Senegal frente a la nostalgia de 2002

Pocos en Dakar confían en su selección. El peso del éxito de los cuartos de final en Corea y Japón pesan. Pero todavía pesa más que hasta 10 jugadores del equipo actual hayan nacido en la exmetropoli Francia.

*Texto Fernando Mahía | Fotografía The Asahi Shimbun/Getty Images.-Era un 16 de junio de aquel caluroso junio de 2002 en Corea y Japón, el verano de Al-Ghandour, las camisas de Camacho y el penalti de Joaquín. En Ōita, el gol de Larsson, minuto 11 de la primera parte, fue como la súbita ráfaga de viento que anuncia la galerna: el primer y último aviso para ponerse a cubierto. Quizás porque las galernas no llegan tan al norte, los suecos no supieron interpretar el momento. Para ellos, aquello pudo parecer durante unos minutos el cumplimiento de los pronósticos, el gol que encarrilaba su pase a los cuartos de final del Mundial 2002. Para los senegaleses, sin embargo, el testarazo de Henrik Larsson fue la llamada al zafarrancho. La corriente fría que anuncia la tormenta perfecta. Y la tormenta, de eso no quedó duda alguna, eran ellos, los Leones de Teranga. En ese momento, el panorama de aquel Suecia-Senegal de octavos de final cambió por completo.

Como si el gol hubiese llevado la contienda a un mundo paralelo al que solo se pudo adaptar Senegal, los suecos, superados, no pudieron sino sufrir ante el torrente de fútbol senegalés que se les vino encima. La media hora posterior al gol de Larsson sobrevino en un auténtico acoso por parte de Senegal, una de las mayores exhibiciones de africanidad futbolística que se hayan visto en una Copa del Mundo. El-Hadji Diouf desquiciaba a los centrales a base de recortes, piscinazos, taconazos y caños; Pape Bouba Diop parecía imparable en sus apariciones en el área, Aliou Cissé dominaba el medio campo con mano de hierro y Ferdinand Coly convirtió la banda derecha del estadio de Ōita en un campo yermo frente a sus incursiones. Durante poco más de media hora, el combinado senegalés se convirtió en una apisonadora física, una estampida que convirtió a los suecos en un equipo prebenjamín, un maniquí maltratado a base de sacudidas constantes, violentas, implacables. Probablemente, todavía hoy en día, nadie en aquel equipo de los Larsson, Ibrahimovic o Allbäck pueda explicar cómo tan solo habían concedido un empate al descanso.

El-Hadji Diouf desquiciaba a los centrales a base de recortes, piscinazos, taconazos y caños; Pape Bouba Diop parecía imparable en sus apariciones en el área, Aliou Cissé dominaba el medio campo con mano de hierro y Ferdinand Coly convirtió la banda derecha del estadio de Ōita en un campo yermo frente a sus incursiones.

Cosas del fútbol, el partido se acabó decidiendo con la cruel justicia del gol de oro, obra de Henri Camara. Independientemente del resultado, ese balompié-estampida del 16 de junio fue el culmen, aunque inesperado, de la generación senegalesa que asombró en 2002. Inesperado por haberse producido contra todo pronóstico, en el primer Mundial de su historia, con una plantilla de desconocidos para el gran público, tras tumbar a la campeona Francia con una victoria histórica. Inesperado, también, porque fue un culmen que coincidió en el tiempo con la eclosión, decadencia y prematuro final de este equipo. La generación entrenada por Bruno Metsu, con una plantilla de 25 años de media, no volvería a pisar territorio mundialista tras caer con Turquía en cuartos de final. Tampoco pudo evitar encadenar fracaso tras fracaso en la Copa de África. Tras la fugaz explosión de los Leones de Teranga solo quedó el páramo. Se hicieron viejos, como mariposas, de un día para otro, sin poder siquiera asumirlo. La travesía por el desierto fue larga.

Llevó tiempo llegar de Corea a Rusia. Y ahora Senegal regresa a un Mundial de la mano de los Sadio Mané, Koulibaly y Keita Baldé creando un furor casi que mínimo. Pocos en Dakar los aclama como sus nuevos héroes. Y es que esta nueva Senegal de 2018, además de tres partidos de fútbol, se enfrenta a un reto mucho más perro y desagradecido, más canalla y moldeable, un juego al que ni siquiera ganas con goles o resultados. Esta Senegal juega contra un recuerdo, contra la nostalgia. Contra el mito.

Y ahora Senegal regresa a un Mundial de la mano de los Sadio Mané, Koulibaly y Keita Baldé creando un furor casi que mínimo. Pocos en Dakar los aclama como sus nuevos héroes.

RECUERDO
La Senegal de 2002 era un conjunto seductor, al que era difícil no querer. Paradigma del equipo africano de fútbol alegre, fugaz, potente, el combinado de Metsu enamoró a muchos durante aquel mes de junio. Un equipo al que nadie como El-Hadji Diouf y Pape Bouba Diop podían definir. Diouf, delantero tan anárquico, talentoso y escurridizo como demente solo echaba en falta lo que le sobraba al armario empotrado de dos metros que respondía al nombre de Pape Bouba: el gol. Ambos representaban la unión del talento y el físico de Senegal, formando junto a Khaliou Fadiga la punta de lanza de la rocosa estructura secundaria formada por los Coly, Cisse, Diao y Tony Silva. Una ecuación de calidad y potencia, de anarquía y contraataques cartesianos, que alcanzó su punto álgido en aquellos octavos de final frente a Suecia.** 

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