos 0-1 y Rubio, pequeño y habilidoso delantero, me estaba creando muchos problemas, así que el entrenador decidió cambiarme. Me sustituyó Iriarte y yo me hundí. Durante el descanso permanecí cabizbajo en un rincón del vestuario y allí me quedé cuando los demás salieron. De pronto vi que se acercaba el míster (Alberto Ormaetxea). Me sorprendió porque era muy poco dado a charlas, y menos de forma individual. Simplemente me dijo que era joven, que aquel era sólo un partido y que yo jugaría muchos más”. Górriz (54 años) no sólo fue uno de los centrales titulares de la gran Real de los años 80, sino que sigue siendo el futbolista que más veces, 599, ha vestido la camiseta blanquiazul.

El auténtico espíritu de aquella fabulosa Real Sociedad no anida en las copas que dan lustre a su museo. Los cimientos sobre los cuales se edifcó el mejor equipo de la historia de un club con 103 años de vida están compuestos por capas de vivencias, dentro y fuera del campo, hoy en desuso. Un glorioso libro de capítulos como el del citado estreno de Górriz o, curiosamente, el de su retirada.

“ATOTXA ES Y SERÁ SIEMPRE MICASA”
“Días antes del último partido en casa de la Liga 92-93, Toshack (entrenador galés) me dijo que no contaba conmigo para la temporada siguiente –rememora ‘Bixio’- y que para despedirme eligiera entre jugar el último partido en la historia de Atotxa (13 de junio de 1993 ante el Tenerife, 3-1) o el amistoso contra el Madrid que inauguró Anoeta (13 de agosto). Que me lo pensara. No tengo nada que pensar -le respondí inmediatamente- Atotxa es y será siempre mi casa”. Con domicilio en el entrañable y, a la vez, aguerrido Atotxa, la Real alcanzó el éxito desde su alma de familia unida, sencilla y orgullosa.

Atotxa es y será siempre mi casa”. Con domicilio en el entrañable y, a la vez, aguerrido Atotxa, la Real alcanzó el éxito desde su alma de familia unida, sencilla y orgullosa.

“Había una amistad grande entre todos y un compañerismo enorme”, recuerda Jesús María Satrústegui (58 años). A ‘Satrus’, delantero centro y todavía máximo artillero de la historia del club, 162 goles, le pellizca la nostalgia: “Hoy echo un poco en falta esa actitud de entrega hasta el fnal que se contagiaba de unos a otros y hacía muy complicado ganarnos. Esa garra, ese espíritu de superación, de lucha. Si había algún jugador que estaba fojo o tenía algún problema los demás le ayudábamos”. Arconada; Celayeta, Górriz, Kortabarria, Olaizola; Diego, Alonso, Zamora; Idígoras, Satrústegui y López Ufarte. Una alineación, un plantel integral de canteranos –Larrañaga, Uralde, Bakero, Gajate….- crecidos a orillas de La Concha que despertaron la admiración general. “Éramos muy queridos. Todos de la casa, fuimos formando el equipo desde juveniles”, señala Jesús Mari Zamora (57 años). “Además, teníamos una imagen muy buena. Y eso que nosotros rompíamos todos los patrones de márketing. Íbamos cada uno con una pinta diferente, éramos un desastre. Luego, con Toshack, la cosa cambió, llegó la elegancia británica y nos uniformamos”. “La verdad es que éramos muy normales. El fútbol era nuestra profesión, pero éramos de pueblo.

UN 4-3-3 Y ALCONTRAATAQUE El juego de aquella Real Sociedad no era precisamente el del fútbol control pero sí se apoyaba en un equilibrio físico, técnico, táctico y mental. La clave era el contraataque y el juego colectivo. La fortaleza estaba en la unión del grupo. El 4-3-3 podía ser modifcado a un 4-4-2 más conservador.

Conseguimos dos títulos de Liga (1980-81 y 1981-82), otro que se nos escapó (1979-80), una Copa (1987), otra fnal de Copa (1988), una Supercopa (1982-83), jugar diez años en Europa, con la selección… Es increíble. Un equipo con todos de allí, ¿cómo pudimos lograr tanto? Yo creo que fuera de nosotros es algo que no se ha valorado en su debida medida, es impensable”, refexiona Zamora, con sitio fjo en el olimpo realista como autor del gol que valió la primera Liga. La historia del fútbol español no se concibe sin aquel episodio del 26 de abril de 1981, última jornada, en El Molinón. El Sporting no se jugaba nada y a la Real le valía un empate gracias a un mejor coefciente goleador que el Real Madrid, cuyos jugadores ya celebraban el título sobre el césped de Zorrilla tras vencer al Valladolid (1-3).

