Pedro Zuazua.- El torneo de barrios era una competición que se jugaba en Asturias en primavera. Se organizaba por zonas -Oviedo y Gijón eran las principales- y era, por intentar hacer una analogía, como una copa del Rey exprés. Se disputaba entre semana, mezclaba a equipos de todas las categorías y el gran premio -además del título- consistía en jugar la final en el Carlos Tartiere o en El Molinón.
En mi último año de juvenil nos tocó jugar contra el equipo de División de Honor del Oviedo. Por si había alguna duda se trataba de una eliminatoria a ida y vuelta. Es decir, la ínfima probabilidad de un milagro en un partido redondo para nosotros y cuadrado para ellos en nuestro campo de tierra quedaba prácticamente reducida a cero con el segundo partido en un terreno de juego de césped artificial en el que la pelota iba a donde debía ir.
En aquel equipo juvenil del Oviedo había varios jugadores que luego llegaron a ser profesionales. Me acuerdo especialmente de Javier Paredes, que era una especie de mito local por su proyección y que durante el partido de ida se convirtió en un recuerdo imborrable para mí porque golpeó de volea un balón con aquella pierna zurda suya que era como un pegollu de un hórreo y, en su trayectoria hacia la portería, el esférico se encontró con mi cabeza. Ahora mientras escribía este párrafo me ha vuelto a doler la cabeza.
Si un extraterrestre llegara aquella tarde de finales de mayo de 1999 a nuestro campo y viera el partido, pensaría que se enfrentaban dos especies distintas
Si un extraterrestre llegara aquella tarde de finales de mayo de 1999 a nuestro campo y viera el partido, pensaría que se enfrentaban dos especies distintas. Nosotros éramos un equipo de chavalines que hacía ya tiempo que sabíamos que no íbamos a ser futbolistas y, enfrente, había un conjunto de deportistas con opciones reales de hacer carrera en el fútbol profesional. La diferencia de genética, de talento y de horas de entrenamiento saltaba a la vista. También la uniformidad.
Pero oye, te hacía ilusión enfrentarte al Oviedo. Y eso era algo extraño porque debía de ser la primera vez en tu vida que querías que el equipo de tus amores perdiera. Tenga en cuenta el lector que un servidor, ya allá por la década de los 90, cuando alguien le preguntaba de qué equipo era después del Oviedo, contestaba que del Oviedo B.
El partido no tuvo mucha historia futbolística. Creo recordar que perdimos 1-6 o 1-7 y con ellos jugando a medio gas. Me suena que marcamos un gol pero no podría asegurarlo. Si lo hubiera marcado yo otro gallo cantaría, claro.
Los primeros minutos intentamos aguantar. Luego, con el partido y la eliminatoria decididas, hicimos algún amago de trenzar una jugada interesante, siempre con el beneplácito de unos rivales que el fin de semana tenían que enfrentarse a algún equipo de verdad. Y a nosotros con eso -dar cuatro pases seguidos, chutar a puerta- nos valía. O no.
Porque emergió entonces la figura del árbitro. Era un chico que solía pitarnos en tercera juvenil. Es decir, que era igual de malo como árbitro que nosotros como futbolistas.
Pues en algún momento de aquel partido decidimos dirigir nuestra frustración hacia él. Pitaba faltas que no eran o se confundía en la dirección de un saque de banda y a nosotros aquello nos parecía la única explicación de nuestra dura derrota. Porque una vez en el campo te olvidas de todo el contexto y te crees que puedes -y debes y te mereces- ganar a cualquiera. Y, que si no lo haces, no es en ningún caso por tu culpa, sino porque el universo conspira contra ti y contra tus intereses.
Con esa mentalidad tan madura, me fui calentando la cabeza hasta que llegó a hervir. Cuando me llamaron desde la banda para ser sustituido, me acerqué al colegiado, le di la mano y le dije: “Horrible”.
Con esa mentalidad tan madura, me fui calentando la cabeza hasta que llegó a hervir. Cuando me llamaron desde la banda para ser sustituido, me acerqué al colegiado, le di la mano y le dije: “Horrible”. En esa palabra iba toda mi frustración y toda mi pequeñez como ser humano. Quise insultarle con algo que le hiriera, quise hacerme el gracioso delante de mis compañeros. Cualquier cosa antes que aceptar la realidad. El árbitro me sacó tarjeta roja antes de que pudiera salir del campo, anulando la posibilidad del cambio. Me puse a llorar en la banda. Al principio pensaba que era de la rabia, pero luego me di cuenta de que era por el ridículo que acababa de hacer.
Pasadas unas semanas, me crucé con aquel chico por las calles de Oviedo. Iba con una chica y un niño recién nacido. Se le veía superado por la situación. Debía tener uno o dos años más que yo. Y entonces me sentí aún peor. Había ido a echarle mis mierdas de niño pijo a un chico que tenía su propia mochila y que arbitraba para sacarse un dinero que necesitaba. ¿Cuántas veces no estamos haciendo más que eso -derivar nuestras frustraciones- en cualquier situación cotidiana? Ya se lo digo yo: muchísimas más de las que creemos. Eso sí que es horrible. •*
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*Artículo incluido en la edición 56 de Líbero. La puedes pedir aquí