“Deja que todo te acontezca. Lo bello y lo terrible. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo”.
Rainer Maria Rilke
Javier Aznar.- En el verano de 2006 me encontraba en Londres. Aborrecía mi trabajo y mi novia acababa de dejarme sin que yo encontrara demasiados argumentos con los que oponer un mínimo de resistencia. Pasaba los días triste, escuchando dos discos en bucle que, lejos de levantarme el ánimo, contribuyeron a que romantizara mi melancolía por las calles de Londres: ‘Ringleader of the Tormentors' de Morrissey y ‘Desire’ de Bob Dylan. Solo me faltaba comprarme una armónica y empezar a tocar en mi ventana.
También conviví durante más semanas de las recomendables con el loro de la siniestra dueña de la siniestra pensión en la que me quedaba. El loro se empeñaba en escupir pipas cada vez que pasaba por delante de su jaula. Al principio pensé que se trataba de una casualidad, o que era algo que hacía con el resto de las tristes almas que pernoctaban por ahí. Hasta que, con el transcurrir de los días, me di cuenta de que aquel pajarraco sentía una profunda, unívoca y sincera animadversión hacia mi persona. Tampoco le puedo culpar. Era la sombra de una sombra.
ALFREDO QUINTANA»
Por las noches, sin embargo, me acercaba a cualquier bar que tuviera una televisión semidecente para ver los últimos partidos de Zidane. El astro marsellés había anunciado que se retiraría tras el Mundial de Alemania y yo asistía a ver sus últimos trucos, en esa diabólica cuenta atrás, como si se aproximase el fin de una época dorada y feliz. Un funeral de estado por fascículos. Qué podía importarme a mí ya el fútbol tras su exhibición contra la Brasil de Ronaldo, Roberto Carlos, Cafú y Ronaldinho. Después de eso, el diluvio.
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Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos.