'La paradoja del prodigio en el fútbol', por Noor Ammar Lamarty

Mientras un Lamine Yamal, hijo de migrantes, hace soñar a los españoles con la posibilidad de una victoria, otros como él, tienen la mitad de posibilidades de ser reconocidos en su trabajo, en su talento y en su sentido de pertenencia a España.

Noor Ammar Lamarty*.- Habito la incesante y compleja tarea de comprender qué es una frontera, y en ese viaje descubro cuántas fronteras habitan la primera que se cruza. Y quizás porque las fronteras no son sólo burocráticas, geográficas o físicas sino morales se cuelan por todas las grietas, en los lugares más insospechados u obvios.

En muchos campos de fútbol de España existe una escena a pequeña escala- que protagonizan incluso quienes calzan 30 de pie y siguen aprendiendo a dividir- y que explica cómo se filtra la frontera y se expande. Un niño, pongámosle Christian, o Abdel o Salma, se ata las botas, entrena con su equipo durante toda la semana, memoriza las jugadas, celebra los goles en los entrenamientos, aprende los nombres de sus compañeros, comparte vestuario, agua y cansancio, escucha la palabra “bro” o “tía” por primera vez en un equipo sudorosos tras un entrenamiento. Y, sin embargo, el día del partido no juega. Cuando el árbitro pita el inicio, ese niño atraviesa lentamente el campo hasta la grada y se sienta solo al otro lado de la verja. Desde allí mira cómo otros ocupan el lugar que también era suyo. Desde allí contempla el principio de la fragmentación identitaria de la migración en España.

Ese niño o esa niña, que carece de documentación que los “reconozca” como “regularizados” reconoce la frontera que llega después de cruzar la primera. La frontera que no reconoce, que sólo “autoriza” bajo la ley de la excepcionalidad. La violencia de la exclusión deportiva es también un tipo de disciplina política sobre ciertos cuerpos, porque el fútbol infantil es una de las primeras pedagogías de pertenencia de una sociedad. ¿Y en qué clase de sociedad se convierte una España que niega el derecho a la pertenencia a través de un deporte? Autorizar a los niños a vivir en un país y no dejarle pertenecer al mismo es una forma de contarles que tienen que acumularse todas las excepciones. 

Mientras un Lamine Yamal, hijo de migrantes, hace soñar a los españoles con la posibilidad de una victoria, otros como él, tienen la mitad de posibilidades de ser reconocidos en su trabajo, en su talento y en su sentido de pertenencia a España. La verja del campo no sólo separa a los espectadores de los jugadores, si no la idea de legitimidad.

Mientras un Lamine Yamal, hijo de migrantes, hace soñar a los españoles con la posibilidad de una victoria, otros como él, tienen la mitad de posibilidades de ser reconocidos en su trabajo, en su talento y en su sentido de pertenencia a España. La verja del campo no sólo separa a los espectadores de los jugadores, si no la idea de legitimidad.


DRAGONES» Equipo de emigrantes Dragones de Lavapiés. Foto. Jero Álvarez

Es la frontera que se convierte en norma administrativa, en ficha federativa, en burocracia aparentemente neutral. La ambigüedad incómoda de figuras como Lamine Yamal y su existencia pública se narra constantemente como prueba del éxito integrador de España, como si su talento fuese la consecuencia natural de una sociedad abierta, meritocrática y plenamente inclusiva. Pero quizá ocurre exactamente lo contrario. Quizá lo que representa Lamine Yamal no es la confirmación de que el sistema funciona, sino la excepción tan extraordinaria que permite olvidar a todos aquellos que el sistema deja fuera silenciosamente.

Porque un país verdaderamente igualitario no necesita convertir a un hijo de migrantes en un fenómeno irrepetible para reconocer su valor. No necesita esperar a que un niño marque goles imposibles, genere millones o sostenga el orgullo nacional para concederle plena pertenencia simbólica.

Porque un país verdaderamente igualitario no necesita convertir a un hijo de migrantes en un fenómeno irrepetible para reconocer su valor. No necesita esperar a que un niño marque goles imposibles, genere millones o sostenga el orgullo nacional para concederle plena pertenencia simbólica. La celebración de Lamine Yamal resulta incómoda precisamente porque convive con miles de vidas atravesadas por la sospecha, por la burocracia y por la necesidad constante de demostrar merecimiento. Mientras él hace soñar a España con la victoria, otros niños como él siguen aprendiendo que compartir el mismo campo no significa ocupar el mismo lugar dentro del mundo.

La paradoja es que el éxito de los hijos de los migrantes, sobre todo de los migrantes marrones, magrebíes o negros que siguen padeciendo el racismo dentro de las propias instituciones deportivas, no encarna tanto el triunfo de la integración como la lógica cruel de la excepcionalidad. La idea de que algunos cuerpos sólo logran atravesar completamente el umbral de la pertenencia cuando alcanzan un nivel de genialidad tan incontestable que el país ya no puede permitirse excluirlos. La legitimidad se da únicamente cuando surge el prodigio. Cuando el cuerpo “diferente” a lo blanco y hegemónico produce valor espectacular, rendimiento extraordinario, orgullo nacional, rentabilidad simbólica. Entonces sí puede convertirse en símbolo colectivo. Entonces sí puede ser pronunciado como parte del nosotros. El amor de la patria española sólo se conquista cuando se alcanza la utilidad extraordinaria para el relato nacional. •

*Noor Ammar Lamarty (Tánger, 1998) es escritora, investigadora y consultora jurídica especializada en derecho internacional, género y conflictos bélicos. Es la fundadora de Kahina, una escuela activista independiente dedicada a formar e investigar en geopolítica, filosofía, estudios de género e historia del mundo contemporáneo.