Diego Barcala.- Yo creía que era algo que solo me pasaba a mí. Incluso sentía cierto pudor inconfesable por conservar en la treintena esa admiración infantil. Mi ídolo había convertido en mágico para el resto de mi vida cosas aparentemente sin alma como el número 5. Guardaba en algún cajón su póster, su camiseta de la selección y la pena de no haberle visto con Zidane en el centro del campo. Y de repente, casi una década después de la retirada del héroe, me vi entrevistando en 2012 para el número inaugural de Líbero a un músico, un tipo reflexivo de entonces 38 años, de profundo conocimiento lírico de la vida que entre anécdotas futboleras confiesa: “Cuando lo vendieron me fui a manifestar al Bernabéu y colgué su camiseta en la valla como protesta. Mi novia no se lo podía creer”. A Quique González también le había pasado. No estamos solos, pensé. De hecho hay una legión de madridistas que piensan que Fernando Carlos Redondo Neri, al que dicen que apodaban “El Príncipe” en Argentina, es el gran ídolo de muchos madridistas.
La pregunta es obvia ¿Por qué? No está en ninguno de los grandes registros estadísticos del club; no marcaba goles (apenas cinco en seis temporadas); tampoco tiene un vídeo de YouTube de asistencias decisivas; fue capitán del equipo pero tampoco está entre los que más partidos atesora (228 en total), sí levantó dos Copas de Europa pero tampoco protagonizó apodos periodísticos en su generación como “Di StéfanoPuskasyGento”, la Quinta del Buitre, la BBC o la santísima trinidad de Casemiro, Kroos y Modric. Entonces, ¿qué tenía Redondo? Acudo de nuevo a Quique González. Han pasado 13 años desde aquella entrevista en un bar junto al Teatro Lara de Madrid. Ha contado ya mil veces la anécdota de la camiseta de Redondo. Le pregunto:
-Quique, ¿qué tenía Redondo?
-Elegancia. Tenía un porte de gallo fino y una manera de caminar dentro y fuera del campo que solamente se puede comparar con la de Denzel Washington. Era un auténtico maestro tirando paredes pese a que no le vimos dar un pase de dos metros con la pierna derecha en toda su carrera. La pisaba de maravilla y era imposible quitarle la pelota. Recibía el balón con la zurda, amagaba con la cintura y hacía ese giro mágico de tobillo de dentro a fuera que dejaba al rival a punto de pedir el cambio. Transmitía autoridad, compromiso y respeto por el juego. Tenía una conexión constante con el partido que contagiaba a todo el equipo y a todo el estadio. Le llamaban “El Príncipe” pero una vez le vi saliendo del restaurante Portobello y al verlo alejarse me recordó al mejor actor del mundo rodando una escena de una película de gángsters.
«Tenía un porte de gallo fino y una manera de caminar dentro y fuera del campo que solamente se puede comparar con la de Denzel Washington», confiesa el músico Quique González.
Efectivamente, era el jugador más elegante que se ha vestido con la camiseta blanca.

CAPITÁN» Redondo en su última temporada de blanco.
Redondo llegó al Real Madrid en la temporada 1994/1995 tras cuatro ligas en Canarias. Era el verano de Jorge Valdano en el banquillo cumpliendo la promesa que había lanzado tras el amargo final de la liga anterior, la segunda de Tenerife: “Espero devolverle algún día al Real Madrid algo de lo que le he quitado”. Por cierto, el exentrenador se arrepiente de la frase: “No fue afortunada porque en realidad yo no le quité nada al Madrid, fueron los jugadores”, recuerda. El exjugador del Madrid exigió el fichaje de su compatriota incluso llegando a un amago de dimisión si no se cerraba la transferencia.
El público del Bernabéu, siempre con el escáner activado, no recibió bien ese empeño del entrenador y recibió con recelo al mediocampista. Entre la presión por ser un fichaje caro y las lesiones continuas en su inicio madridista a Redondo algunos le veían cada vez con más cara de Prosinecki. La adaptación no fue nada fácil para el mediocentro al que su gran virtud, la elegancia, tampoco le ayudó de primeras con un público más inclinado al fiable y discreto Luis Milla. Además, el equipo, girando alrededor de Michael Laudrup, jugaba de cine en su ausencia.*
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