Javi Roldán.- Mauricio Pochettino (Murphy, Argentina 1972) viene de dirigir a Messi. Dirigir a Messi, eh, qué sueño. Hacia su labor late el eterno interés del Real Madrid por contratarle desde hace unos cuantos años. Antes de telefonearlo subo la guardia porque, a esos niveles, me espero un elitista. Pero descuelga la videollamada y lo primero que tiene para mí son palabras de felicitación por un artículo que bien podría haberle ofendido, puesto que reparto cierta estopa a su gremio, los entrenadores profesionales, llamándolos frikis. Luego le hablo de un amigo mío, ex futbolista con quien compartió entrenamientos hace como un siglo, en el Espanyol de 1997. Lo hago sin mucha esperanza porque aquel canterano no prosperó; sin embargo, se acuerda perfectamente del joven Valbuena y me pide que le mande un fuerte abrazo. Ya durante la charla, le incido en que llevó al Tottenham a una final de Champions, pero me recalca con tacto que los éxitos conseguidos no son suyos, sino de ellos: “Los jugadores y todo el cuerpo técnico”. Me inyecta humanismo en vena. El actual seleccionador de Estados Unidos encara el Mundial con un reto que les va a enamorar.
Usted jugó con Maradona. Me gustaría saber qué se siente.
Siempre digo que yo he sido un afortunado de la vida, que me puso en la situación de coincidir con Diego. Cuando él te da un balón suceden en ti esas cosas intangibles, que nadie puede llegar a conocer porque la palabra no alcanza. La satisfacción más grande es saber que uno está entre los pocos que han sentido esa creación, ese talento, esa energía que Dios o el universo han posado sobre una persona.
Decía Robinson que, ojo, no siempre es fácil jugar con alguien así.
Eso es porque tienes que interpretar lo que el genio está pensando. Aunque hay dos clases de genios. Por un lado están algunos como De la Peña, que te generaba la trayectoria para que el balón te encontrase y tú solo tenías que correr, da igual que fueras un burro. Y luego están los Ronaldinho o el propio Maradona, que van mucho más avanzados. Ellos juegan en un plan diferente, son imprevisibles, entonces tú tienes que estar constantemente pensado qué pueden crear.
INGLATERRA» En su etapa en los banquillos ingleses.
Usted jugó también con Ronaldinho. Era un proyecto ambicioso, aquel PSG, aunque fue breve porque Luis Fernández acabó enemistado con las estrellas (también Robert y Anelka) y salieron todas. ¿Qué opina de esa gestión?
Es que en los análisis tendríamos que hablar de culturas. Si tú vas a Francia, el país se distingue por sus pilares fundamentales. Uno de ellos es la igualdad: allí todo el mundo piensa que es igual al otro. Pero el problema es que en un equipo eso no puede ser algo obligatorio, porque jugadores diferentes como Mbappé o Neymar tienen que tratarse diferente, ya que son quienes nos van a dar el punto de talento y jerarquía necesarios que, en los momentos determinantes, te hace ganar. Entonces el cuerpo técnico tiene que entender que estos jugadores interpretan el fútbol de una manera distinta, y respetarlo. Y también tenemos que hacer entender al grupo que ellos son especiales y por eso tienen que tener un trato especial. Aunque tampoco echo toda la culpa a Luis Fernández de que aquello no funcionase, porque él era francés.
«El ego es lo que usa el gran futbolista para tomar buenas decisiones en momentos de dificultad, donde otros dudan. A los entrenadores a veces nos falta un poco de humildad para aceptar esto, y ponemos nuestro ego por delante al de los jugadores, en lugar de tratar de comprenderlos»
Sin ir más lejos, su gestión de egos en el PSG de Messi, Neymar y Mbappé fue distinta.
Lo que nosotros hicimos durante un año fue, a través de mostrarles confianza, ser los guardianes de una gestión de ego entre los grandes jugadores que de por sí es muy equilibrada. Ellos tienen la tranquilidad de generar situaciones naturales fuera del campo que, cuando están dentro, se vuelve capacidad de entendimiento y resolución. Y es que el ego es lo que usa el gran futbolista para tomar buenas decisiones en momentos de dificultad, donde otros dudan. A los entrenadores a veces nos falta un poco de humildad para aceptar esto, y ponemos nuestro ego por delante al de los jugadores, en lugar de tratar de comprenderlos.