Nostalgia en las gradas

Cambiar de asiento en el estadio equivale a cambiar de colegio en plena adolescencia. El escritor Javier Aznar se pregunta si el anónimo acomodador que le acompañó 24 años en su antiguo asiento le echa de menos.

Ilustración Artur Galocha

Javier Aznar.- Llevo siendo socio del Real Madrid desde 1994. 24 temporadas entrando por la misma puerta. He visto muchas cosas durante todo este tiempo: noches gloriosas y noches de almohadillas. He visto a Zidane de corto y de traje. He visto una evacuación del estadio por un aviso de atentado. He visto un partido de 6 minutos. He visto a Laudrup y a Figo de blaugrana y de blanco. He visto una ovación a Ronaldinho. He visto un River-Boca. He visto la gravesinha. He visto ocho balones de oro, siete Champions, dos Ronaldos y un Coentrao. He visto a Liam Gallagher saliendo expulsado por besar a un guardia de seguridad. He visto remontadas épicas y dolorosas derrotas. He ido como niño, como adolescente, como universitario, como protoadulto y como lo que sea que soy ahora. He conocido el delirio, la elevación y el mazazo de la desolación. Este año, tras 24 temporadas en los mismos asientos, decidimos cambiar nuestros sitios. Ahora veo el fútbol mejor. Pero mentiría si dijese que fue una decisión fácil.

Este año, tras 24 temporadas en los mismos asientos, decidimos cambiar nuestros sitios. Ahora veo el fútbol mejor. Pero mentiría si dijese que fue una decisión fácil.

Cambiarse de asiento tiene algo de primer día en un colegio nuevo. Todo te parece fascinante y brillante de nuevo. Vas con los ojos muy abiertos y recobras esa capacidad de asombro que la rutina había deslustrado. Te mueves entre la emoción y los nervios por los nuevos compañeros de pupitre. Todo es distinto: los olores, la luz, la temperatura. Hasta la perspectiva de tus recuerdos cambia. Justo detrás de mis antiguos sitios se sentaba un imbécil que no paraba de insultar a los jugadores que más odiaba del Madrid. Que fueron muchos y variados. Respiré aliviado cuando por fin lo perdí de vista. En mis nuevos asientos, sin embargo, descubrí enseguida que tenía al lado a otro aficionado inquietantemente parecido, con la misma manera de ver y de vivir el fútbol, y con similares filias y fobias. Ni siquiera me concedieron el placer de la novedad. Aprendí una valiosa lección: el mundo gira, la imbecilidad permanece. A todos nos toca un tonto cerca. Puedes huir, puedes esconderte, pero no puedes escapar. Ya lo dijo Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”.

A todos nos toca un tonto cerca. Puedes huir, puedes esconderte, pero no puedes escapar. Ya lo dijo Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”.

Pero la peor parte de todo este traslado, confieso, ha sido despedirme de alguien que realmente no conozco. Solo sé que es calvo y que tiene un frondoso bigote. Ni siquiera sé cuál es su nombre. Hablo del acomodador de mi antigua zona. Nunca intercambiamos más de cinco palabras seguidas. Nos estrechábamos la mano al entrar y al salir, justo antes de hacerme un amable recordatorio del siguiente partido: “Hasta el martes” o “Nos vemos en dos semanas” cuando había un parón de selecciones con el que no contaba. Nunca hacía más comentarios. Si perdíamos, solo una mirada de resignación. Si ganábamos, una leve sonrisa. Pero sin llegar nunca a ponerse sentimental. Al fin y al cabo, estaba de servicio. Porque se tomaba muy en serio su trabajo. Siempre atento a que la gente circulara con fluidez, encontrara su localidad con facilidad y que no se formaran atascos en las escaleras. Pastoreando a las masas. Haciéndose entender al primer ladrido con cualquier aficionado de cualquier nacionalidad.

Aunque pueda parecer una estupidez, todos los fines de semana que voy ahora al Bernabéu, sin excepción, sentado en mis nuevos asientos, me pregunto si él pensará en mí. Si habrá reparado en que ya no estoy.

Siempre me invadía una extraña sensación de tranquilidad cuando me lo encontraba, con su sempiterno peto naranja, los días grandes en los que yo llegaba como un flan antes de una Juve o de un Bayern. O cuando lo veía después de las vacaciones de verano, en el primer partido de temporada. Tenía un efecto balsámico, como llegar a casa tras un largo viaje y soltar las maletas. Aunque pueda parecer una estupidez, todos los fines de semana que voy ahora al Bernabéu, sin excepción, sentado en mis nuevos asientos, me pregunto si él pensará en mí. Si habrá reparado en que ya no estoy. Si creerá que puse un precio a mi madridismo y que ahora veo los partidos desde el sofá de casa. Si le decepcioné. Si pensará que me cansé de ganar Champions y de perder Ligas. Si, cuando está pastoreando guiris, echa un vistazo furtivo a mis asientos y se pregunta si cedí mis asientos y si volveré el año que viene. No pocas veces he barruntado la posibilidad de pasarme a saludar, pero al encontrarme ahora en la otra punta del estadio no es una tarea fácil desde un punto de vista logístico.

Aunque pueda parecer una estupidez, todos los fines de semana que voy ahora al Bernabéu, sin excepción, sentado en mis nuevos asientos, me pregunto si él pensará en mí. Si habrá reparado en que ya no estoy

Además, tampoco sabría bien qué decirle llegado el momento. “Solo he venido a verte” suena un poco ridículo. Esto no es Love Actually. Solo me falta ya plantarme en Navidad en la puerta de su casa con una minicadena y unos carteles: “Dile a tu mujer que son unos niños cantando villancicos”. Creo que optaría por no decir nada. Me conformaría con un sencillo y escueto “Hola” y volver a estrechar su estropajosa mano. El fútbol es algo extraño y maravilloso. Hay quien dice que es aburrido y poco emocionante. No sé. También los hay convencidos de que la Tierra es plana y de que nunca llegamos a la luna. Un amigo, al que suelo invitar habitualmente al campo desde que nos conocimos en 2004, me dijo el primer día que vino a los nuevos asientos, mirando en derredor: “Qué pena que ya no esté el señor de bigote”. Sonreí, levemente, como hacía él los días que ganábamos. Luego nos pusimos en pie a aplaudir a los jugadores cuando saltaron al campo. Nunca estamos tan solos. Supongo que, de alguna forma, también se refería a esto el que escribió el himno del Liverpool. •