Petar Borota, el portero abstracto

Fue un Higuita dos décadas anterior. Dicen que encajó un gol por ir a recoger una gorra dentro de la portería con el balón en las manos. El que fuera elegido mejor jugador del Chelsea en 1980 y 1981 es una fuente imparable de historias tan surrealistas como los lienzos que pintaba.

Texto Alberto Cabello | Fotografía Cordon Press.- En el verano de 1992, Manuel de Irigoyen fichó para el Cádiz a un portero croata de nombre Zoran Varvodic, que la verdad no es que dejara muy buen recuerdo a la afición del Ramón de Carranza. Eso sí, casi nadie de los que iban en aquella época al estadio podrá olvidarle por lo estrambótico de sus equipaciones y por un gesto que atemorizaba a toda la grada. De repente, y sin explicación sensata posible, el guardameta, cuando tenía en las manos el balón, lo lanzaba al aire y lo volvía a atrapar en un gesto de malabarista que metía el miedo en el cuerpo a los seguidores amarillos. “Es que los porteros son así, están un poco locos”, contaban los más veteranos haciendo suyo un dicho que se ha mantenido durante mucho tiempo. Joseba Real de Asúa, un apasionado de todo lo que rodea a los cancerberos teoriza sobre ese tópico: “La mayor parte del entrenamiento de un portero se basa en potenciar el cerebro inconsciente para que sea el que actúe en el partido. Potenciar el inconsciente significa no utilizar la parte consciente, “la razón”, es entrenar al hasta ahora llamado “loco” que llevamos dentro para que sea él el que actúe”.

¿Y Petar Borota? ¿Fue un portero loco o un loco que jugó de portero? Quizá sería mejor definirle como un portero abstracto ya que además del fútbol se dedicó a la pintura, precisamente en ese estilo, hasta el punto de que sus obras fueron expuestas en una galería de Londres a principios de los 80. Sus obras transmiten cierto desasosiego ya desde el mismo título: ‘Vértigo’ o ‘Confusión’. Producen desazón y angustia; es una abstracción desordenada, caótica, casi esquizofrénica. Fuera lo que fuese, este serbio, que jugó en la city entre 1979 y 1982, es un ídolo para la afición del Chelsea. Hace unos años, el club puso en marcha una iniciativa para elegir un once mítico en la historia del club y la afición no tuvo dudas; con el número uno: Borota. No ganó ligas, no levantó copas, ni siquiera consiguió ascensos; todo lo contrario, sufrió descensos. Sin embargo, los seguidores de cierta edad de los blues tienen a este guardameta como eso, un mito. No es para menos, cuando los que acudían a sus partidos asistían atónitos a escenas tales como que antes de sacar en largo golpeaba el balón en el larguero de su propia portería o despejara a córner con la cabeza en lugar de con los puños. De él cuentan que una vez se marcó un gol en propia puerta porque la gorra que llevaba puesta salió volando hacia la portería y entró a recogerla con el balón en las manos. Era un portero que ya llamaba la atención desde su vestimenta de juego, puesto que usaba unos pantalones a la altura de la rodilla que le cosía su madre.

Borota llegó a exponer cuadros como este en galerías de arte de Londres. Sus
composiciones reflejan su personalidad.

El guardameta serbio trazó su vida y sus paradas en un estilo muy parecido al de su pintura. Comenzó su carrera en equipos modestos de Belgrado hasta que en el verano de 1976 fue fichado por el Partizan. Igual de decisivos que los goles de Moca Vukotic y Slobodan Santrac fueron las paradas de Petar Borota (sólo encajó 19 goles en 34 partidos) para que el equipo blanquinegro lograra el título de liga en la temporada 1977-78.

EL SERBIO LLEGÓ EN 1979 A LONDRES, UNA CIUDAD Y UN BARRIO IMPREGNADO POR LA CULTURA PUNK Y LA MÚSICA DE LOS SEX PISTOLS, UNA EFERVESCENCIA QUE ANIMA SUS AÑOS MÁS PROLÍFICOS COMO PINTOR. EL PORTERO ERA UN ÍDOLO EN ESE AMBIENTE.