La Real perdía 2-1 y el encuentro encaraba su minuto fnal. A la desesperada, Alonso bombea la pelota, Castro despeja de puños y el balón cae a pies de Górriz, al acecho, al borde del área escorado hacia la derecha. El central golpea fojo y mal, pero la pelota circula por el barro hasta Zamora quien, dentro del área, marca raso con la derecha. “Zamora siempre me toma el pelo con esa jugada, pero yo le digo que fue un pase a lo Laudrup de la época”, bromea Górriz. “Fue el peor tiro de mi vida y me salió el mejor pase. Tuvimos la suerte de que le fue el balón a él quien, con mucha fortuna que nunca reconoce, marcó. Obtuvimos el premio del título que se nos había negado el año anterior”. El autor de tan histórico gol va más allá en su análisis: “Es curioso, pero muchas veces compartí habitación con Satrus y se lo decía. Él era el goleador y, lógicamente, suyos los goles decisivos, pero en los tres partidos que nos jugamos títulos de Liga siempre marque yo”.

 

» EL GOL DE ZAMORA Tras perder la liga en Sevilla en la última jornada de la temporada anterior, la Real se encaminaba a una nueva decepción en El Molinón, donde iban perdiendo 2-1. El Real Madrid acababa de ganar su partido en Valladolid por 1-3 y daba por sentando el alirón. En el descuento, Górriz, agarró un balón rebotado en la frontal e intentó un tiro a puerta que acabó en los pies de Zamora. El centrocampista, con una gran calma dada la situación, controló el esférico y disparó superando a la defensa rival para marcar el gol más importante de la historia de la Real, el que valía su primera liga.

EL ORIGEN DELA GLORIA
Sevilla. En la capital andaluza, a 1.000 kilómetros de Donosti, se halla el origen de la gloria. Allí, de la amargura nació la felicidad el 11 de mayo de 1980, penúltima fecha de la Liga 79-80. El conjunto txuri urdin (blanquiazul) llegó al Sánchez Pizjuán con una marca de imbatibilidad, 32 partidos, y un punto por encima del Real Madrid. Perdió 2-1 pese a jugar los últimos 25 minutos contra nueve rivales (Juan Carlos y Blanco fueron expulsados). “Fue un partido de mucha tensión. Ellos empezaron ganando, empatamos y nos desconcertamos. Unos querían tirar para adelante, otros para atrás a defender un resultado que prácticamente nos hacía campeones y luego, en un tiro malísimo, de esos que le meten uno de cien a Arconada, aquel día le marcaron. Fue muy duro porque habíamos hecho un campeonato extraordinario y teníamos mucha ilusión. De hecho, fue el año que más nos merecimos el título”, cree Satrústegui. Hay consenso sobre los merecimientos de aquel grupo que se quedó a un paso del cielo.

El conjunto txuri urdin (blanquiazul) llegó al Sánchez Pizjuán con una marca de imbatibilidad, 32 partidos, y un punto por encima del Real Madrid.

“Ese es el año que sí teníamos que haber ganado, aunque quizás el mejor que jugamos fue el anterior (1978-79), cuando entramos en UEFA. Se nos escapó por un partido que perdimos. En Sevilla nos salió toda la tensión y la inexperiencia, y en Gijón eso nos ayudó a conseguirlo”, opina Zamora. “Nosotros ya jugábamos con el 4-3-3 de ahora, aunque no igual. En el centro del campo éramos Diego en la banda derecha, Perico Alonso en el centro y yo en la izquierda. Ahora juega un pivote por delante de los centrales y los otros dos están más cerca de ese pivote y no desplazados a las bandas. Esa es la diferencia. Y a veces pasábamos de ese 4-3-3 a un 4-4-2, con Idígoras y Satrus más dentro y López Ufarte que bajaba un poco a la línea nuestra”, explica el centrocampista de Rentería.

» UN DERBI ESPECIAL El último partido de la segunda liga consecutiva de la Real enfrentó en 1982 al equipo donostiarra con el Athletic de Bilbao en Atotxa.

