Heredia, el seleccionador fusilado en 1936

Entrenador de España en dos partidos internacionales y directivo fundamental para el fichaje de Zamora por el Español. Heredia fue asesinado en una cuneta de León en 1936 acusado de masón y republicano. Hay datos sobre su enterramiento pero los restos de este personaje clave de la prehistoria del fútbol español siguen desaparecidos.

Diego Barcala.- Cuando le arrastraron por la celda de San Marcos intentando callar sus gritos de clemencia sus verdugos desconocían que al funcionario de Hacienda acusado de masón e izquierdista que iban a asesinar en nombre de Dios y de la Patria había sido el seleccionador nacional de fútbol. Joaquín Calixto Heredia Guerra (Madrid, 1895 – León 1936) fue entrenador interino durante dos partidos de España en 1923. Era la época de Zamora, Samitier y Monjardín y de la selección que había conseguido la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes con Pichichi y compañía. El fútbol empezaba a ser un deporte de masas, afloraban las revistas deportivas, los estadios se llenaban con miles de espectadores y comenzaban las rivalidades. Heredia fue secretario de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) presidida por David de Ormaechea con Luis Argüello de tesorero. Este trío se hizo cargo del equipo nacional para ganar a Francia en San Sebastián en enero de 1923 y perder ante Bélgica en febrero del mismo año en Amberes, repitiendo derrota ante los verdugos del oro de los JJOO de tres años antes. Vicente del Bosque, sucesor de Heredia casi un siglo después e hijo de represaliado del franquismo, presentó en 2011 un libro que narraba la historia de Joaquín Heredia. Es el único recuerdo que el fútbol español ha dedicado a su víctima de la violencia.

“Se interesó mucho por el personaje y después de la presentación me llamó para ampliar algún dato biográfico que había encontrado por la federación”, recuerda José Luis Gavilanes Laso, autor de ‘¿Qué fue de Joaquín Heredia? Prototipo de paseado de la Guerra Civil’ (Editorial Lobo Sapiens). Gavilanes se topó por casualidad con la faceta futbolística de Heredia. “Vi que había estado en la federación y comprobé que había sido seleccionador en un libro de Félix Martialay”, recuerda de su investigación. Como secretario de la RFEF Heredia viajó por toda España viendo los partidos de las ligas regionales, apagando fuegos de una liga descentralizada en la que la selección generaba constantes conflictos al llamar para partidos internacionales a jugadores de todos los equipos. “Alcántara no pudo acudir por tener exámenes el lunes en Barcelona, según ha afirmado Samitier”, explicaba el corresponsal del diario La Voz en San Sebastián la víspera del partido España-Francia en Atocha que Heredia vio desde el banquillo. Antes del partido, Heredia fue el encargado de entregar un ramo de flores a los rivales. Así quedó inmortalizado en una de las pocas fotografías que se conservan de él.

El triunvirato que Heredia formaba con Ormachea y Argüello cosechó la enemistad de casi todas las federaciones regionales. Uno de los conflictos más importantes llegó desde Barcelona por el fichaje más caro de la historia –entonces casi prehistoria- del fútbol español de la época. Ricardo Zamora, después de tres años en el FC Barcelona volvió al Español por 5.000 pesetas de las de 1922. Una fortuna inmensa de los años 20 que llevó a Heredia a mediar entre los dos equipos catalanes. Zamora se fue al Español, club en el que se había formado desde los 15 años, tras pedir un aumento al Barcelona, pero los azulgranas no estaban dispuestos a dejar escapar a la estrella. Alegaron duplicidad de fichas y pidieron la sanción del guardameta para que no pudiera jugar con sus rivales. Heredia, abordado por un periodista deportivo de La Jornada Deportiva (periódico de Barcelona) en un partido amistoso del Racing de Madrid, se vio obligado a explicar el arbitraje de la federación: “-¿Quiere usted decirme, querido secretario si es rigurosamente cierta la noticia de la descalificación de la federación catalana del guardameta nacional, Ricardo Zamora?

-Puede usted ratificarla en su periódico. La directiva nacional ha entendido que en este jugador no existía duplicidad de licencias, como aseguraba la Federación Catalana que le castigó por tal motivo, y en este sentido ha creído su deber levantar la descalificación que sobre Zamora pesaba.

