Megido o el éxodo perpetuo

Iba para bajista de rock, se peinaba a lo afro y fue apodado, claro, el George Best español. Una ruina, 20 años en Cuba y un corazón maltrecho le han devuelto a Gijón.

Texto Raúl Román | Fotografía Archivo.- Rayano con la contracultura pese que a él pueda extrañarle, Alfredo Megido merece ser considerado algo más que un pelotero extravagante. Aunque alguien se atrevió a sugerir una comparación con George Best, cuesta buscarle acomodo en una tipología futbolística usual. Fue un atacante de eléctrico regate y buen disparo que en la década de los setenta llegó a internacional y pasó del Sporting al Granada, del Betis al Girondins francés y del Málaga al Hércules. Pero también un tipo que iba para bajista de rock, se enfrentó a presidentes rivales y propios, se peinó a lo afro, se arruinó y pasó veinte años en Cuba antes de volver a la casilla de salida con el corazón malparado. Abrocha la cremallera del chándal, besa a su esposa (“hasta luego, mami”), agarra la cazadora y sale por la puerta, la misma que traspasaba de niño con la pelota a la cadera. Cuando, ya en la calle, el viento le obliga a entrecerrar los ojos y cae el orbayu, Alfredo Megido (Peñaflor, Sevilla, 1951) se atranca en una duda.

Fue un atacante de eléctrico regate y buen disparo que en la década de los setenta llegó a internacional y pasó del Sporting al Granada, del Betis al Girondins francés y del Málaga al Hércules. 

No puede ser que el chico que bajaba cada día a jugar al fútbol, hiciera frío, viento o nevara, sea hoy el sesentón que se impone cada día un paseo por la ribera del Arlos en Avilés. “Pero soy asturiano. Lo llevo en mi genoma”, dice, y sonríe. Genoma. No es el término que uno espere escuchar a un exfutbolista español setentero. Se confirma el lugar común: Megido siempre fue distinto. A la derecha, en unas aguas poco solemnes, unos patos pelean con restos de basura. Por eso prefiere girar la vista a la izquierda. Por eso y porque ahí se topa con La Toba, un complejo deportivo de varios campos que fue criadero de muchos futbolistas asturianos en el que hoy entrenan el Avilés o el Llaranes.

Megido pinta su niñez como feliz; inevitable cuando un niño que sueña con ser futbolista quema las horas con un balón. Alfredo el guaje lo hizo en La Toba. Y en el gran patio del colegio de los Salesianos, construido con carbonilla: “Era una escoria que sobraba de la fundición, de los altos hornos, que se pulía y con ella se hacían algunos campos. Era terrible, nos desollábamos las rodillas. Nos juntábamos a la vez 300 niños jugando”. Porque todos los niños, y había muchos, practicaban algún deporte en el Poblado de Ensidesa, hoy Llaranes, un barrio de Avilés que había pasado de poco más de 20.000 habitantes a finales de los años 40 a 82.000 de principios de los 70. La culpa fue de la Empresa Nacional de Siderurgia S.A., Ensidesa, creada por el Instituto Nacional de Empleo en 1950. Familias de toda España llegaron hasta la ría avilesina atraídas por la necesidad de mano de obra para la fabricación de acero.

Ése, que no puede recordar, fue el primer éxodo de Megido; en realidad, un retorno. “Éramos cinco hermanos, y los dos más pequeños nacimos en Sevilla, en Peñaflor, donde mi padre trabajaba en una mina de cobre del grupo Duro Felguera. En 1953, cuando yo tenía un año, le ofrecieron regresar a Asturias y volvió. Él, Aladino, era de Turón y mi madre, Concha, de Carbayín. Y mis cuatro abuelos, todos asturianos. Soy de sangre asturiana y criado en Asturias”. En la adolescencia impetuosa y futbolera, el chico al que dicen “Megi” solo admite un papel protagonista. “Me gustaba jugar cerca del balón, me daba igual el puesto. Siempre fui delantero. Creador de juego, regateador. Tenía velocidad, aunque no fondo. También creo que tenía buena panorámica para ver el fútbol”.

 En la adolescencia impetuosa y futbolera, el chico al que dicen “Megi” solo admite un papel protagonista.

Siempre anduvo por delante: con edad de juvenil de primer año, jugaba con los de tercero. Por un acuerdo entre la escuela del equipo de la empresa y el Sporting, que tenía preferencia para elegir jugadores, Megido viajó a Gijón a enrolarse en sus categorías inferiores. El camino ya lo habían transitado antes, entre otros, dos amigos algo mayores que él: el portero Jesús Castro y su hermano Enrique, al que todos llaman Quini, implacable rematador en el área. “Ellos vivían en la calle Río Pires, y yo dos más allá, en la calle Oviedo”. Pero la marcha de Megido a Gijón no se resolvió de forma instantánea. Estaban las cuerdas de guitarra. La electricidad. Los Deep Sounds. “Éramos unos locos pequeños, amigos del colegio y agregados. Yo empecé con 15 años. Ya habíamos tenido un grupo antes llamado Los Arcángeles.

Todos queríamos ser músicos, era la época fuerte de Los Beatles”. Jorge “Koki” Álvarez lideraba un combo con gusto por el soul capaz de versionar a la Creedence, Los Ángeles, Jimi Hendrix o el Move de los belgas de origen portugués Jess & James, amén de algún tema propio como Marujina. “Yo me especialicé en la guitarra baja. Llegamos a ser nueve individuos. Teníamos tres instrumentos de viento y un pianista profesional. El grupín fue a más. Hubo un momento en que sonó muy bien. Pero éramos muy chicos. Nos habían hecho ofertas para tocar fuera de Asturias, pero a varios no nos dejaban salir de casa”. En plena efervescencia de la banda, que llegó a ser entrevistada en un par de ocasiones en La Nueva España por un joven Lalo Azcona (más tarde presentador de Informativos de TVE), es cuando ocurren casi a un tiempo la llamada del Sporting… y el fallecimiento del padre de Alfredo. “Fue un momento amargo. Antes de morir papá yo ya dudaba si dejar el grupo, pero con aquello había que tirar del carro. Decidí dejar la guitarra, la púa y el amplificador y dedicarme al fútbol. Y tuve suerte”.

*Texto completo en Líbero 26:

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