“Quizás no era un fútbol de tener la pelota y a través de esa posesión llegar arriba, sino un poco más de contraataque y, sobre todo, de juego colectivo. Y es que teníamos un equipo muy equilibrado en todos los aspectos: física, técnica, táctica y mentalmente. Era un conjunto muy fuerte y eso nos daba diferentes formas de ver el fútbol y de aplicarlo”. Aquella Real hizo añicos todos los moldes. Por ejemplo, nadie asocia su propuesta con tópicos norteños tan manidos como garra, rudeza o cerrojo. Bajo el paraguas de Arconada, modelo universal de portero, defendían muy bien, sí, pero con criterio colectivo, sin maltratar la pelota y sabiendo qué hacer con ella cada vez que la recuperaban. Lo ilustra Zamora: “Para lograr éxitos se tienen que dar todas las circunstancias. Y se daban. Entre ellas, la de contar con dos técnicos como Alberto Ormaetxea y Marco Antonio Boronat (segundo). Boronat había estado en Inglaterra viendo al Liverpool y trajo cosas novedosas. En aquel tiempo ya nos entrenábamos en terreno reducido, haciendo partiditos de 2 contra 2 o 4 contra 4 como se hace ahora. Hicimos cosas importantes y mucha parte del mérito fue suya”.

FUERA DE JUEGO EN HAMBURGO
Y estuvieron a punto de hacer algo más grande aún. Zamora no olvida a Bruno Galler, árbitro suizo que les atropelló en su ruta hacia una fnal de Copa de Europa. Fue el 20 de abril de 1983 en el Volksparkstadion de Hamburgo. “Coincidió que había cuatro o cinco jugadores lesionados -Satrus, Kortabarria, yo y alguno más- y el árbitro, que nos hundió con el gol decisivo en fuera de juego”. El partido de ida de semifnales jugado en Atotxa terminó con empate a uno. En la vuelta, el marcador era idéntico seis minutos antes del fnal. Pero el juez de línea alemán que en el descanso había sustituido al lesionado auxiliar titular no señaló la posición ilegal de Von Heesen. Galler concedió el segundo gol germano y cercenó las opciones donostiarras de acceder a la gran cita continental donde esperaba la Juventus.

La serena fgura de Alberto Ormaextxea, plasmada para la eternidad en la escultura que recibe a los afcionados en el anillo exterior de Anoeta, es otro argumento básico para entender los logros de la Real Sociedad de los 80. El entrenador eibarrés, fallecido en 2005, escenifcaba el alma sobria, natural y sensata del equipo. “Aunque luego nos hemos dado cuenta de que también era muy bromista con los amigos, en el ámbito profesional era una persona muy seria, recta y trabajadora. Veía que tenía un gran equipo y no nos alteraba. Las cuatro cosas que tenía que decir las decía, pero no era un hombre de grandes charlas”, resume Satrus. Bajo el discreto liderazgo de Ormaetxea, la Real se blindó frente a todo. Dentro y fuera. A los integrantes de aquel plantel prodigioso les puede más la nostalgia de un grupo unido y un entorno limpio y entregado que la de los éxitos nunca revividos en San Sebastián.

Y hablan de ello con enorme sentimiento. “El fútbol se está alejando. En los quince años que estuve en la Real siempre tuve la sensación de cercanía. Y no sólo con los compañeros. Tengo muy buenos amigos entre la directiva de aquella época, entre afcionados, periodistas…”, recuerda Górriz. “La actual lejanía no me gusta. Algunos dicen que lo nuestro era menos profesional, pero yo me sentía profesional al máximo y lo daba todo”. “Hoy se mueve tanto dinero que hay mucho elemento alrededor que no se si hacía falta. Hace un año salió en el periódico el organigrama de la Real y no cabía toda la gente del club en dos páginas. Nosotros éramos el médico, el masajista, el entrenador y los directivos”, reivindica Satrústegui. Al fnal todo confuye en un concepto que hoy, manoseado sin pudor, asoma desvaído y vacío: el sentimiento de club, de unos colores. Que se lo pregunten a Górriz: “Yo siempre he considerado una suerte permanecer 15 años sólo en la Real. Y nunca digo que dejé el fútbol, sino que me echaron. Tenía 35 años y estaba tan a gusto que hubiera seguido de lo que fuera.

 “Hoy se mueve tanto dinero que hay mucho elemento alrededor que no se si hacía falta. Hace un año salió en el periódico el organigrama de la Real y no cabía toda la gente del club en dos páginas. Nosotros éramos el médico, el masajista, el entrenador y los directivos”,

Tuve una oferta golosa para jugar un año más en el Valladolid, pero me quedé con la satisfacción de terminar en la Real porque tuve un sabor de boca tan bueno que no quería estropearlo. Sé que en los tiempos actuales suena un poco a peloteo, pero cada partido que jugaba yo disfrutaba como un enano. Yo hubiera pagado por vestirme con la camiseta de la Real y jugar con ese escudo”. O que Satrústegui desvele por qué el goleador del club campeón no emigró a cambio de un puñado de millones de pesetas. “Es cierto que existía el derecho de retención sobre los jugadores durante dos años y que el club nos forzó a más de uno para que nos quedáramos, pero nadie discutió por ello con el presidente (José Luis Orbegozo). Entonces no había asesores, así que yo hablé con mi padre. ‘Déjate, sigue en San Sebastián, que estás muy a gusto y es buena gente’, me dijo. No dudamos. El club hacía un poco más de esfuerzo con los que éramos internacionales y punto”.

Orbegozo, fallecido en 2010, supo manejar la situación con ese estilo paternal de los presidentes anteriores a las sociedades anónimas. Lo apostó todo a la casilla de la cantera y reventó la banca del fútbol español. “Para renovar sólo hacía falta hablar con el presidente. Apalabrabas las condiciones y quedabas en ir a frmar otro día, cuando te llamaran. La palabra iba a misa. Eran otros tiempo y otro club”, relata Bixio.

» LAS JOYAS DEL MUSEO Górriz, Satrústegui y Zamora (de izquierda a derecha en la fotografía superior) fueron reunidos por 'Líbero' en el Museo de la Real Sociedad para recordar los dos campeonatos de liga consecutivos logrados hace 30 años. Los tres posan ante una réplica de la grada de Atotxa y los trofeos de las dos ligas. Entre los tres suman 1.290 partidos en Primera División con la Real Sociedad.


RECEPCIÓN DECALVO SOTELO
“Éramos un grupo de amigos que íbamos vestidos normal, de vaqueros. Nos encontrábamos con equipos todos trajeados y parecíamos una banda. Las risas que teníamos entre nosotros…”, evoca Satrus. Górriz recuerda la celebración del primer título liguero: “Como jugábamos Copa en Sevilla, desde Gijón nos fuimos directamente a Madrid. En el hotel Alcalá coincidimos con Osasuna y lo celebramos juntos”. Lo que no esperaban es que a la mañana siguiente el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, llamara por sorpresa para invitarles a una recepción en La Moncloa. La juerga pasó factura y sólo acudieron Arconada, Alonso, Zamora, Satrústegui, el entrenador, el doctor Echavarren y un directivo. “Ahora me entero –confesa Górriz- No sabía nada de esa visita, pero me hubiera gustado ir”. Así era la Real. Y así despertó en la afición guipuzcoana un fervor inigualable. “Mi mejor recuerdo es el recibimiento bestial que nos hicieron después del primer título.

Lo que no esperaban es que a la mañana siguiente el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, llamara por sorpresa para invitarles a una recepción en La Moncloa. La juerga pasó factura y sólo acudieron Arconada, Alonso, Zamora, Satrústegui, el entrenador, el doctor Echavarren y un directivo

Estoy seguro de que ni ahora se vería algo así –asegura Zamora-. Volvimos de Sevilla, aterrizamos en Vitoria, nos subimos al autobús y desde que entramos en Guipuzcoa por Oñate paramos en todos los pueblos que atravesaba la carretera. Salimos del aeropuerto a las nueve de la mañana y hasta las once y media de la noche no llegamos al ayuntamiento de San Sebastián. Empleamos 14 horas en un trayecto que se hacía en hora y media. Es algo que yo no he visto nunca. Y cuando llegamos al Ayuntamiento y bajamos había miles de afcionados. No te dejaban ni pasar y había alguien que todo el rato me agarraba. Intentaba soltarme, pero seguía agarrándome. ¿Quién será este pelma?, pensaba yo. Hasta que me di la vuelta, miré y era mi padre”. “Ha habido un antes y un después a nosotros.

Antes está la gente que fundó la Real y la dio a conocer; y después, ya con títulos, pasa a ser uno de los clubes elegidos en la historia”, sintetiza el centrocampista que, al igual que varios compañeros, lucirá para siempre en los cromos melena y bigote. “Eso era antes, me lo afeité hace diez años. Ahora todo es pelo cortito y bien puestito en la parte de arriba”, bromea Jesús Mari. Sin mechas, pero con pólvora; sin traje ni corbata, pero señorial; sin fsuras, pero abierto; sin secretos, pero impenetrable; sin fgurines, pero con estilo; sin extranjeros, pero universal; sin voces, pero ruidoso; sin forituras, pero atractivo. Así era la Real Sociedad de los años 80. Equipo total, genuino, competitivo y poderoso. Un campeón /.ï(.#)8