Iván Vargas.- Era la hora de la siesta y los jugadores del Atlético de Madrid descansaban después de comer preparados para lo que se les venía encima esa noche. Porque aquel 25 de mayo de 1996 podía quedar inscrito en la historia del club como el día en que el equipo lograba un título de Liga que sumar al de Copa del Rey conquistado semanas antes. Puntuar frente al Albacete en el Vicente Calderón bastaba. Sin embargo, en las habitaciones se masticaba una calma tensa, un silencio que de pronto se quebró con gritos y golpes en las puertas.
“¡Muchachos, no se duerme, ahora no se duerme. Despierten, porque hoy vamos a salir campeones!”. Toni, Santi, Kiko y compañía reconocieron los gritos al instante; no era la primera vez que sucedía. Era Diego Pablo Simeone, que les pedía que comenzaran a vivir ya el partido que iban a jugar unas horas después: “¡Aquí no se relaja nadie, porque hoy el Atlético de Madrid va a salir campeón!”. Nadie durmió y el resto es historia: el Cholo abrió el marcador con un cabezazo ante el que nada pudo hacer Plotnikov y el Atleti fue campeón de Liga después de vencer por 2-0.
VÉLEZ» El cholo antes de llegar a España.
Hay futbolistas que juegan partidos, otros los habitan. Diego Pablo Simeone no sólo jugó en el equipo rojiblanco: lo poseyó. Fue el tipo que llegó con las botas manchadas de tierra argentina y el alma de ruido. En poco tiempo, se convirtió en el eco de un club que necesitaba gritar. Porque antes de ser entrenador, antes de las corbatas negras y los gestos de director de orquesta poseído por su propia idea, Simeone fue futbolista. Un futbolista profético en su manera de representar lo que luego predicaría. Él no jugaba al fútbol: lo interpretaba, como quien lee un poema con las botas llenas de barro.*
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