Javier Aznar.- Es posible que el gol más importante de mi vida sea el del taconazo de Redondo en Old Trafford. Lo he visto tantas veces repetido que el pobre Henning Berg, aquel defensa noruego que sufrió en sus carnes ese estallido de genialidad, cualquier día me denuncia por acoso virtual. Más incluso que el tanto de Mijatovic en la Séptima, aquel gol en aquel partido en aquella eliminatoria fue el verdadero punto de inflexión del Real Madrid que conocemos hoy. Cambió la atmósfera emocional del club. Abrió una puerta que llevaba muchos años atrancada.
Y dentro de esa jugada, más allá de la obra maestra de Redondo, siempre me ha fascinado el detalle de Raúl. Cómo llega trazando una diagonal perfecta. Cómo surge de la nada, solo, a la espalda de Jaap Stam. Cómo levanta la mano, con un gesto breve y preciso, para señalar dónde quiere el balón. Ese gesto es un documento. Un pequeño tratado táctico. Una declaración de principios. Raúl no fue el jugador más veloz ni el más técnico ni el más poderoso. Fue otra cosa. Fue instinto, inteligencia e imaginación. Era capaz de tomar la decisión correcta en medio segundo y convertir lo ordinario en trascendente.
Raúl no fue el jugador más veloz ni el más técnico ni el más poderoso. Fue otra cosa. Fue instinto, inteligencia e imaginación. Era capaz de tomar la decisión correcta en medio segundo y convertir lo ordinario en trascendente.
Hace tiempo escuché a Hubie Brown, legendario entrenador de baloncesto y mentor de Pau Gasol, decir que lo importante en un jugador no es cómo tirar o pasar, sino cuándo tirar o pasar. Ese cuándo marca la diferencia entre un jugador excelente y un jugador determinante. Y Raúl fue, durante años, el mejor en eso. El rey del momento. El futbolista que sabía elegir la acción adecuada en el instante preciso. Quien le dio al Madrid una continuidad emocional y competitiva en los años más imprevisibles del club.
Pero llegó un día en que dejó de serlo.
Esa es la parte más incómoda. ¿Qué ha pasado con Raúl? ¿Cómo es posible que un jugador tan importante no tenga hoy un lugar más sólido en la memoria afectiva del madridismo? No ya en la selección, donde su final fue brusco e injusto, sino incluso dentro del club al que dedicó toda su vida deportiva. Su figura parece suspendida en un territorio extraño. Admirada, sí, pero no reivindicada con la contundencia que se merece. Una leyenda que, sin embargo, genera menos conversación de la que debería. Y que acaba de salir del club, de nuevo, tras seis temporadas como técnico del Castilla. •*
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