De aquella época ya cuentan alguna excentricidad como la de que se compró un Citroen CX sin los permisos en regla y en una ocasión llegó al entrenamiento escoltado por la Policía, después de una persecución de más de una hora. No tardó en llegar a la selección, pero en su estreno encajó cuatro goles en un partido loco en el que Yugoslavia venció a Rumanía 4-6 en Bucarest. El partido se disputó el 13 de noviembre de 1977 y 13 días después España visitó Belgrado. El seleccionador sacó a Borota de la alineación y puso en su lugar a Katalinic, que fue quien encajó el famoso gol de Rubén Cano. Sin duda fue 1978 el año en el que se ganó su reputación de portero abstracto. En la primera ronda de la Copa de Europa, el Partizan viajó a Dresden para disputar el partido de vuelta ante el Dynamo después de ganar 2-0 en la ida. En el minuto 8, Borota atrapó una pelota y la situó en el área pequeña como si el balón hubiese salido fuera. Se retrasó cinco metros para tomar impulso y sacar con fuerza, pero el delantero Hans Jurgen Dörner tuvo tiempo de marcar a puerta vacía. Los yugoslavos acabaron siendo eliminados en los penaltis por los de la Alemania Democrática; “Mi estilo de juego no es ninguna
broma, no estoy loco”, dijo entonces en una entrevista.

Resulta complicado de creer que un portero profesional cometa errores tan esperpénticos, sin embargo YouTube delata al infractor. No solo en el partido contra el Dynamo Dresden. Sólo unos meses después, Borota comete una pifia parecida en un derbi ante el Estrella Roja. Después de atrapar un balón por los aires tras chocar con un delantero rival, coloca el balón en el suelo, creyendo que ha sido falta y vuelve a tomar impulso para sacar. El inesperado regalo no lo despilfarró Milos Sestic que marcó el primer gol del partido. Dos teorías circulan sobre la jugada: que el portero oyó un silbido e interpretó que era el del árbitro pitando falta o que fue el propio delantero el que le dijo que se había pitado la infracción para engañarle. Una temporada horrible del Partizan, que casi le lleva a Segunda División, además del lastre de dos errores tan considerables precipitaron el traspaso de Petar Borota al Chelsea por 70.000 libras en marzo de 1979. El serbio llega a una ciudad y a un barrio impregnado por la cultura punk y la música de los Sex Pistols, una efervescencia cultural que animan sus años más prolíficos como pintor. El portero era un ídolo para muchos de los que solían frecuentar ese ambiente. Los jóvenes le pedían que les firmara un autógrafo en las manos y luego con ese garabato iban hasta una tienda de tatuajes para encargar una reproducción del mismo en alguna parte de su cuerpo. Gracias a sus soberbias paradas, los blues consiguieron empatar a cero nada menos que con el Liverpool el día que debutó en Stamford Bridge, aunque muy pronto los seguidores de los blues descubrieron que el serbio estaba lejos de ser un portero académico. Borota fue un Higuita con casi dos décadas de adelanto: se atrevía a regatear a los delanteros rivales, conducía el balón hasta el medio campo…, “lo más importante para un portero es parar el balón. Da igual que sea con las manos, la cabeza o el culo”, contaba cuando le preguntaban por su peculiar estilo. Fue elegido mejor jugador del Chelsea en los años 80 y 81, pese a que dejó para el recuerdo alguna escena incomprensible.

Cuentan que en un partido ante el West Ham, cuando su equipo ganaba con suficiencia, decidió sentarse en el banquillo y ponerse a leer la prensa. El padre de Frank Lampard, por entonces jugador de los Irons, estuvo a punto de marcar un gol desde su propio campo ante la surrealista decisión de Borota. Algunos viejos aficionados del Chelsea también recuerdan un encuentro ante el Rotherham United, que presuntamente jugó el serbio después de dejar sin una gota una botella de vodka. Ese día Borota recibió seis goles… Después de su etapa en el Chelsea, pasó por varios equipos en Portugal y hay quien lo sitúa en Sudáfrica como entrenador.

A mediados de los años 90 regresó a Belgrado, donde regentó una tienda de perfumes en un hotel, después de que el Partizan no tuviera en cuenta su propuesta de ser entrenador de porteros. Siguió pintando y hay reseñas de alguna exposición en su ciudad natal. También existe constancia de su paso por la cárcel después de verse implicado en el robo de obras de uno de los mejores pintores serbios, Pavle Jovanovic. Gracias a la ayuda de Vujadin Boskov, el exentrenador del Real Madrid, y de Sinisa Mihajlovic, actual técnico del AC Milan, pudo marchar a Génova a intentar rehacer su vida sin mucho éxito. Su hermana recuerda sus últimos días en Italia como un hombre enfermo, deprimido y obsesionado por pintar. Petar Borota, el portero abstracto, murió en febrero de 2010 a los 56 años. •