-¿Pero entonces en que se fundó la Catalana para proceder como lo hizo?

-A su entender la licencia que Zamora firmó por el R.C.D.E., era la segunda, puesto que antes habrá firmado otra por el F.C. Barcelona, y esto si materialmente es cierto, legalmente es muy discutible, puesto que como usted bien sabe, un jugador que continúa jugando con un club no tiene necesidad de firmar su licencia si ha de continuar defendiendo los mismos colores”, explicaba Heredia en la entrevista.

Crónica del España Francia de 1923 en San Sebastián

Eran años de conflictos constantes en un deporte que se debatía entre el profesionalismo y el amateurismo. Una de las estrellas del Real Madrid y de la selección de entonces, Monjardín, abogaba con fiereza por el amateurismo porque consideraba que si se profesionalizaba el fútbol, cualquiera podría participar en el ‘sport’. En el vestuario madridista, Monjardín enfrentaba su postura con la de Perico Escobal, republicano convencido que defendía la profesionalización, apertura del fútbol y la obtención de derechos laborales de los trabajadores del balompié.  

Heredia estuvo casi un lustro vinculado a la federación y tras varias asambleas conflictivas dejó el cargo a mediados de los años 20. El fútbol era un ocio para él, suponemos que una pasión procedente de su juventud. Ningún documento conocido hasta ahora explica el origen de su afición por el fútbol pero las crónicas de los periódicos de la década anterior a su participación federativa hablan de dos jugadores juveniles, de apellido Heredia, que llamaban a las puertas del primer equipo del Madrid. Es una suposición, pero si se confirmara que uno de esos Heredia es Joaquín Heredia, los restos desaparecidos en una cuneta de la Guerra Civil albergarían además de a un seleccionador, a un exjugador del Real Madrid.

-“¡Me van a matar! ¡Me van a matar! ¡Ayudadme!”. Esas fueron las últimas palabras que escucharon de él sus compañeros de celda. Lo recuerda el poeta Victoriano Crémer en su autobiografía ‘Ante el espejo’.

Heredia, madrileño, vivía en León donde había obtenido una plaza de funcionario en Hacienda. Militaba en Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña y reconoció haber participado en un mitin aunque negó haberlo presidido como le acusaban. Tras una detención inicial, seguida al golpe de Estado del 18 de julio de 1936, había sido liberado. Heredia se movió rápido y consiguió cartas en su favor de la Iglesia e incluso de la Cruz Roja, donde había participado atendiendo a heridos de los dos bandos en la revolución de 1934. Pero los golpistas le acusaron de masonería y eso fue suficiente para culminar su asesinato en un lugar indeterminado de Mansilla de Mulas, donde fueron a parar cientos de presos sacados del hoy parador de San Marcos.

Heredia confiaba en su puesta en libertad y cuando fue llamado en su celda durante una madrugada de noviembre no esperaba a la muerte. “De modo, que cuando una noche, ya pasadas las doce, que es hora de brujas, de beatas y de supersticiones, abrieron la puerta de la celda y dos carceleros de uniforme, llamaron a Heredia, todos aceptamos que, aunque intempestiva, la hora de su excarcelamiento había llegado. Y se dispuso a recoger su hatillo.

-¿Para qué, si para donde va no lo va a necesitar?

Fue como una revelación. Y se le rompieron los cordajes de la templanza, de la discreción, del valor. Y dio tal grito, que todos nos estremecimos como si nos hubieran arrancado la piel”, recuerda Crémer de la última vez que vio a Heredia.

Casi nueve años después de su asesinato, Heredia fue exculpado “por falta de pruebas” del supuesto delito de pertenencia a la secta masónica. El exseleccionador nacional es una de las miles de víctimas del franquismo cuyos restos siguen desaparecidos. Las investigaciones dicen que sus huesos pudieran estar en la finca La Mata del Moral, un extenso terreno protegido a 50 kilómetros de León propiedad de la Fundación Octavio Álvarez Carballo donde el exministro franquista Manuel Fraga solía acudir a cazar. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica aspira a poder recuperar cerca de 150 cuerpos de fusilados en la zona.