Pedro Zuazu*.- Sucedió un domingo de agosto. En un día nublado. En una playa del oriente de Asturias. Seis personas jugaban un partido de fútbol en la arena. Con sus montículos hechos a mano a modo de postes. Sin límites laterales. Con ese concepto tan ambiguo que es “alta”, que abarca desde la cintura de quien en ese momento se encuentre en la portería hasta el cielo. Con un balón de plástico lo suficientemente sólido como para no salir volando y lo suficientemente ligero como no hacer daño en los pies.
Dos equipos de tres personas. En uno, dos niños de unos 8 o 9 años y un adulto de unos 40. Podría ser el padre de alguno de ellos. Y ya se sabe que hay dos tipos de padres de más de 40 años que juegan partidos en las playas. Los que se motivan, quieren demostrar a su prole lo buenos que son y terminan lesionados; y los que ya pasaron la crisis de la mediana edad, van con el freno de mano echado… y también suelen acabar lesionados, aunque de menor gravedad.
El partido era divertido. Como todos los que se juegan en la playa había alegría, libertad táctica y numerosos intentos de hacer el regate del siglo. También muchas risas y debates sobre si había sido gol o no.
En el otro equipo había un niño de unos 6 años y dos niñas; una de unos 9 años y la otra, a juzgar por la altura, de unos 11 o 12.
El partido era divertido. Como todos los que se juegan en la playa había alegría, libertad táctica y numerosos intentos de hacer el regate del siglo. También muchas risas y debates sobre si había sido gol o no.

ASTURIAS» Escolares de un colegio en Llanes juegan al fútbol en la playa. Foto. Colegio La Vallina
Pero lo más llamativo para mí fue la manera en la que jugaban las chicas. No ya técnicamente, que también -los dos equipos jugaban bastante bien y el partido estaba parejo- sino la actitud. Las dos jugadoras pedían la pelota y, cuando la tenían en los pies, encaraban a sus rivales con confianza. Como los pimientos del Padrón, unos regates salían y otros no, claro. Pero su manera de estar en el campo era decisiva. Eran dos jugadoras de un partido de fútbol en la playa. Sin más.
Este pensamiento tan naif me acompañó unos días hasta que me encontré con mi amiga Ana y dos de sus hijas. Ana es médica, está casada, tiene cuatro hijos -tres chicas y un chico- y la tercera juega al fútbol. Le pregunté a la joven futbolista qué tal le había ido la temporada -le fue bien, por si les interesa- y les comenté la escena que había visto unos días antes en la playa. Ana contestó rápido: “Claro, es que ahora compiten. ¡Ya me hubiera gustado a mí que esto hubiera sido así hace 40 años! Yo jugaba con mis hermanos, pero era otra cosa”.
Ana contestó rápido: “Claro, es que ahora compiten. ¡Ya me hubiera gustado a mí que esto hubiera sido así hace 40 años! Yo jugaba con mis hermanos, pero era otra cosa”.
Hace diez, veinte, treinta o cuarenta años, la mayoría de las chicas que quería jugar al fútbol con los chicos se ponía en un lateral del campo, en donde pensaban que molestaban menos. Si había alguien un poco empático y avanzado en su equipo, igual le pasaban alguna vez el balón.
Hoy, piden el balón. Y se ponen en el sitio que mejor se adapte a sus talentos futbolísticos. Porque compiten. Porque pueden competir.
Vivimos tiempos de ruido, de furia y de sensación de pesimismo. Y, sin embargo, el mundo es mucho mejor que hace cuarenta, treinta, veinte y diez años. No es opinión, son datos.
Nuestro mundo no es un lugar perfecto, ni mucho menos -hay desgracias todos los días-, pero avanzamos. Lo que pasa es que a veces, para darse cuenta, hace falta pararse a ver un partido de fútbol insustancial en una playa del oriente asturiano que, en el fondo, dice mucho más de lo que parece. •
Artículo publicado en la sección 'Hay que estirar' de Pedro Zuazua en Líbero 58. Pídela aquí